De criatura se escapaba de oscuridad por la ventana para escrutar en el bosque, donde se sentía suelto y autónomo y más acompañado que entre humanos. A los 19 abriles decidió quedarse a radicar en el bosque como un animal más y acabó siendo aceptado por los corzos. “Esa confianza absoluta que me concedieron me conmovió profundamente”. Ellos le enseñaron a sobrevivir: a yacer en los inviernos helados sin una cobertor ni un refugio, a manducar, a juntar comida en pequeños agujeros que excavan en el suelo y a comunicarse. Por su parte supo hacerse entender y enseñarles con sus ladridos y porte a detectar el peligro de los cazadores y cómo esconderse. Vivencias increíbles que cuenta en El hombre corzo (Capitán Swing). “Solo en el bosque, yuxtapuesto a los corzos, no pienso falta, no pongo palabras a cuanto veo; respiro o escucho. Siento”.Apreciar
Siete abriles viviendo en el bosque.
Sin un refugio, una tienda de campaña o un saco de yacer.
¿Por qué?
Cuando era criatura tenía dificultades para relacionarme y el bosque era mi refugio. Me escapaba de oscuridad por la ventana, deslizándome por el haya de los mirlos para adentrarme en la penumbra de los grandes árboles y el hervidero de animales. Yo le rogaba a Altísimo que me convirtiera en un zorro.
Lo entiendo.
Ellos son libres, no necesitan a nadie. Al final, yo todavía me volví salvaje: a los 19 abriles decidí instalarme en el bosque con mi cámara de fotos para siempre, porque una sola regla merece mi respeto: la de la naturaleza.
¿Falta que temer?
El peligro nunca procede del bosque, como adecuadamente saben los animales.
Pero usted era un extraño.
Si los respetas, puedes ganarte su confianza. Proceder el presente, como ellos, me devuelve el ocupación que ocupo en el orden de las cosas. Los animales me enseñan que cuanto más pienso más me atrapa la sensación de peligro.
¿Tuvo que estudiar a sobrevivir?
Sí, a organizarme y a alimentarme, descubrir cuáles eran las plantas, frutos y raíces que aportan más minerales y vitaminas.
¿Y cómo lo supo?
Los corzos me enseñaron. Conocí a uno, una criatura enigmática; me sorprendió su curiosidad, me observaba, y se acostumbró a mi presencia. Caminaba dando brincos, se detenía, se volvía y me esperaba. Le llamé Daguet, y él me enseñó a radicar en el bosque.
Cuénteme.
Las noches son duras: los jabalíes gruñen, las lechuzas chirrían, los zorros aúllan. Todos corren y gritan. Y el frío me lleva a la hipotermia. Los corzos descansan en periodos cortos de dos horas, de día y de oscuridad, y cuando se despiertan comen todo lo que pueden.
Copió su maniquí de vida.
Sí, y comí lo que ellos comían, así conseguí más fuerza. El asimilación, los reflejos y la mente cambian, pero con tiempo. Cuando se convive con animales salvajes, es necesario establecer una asociación, una alianza.
¿Y cuál fue esa alianza?
Me encargué de que los corzos entendieran que yo no era un rival, y ellos vieron que cuando estaban conmigo el resto de los
animales los molestaban menos.
¿Una relación de amistad?
Sí, tenía contacto con 43 amigos corzos y una relación muy estrecha con 12: venían a buscarme, a entretenerse conmigo, me lamían. Era una relación como con una mascota.
Maniático.
Creo que les divertía que yo estuviera allí con ellos, así que decidieron compartir conmigo su olor y marcar todavía mi comarca. Los corzos son muy sensibles a nuestras emociones y, sobre todo, al olor que estas exhalan.
Huelen nuestro estrés y brío.
Sí, como ellos, desprendemos entonces un olor ácido. La alegría y la tranquilidad exhalan aromas dulces. Esa confianza absoluta que me concedieron me conmovió y cambié.
Hábleme de esa transformación.
Descubrí el nivelación interior y cambió mi concepción del mundo. Para los corzos la asesinato forma parte del oposición de radicar, y compartirlo me permitió descubrir un sentido profundo de la ecología. Todo el mundo quiere poder adquisitivo para consumir, pero consumir para qué, ¿para ser oportuno?... Probablemente seríamos más felices con menos cosas y de otra forma.
Ya.
No tiene sentido que nos lleguen alimentos del otro extremo del planeta o que los fines de semana cojamos el coche y hagamos culo para ir a la naturaleza. Vivamos cerca de ella, consumamos y cultivemos lo propio.
¿Por qué ha vuelto a la civilización?
La explotación maderera llegó, devastó el comarca y los animales con los que vivía se marcharon.
¿Se siente más solo entre los humanos que entre los corzos?
Sí, pero en el pueblecito en el que vivo todo el mundo está solo. El aislamiento es poco que avanza rápido. Como humanos hemos perdido esos vínculos profundos que engrandecieron nuestra especie en un momento.
¿En el bosque nunca se sintió solo?
Nones. Siéntate bajo un árbol y en algún momento aparecerá un animal y se acercará, pondrá su atención en ti y luego seguirá su camino, pero habrá un intercambio.
Decidió contarle al mundo la benevolencia de sus amigos los corzos.
Conocí a una paseante que amaba a los animales y me abrí, le conté mi historia . “Deberías exponer tus fotografías para dar a conocer la vida de los corzos”, me dijo.
Y lo hizo, expuso sus maravillosas fotos.
Sí. Acudió mucha gentío deseosa de ver tanto las fotografías como a ese tipo extraño. Me sorprendió descubrir que, por el olor de cada persona, podía declarar la irritación, el temor o la desconfianza que exhalaban.
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