Con las receso a la reverso de la cumbre, regresa un ritual. Ya aparecen las primeras sombrillas en las playas. Antaño del parón veraniego, los primerizos se encuentran con la primera oleada de turistas. Por el momento, todo es civilizado. No así en julio y agosto, cuando tratar de instalarse en ese océano de telas de colores será como poner una pica en Flandes.
Más que al turismo, a algunos este artefacto llamado sombrilla o parasol les evocará poco más estético, como el folclore gachupin en el arte. En El quitasol (1777), Francisco de Goya retrató a un mozo sosteniendo un parasol para que una muchacha correctamente parecida no acabe tostada por el divo rey. Una típica cuadro de la vida cotidiana del siglo XVIII que, si se analiza con detalle, delata muchas cosas.
Más que al turismo, a algunos este artefacto llamado sombrilla les evocará poco estético
A establecer por su atuendo afrancesado y sus maneras elegantes, ella es una chica de buena cuna. No así el pipiolo, probablemente un criado de la grupo. Aunque su vestido de macareno, aquellos chicos arrogantes, desenfadados e irreverentes de los barrios madrileños del siglo XVIII, pueda indicar poco más. ¿Por qué no fantasear con que la muy inocentona ha caído en los brazos de ese arriero? Algunos críticos de arte lo han hecho. Para los más jóvenes, una lectura antigua de Tres metros sobre el Paraíso (2010), el filme que protagonizó Mario Casas.
Cuentos al ganancia, son dos usos muy distintos para el mismo artilugio. Y es que, aparecida hace más de 4.000 primaveras –que sepamos–, la sombrilla ha ido cambiando su funcionalidad según el momento y el área.
Parasol egipcio en un relieve del templo de Hatshepsut. Se empleaban como sombrillas y como abanicos
De los primeros ejemplos son los usos en el Egipto de la dinastía V, cerca de de 2450 a. C. En aquel entonces, según descubrió John Gardner Wilkinson, padre de la egiptología británica, las sombrillas tenían un uso tanto pragmático como ceremonial. De ahí que en las pinturas de las paredes de algunos templos aparezca sobre la individuo de una divinidad.
Todavía en la ceremonia católica es popular el uso de artilugios destinados a proteger del sol a personas o utensilios de culto relevantes. Más en desuso hoy en día, ayer era popular que los prebostes –eclesiásticos y no eclesiásticos– viajaran bajo palio. Todavía se usaron parasoles para cubrir a pontífices y obispos, así como a la Sagrada Forma en desplazamientos. Aunque no existe una conexión directa con el antiguo Egipto, sí con una larguísima tradición que vinculó el parasol con la distinción.
En la ceremonia católica es popular el uso de artilugios destinados a proteger del sol
Fragmento de la Reguero de la Vencimiento. Sargón de Acadia aparece a la izqda., y tras él un sirviente sostiene una sombrilla positivo
Igualmente añejos son los restos arqueológicos de la época de Sargón (c. 2300-c. 2215 a. C.), el fundador del Imperio acadio y a menudo considerado el primer emperador de la historia. Las evidencias muestran a tan venerable hombre con un parasol sobre su individuo, y con una particularidad: posiblemente, se trate de la primera sombrilla plegable de la historia.
Asirios, etruscos, griegos... Son muchas las civilizaciones que se han protegido del sol de algún modo. Tantas que resulta inverosímil recogerlas en este artículo. Especialmente extravagante resulta el caso de la antigua Roma, donde, heredada de los griegos, la sombrilla se popularizó como un complemento para las mujeres. Decimos para las mujeres porque, para los hombres, cargar con una resultaba una señal de amaneramiento.
A modo de escarnio, solo aparece en manos de varones en contextos cómicos. Los poetas romanos Ovidio (43 a. C.-17 d. C.) y Marcial (40-104) se refirieron al ingenio en sus textos. Lo mismo hizo Estrabón (c. 64 a. C.-c. 24 d. C.), que afirmó que era de uso popular entre las mujeres hispanas.
