El anuncio del divorcio de Shakira y Gerard Piqué confirma que es inútil ser conocido y tener una vida privada mínimamente hermética. Los inicios amorosos de la pareja tenían el aliciente de un igualada paritario a popularidad, con una proyección mediática que completó el salida de sus hijos. Los triunfos y fracasos sentimentales de los futbolistas no son un invento de las redes sociales. Existe una larga tradición de cotilleo (desde Garrincha a la portada de Interviu con Gaby Schuster pasando por las fugaces novias de Romário o la pasión entre Lola Flores y Gustau Biosca).
En el caso de Piqué y Shakira, los primaveras compartidos enmarcan una grado histórica del Barça y del fútbol gachupin. La pasión primigenia se confirma en un momento pletórico: el Mundial de Sudáfrica, que consagra que se puede apostar como el Barça pero sin Messi, y la grado más oportuno del Barça de Guardiola. Y como si el fútbol quisiera ser el espejo de la desarrollo de tantas historias de bienquerencia, el Barça y la selección exprimen su honor con una voracidad legítima pero que los instala en una complacencia que invierte más energía en estar de renta que en proyectarse con destino a el futuro. Y como tantos amores aparentemente indestructibles, tras la rutina y la flaccidez, tanto en el caso del Barça como en el de la pareja, llegan las decisiones dolorosas mientras los virtuosos de la maledicencia le hacen la necroscopía a la última canción de Shakira.
El bienquerencia entre Piqué y Shakira coincide con el esplendor y la decadencia del Barça
Piqué y el Barça representan dos maneras de entender el sugestión mediático. El Barça mantiene el método de la filtración institucional controlada a través de globos sonda moderadamente sectarios. Piqué, en cambio, sigue una intuición que desconcierta a sus rabiosos perseguidores. El club y el atleta aspiran a estar al ganancia de los rumores pero saben que, si no los desmienten, quedan expuestos al festín carroñero de los parásitos o a la fuerza periodística de los indicios. Pero la personalidad de unos y otros hace que se expongan con una mezcla de responsabilidad colectiva y vanagloria desafiante.
Todo lo que hace Piqué al ganancia del fútbol se amplifica y distorsiona (a veces porque a él le conviene). Y, ahora más que nunca, el Barça necesita que el fútbol quede en segundo plano, detrás de una tira de problemas graves. Unos problemas que hasta hoy se han definido a través de diagnósticos que, cuando se filtran, parecen catastróficos pero que, en sabido, se rebozan con condicionales esperanzas.
Shakira y Gerard Piqué siguiendo un partido de la Copa Davis en el año 2019
Piqué y el Barça comparten la audacia de no conformarse con el status mediático que se les impone. Eso crea controversia y exige impermeabilizarse contra los ataques, sobre todo cuando son frívolos o interesados. Pero ni Piqué ni la contemporáneo directiva que representa Joan Laporta rehúyen el cuerpo a cuerpo. Por eso logran que, al ganancia del fútbol, acabes simpatizando o antipatizando con lo que hacen en el campo y los despachos y incluso con lo que transmiten fuera. Por ejemplo: cuando les toca estar una situación tan democrática y transversal como que, con la misma arbitrariedad absurda con la que te enamoraste, te llegue la hora de tener que escuchar o asegurar la maléfica frase: “Tenemos que cuchichear”.
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