Aunque sorprendiera a los viajeros del ártico, parece dialéctico que el parasol se usara más en los países calurosos. En Crudities, una rumbo de viajes de 1611, un viajero inglés se sorprendía de deber manido a los italianos soportando un chisme para cubrirse del sol. Viniendo de un país donde las nubes ya cubrían esa condición, es divertido cómo reaccionaron los ingleses frente a las sombrillas. Para Fynes Moryson, una viajera del siglo XVII, su uso resultaba “peligroso”. En Itinerary (1617), una rumbo de viajes quizá no demasiado sesuda, teorizó sobre el peligro de concentrar un calor “piramidal”, decía ella, sobre la testa.
Parece dialéctico que el parasol se usara más en los países calurosos
Simplezas al ganancia, no es casual que no fuera hasta la Época Moderna cuando regresaron las sombrillas, pues escasamente hay constancia de su uso durante la época medieval. Pero, más allá de su uso puntual en países mediterráneos o entre la caballerosidad, si efectivamente volvieron a popularizarse fue gracias a la idea de un mercader parisino llamado Jean Marius.
Es en este punto cuando la historia del parasol se une a la del paraguas, si es que alguna vez estuvieron desligadas. No hay condición de preguntarse qué fue primero, si el huevo o la polla, pues está claro que el paraguas fue una transformación de la sombrilla. De hecho, en la antigua Roma algunas se impermeabilizaron a tal impresión.
Lo novedoso del invento de Jean Marius es que se trataba de un paraguas tan fútil –escasamente pesaba un kilo– que se podía transigir todo el día entre las manos o colgado del rama. La idea agradó mucho al rey Luis XIV, tanto que le otorgó una deshonestidad para producirlos en exclusividad durante cinco primaveras. Un siglo más tarde, solo en París ya había 300 fabricantes de paraguas.
En otras latitudes europeas costó más que se generalizara su uso. Del mismo modo que un romano no se atrevía a caminar bajo una sombrilla, a no ser que la llevara su esposa, para un londinense del siglo XVIII además resultaba vergonzante transigir un paraguas. Ilustrativa es la historia de Jonas Hanway, célebre por ser el primer londinense que, impasible frente a las burlas, cargó uno orgullosamente durante toda su vida.
Tanto con el parasol como con el paraguas, su uso está combinado a cuestiones de conducta
Así pues, tanto con el parasol como con el paraguas, su uso está combinado a cuestiones de conducta y roles sociales. Sobre esto, queda una pregunta por replicar. ¿Cuándo dejaron de transigir sombrilla las mujeres de la ingreso sociedad?
Los impresionistas Renoir o John Singer Sargent las retrataron cubriéndose del sol. Y es que, para las de buena grupo, suministrar la piel blanca era casi una exigencia. Sobresale Mujer con sombrilla (1875), de Claude Monet, una revelación de apego a su esposa, la bellísima Camille Doncieux. Retratada de un modo monumental, pero sin perder la dulzura, su figura casi se confunde con un Paraíso de la vivacidad que solo da el Impresionismo.
Cuando –al menos en Poniente– lo que es moda son las pieles tostadas, las sombrillas han descuidado su función de complemento y se han recluido en playas y piscinas. En la lectura más legendaria de esta historia, todo empezó cuando la diseñadora francesa Coco Chanel volvió de unas receso con un bronceado. En área de esconderse, se dedicó a resplandecer su cutícula, primero para escándalo de muchas, y luego creando tendencia.
Sin quitarle mérito a la francesa, lo cierto es que en aquel momento el bronceado estaba cambiando su cotización en el mercado. La Revolución Industrial modificó los hábitos de trabajo, y tener la piel blanca pasó a ser indicativo de que algún pasaba largas horas encerrado en una taller. Simultáneamente, con la arribada de nuevas formas de ocio, quemarse era un igual de distinción, propio de aquellos que podían permitirse unas receso.
Una mujer con traje de baño y sombrilla en los primaveras vigésimo
Más tarde, tras la Segunda Pelea Mundial, cambió el maniquí de mujer. Como explica el historiador Bertram M. Gordon, que ha estudiado el engendro, el bronceado pasó a ser el símbolo de la chica aventurera y lozano.
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