La casa dividida

Expatriación interior son dos palabras que definen la soledad y la marginación sufridas por muchos españoles republicanos y de izquierdas, que se quedaron en España tras la Cruzada Civil en una situación distinta, pero equivalente, a la de aquellos compatriotas que optaron por salir de su país para exiliarse. Fue el periodista Miguel Salabert quien alumbró esta idea en un artículo (“L’exil intérieur”, L’Express , 1958) y la desarrolló más tarde en una novelística de igual título (1961). Según Salabert, el “confinamiento interior fue una existencia que, (…) como contrapunto a la España descuajada y peregrina del confinamiento, incluía y expresaba a la España aherrojada, cautiva y marginada en sus propias entrañas físicas, es aseverar, incluía a todos aquellos españoles que resistieron pasivamente”.

El confinamiento interior solo puede darse en el seno de una dictadura en la que no se respetan los derechos humanos, pero es impensable en una democracia en la que los ciudadanos tienen estos derechos. Ahora acertadamente, lo que sí puede darse en democracia es una fortísima polarización social y política, que divida de hecho a una comunidad en dos partes. Junto a que haya entonces quien hable, desde uno de los bandos, de fractura social, una afirmación que será contradicha de inmediato por la réplica del otro mandato, alegando que la parentela sigue conviviendo en una paz incompatible con la idea de ruptura traumática. Por lo que quizá sea más exacto balbucir de fractura solo cuando ya se han roto las hostilidades, pero no ayer, y despabilarse otra palabra para determinar la sociedad que está escindida por razones ideológico-políticas en dos mitades antagónicas. Tal vez baste, para referirse a ella, aseverar sociedad dividida. Pero ¿dividida en qué? En banderías, que –según la Efectivo Sociedad– son “camarilla(s) de personas que comparten las mismas ideas o intereses y que para defenderlos se agrupan y son beligerantes”.

La polarización social y política es un freno para proyectarse con destino a el futuro

¿Cómo sabemos que estamos frente a una sociedad dividida? Es manejable reconocerla. Baste atender al comportamiento de sus ciudadanos. Si cada una de las partes en que dicha sociedad se divide se ve a sí misma como un dechado de virtudes; si exalta su historia tras recrearla; si solo tiene fanales para sus tradiciones, su germanía y su civilización; si lee sus periódicos; si mira sus televisiones; si es hincha de sus clubs deportivos; si audición a sus líderes; si vota a sus partidos políticos, y si todo ello lo hace con exclusividad, sin aceptar carencia que venga de la otra medio, a la que estigmatiza y repudia, entonces estamos frente a una sociedad dividida. Con la consecuencia de que cada parte abomina de la otra, a la que considera un adversario al que hay que soportar, cuando no un enemigo al que hay que marginar.

Una sociedad dividida puede permanecer espléndido tiempo así, sin que el nivel de crispación resonancia el culminación precursor del enfrentamiento franco, pero carecerá de aquella fuerza necesaria para proyectarse con arrojo con destino a el futuro.

Porque esta fuerza solo emana de una comunidad a la que la mayoría de sus miembros se siente vinculada por un sentido de pertenencia que va más allá de las diferencias entre sus miembros. Sin este sentido de pertenencia fugado e ilusionadamente asumido, superador de las inevitables discrepancias y potencialmente determinante del impulso comunitario, una sociedad dividida se estanca, languidece, se pierde en lo accesorio y auxiliar, se dispersa en mil cuitas artificiales y, en definitiva, decae. Podrá disimularlo durante algún tiempo por aquello de que quien tuvo, retuvo. Pero su suerte estará echada, sin que sus líderes, desnortados por una existencia que les supera y revela sus carencias, acierten a encontrar una salida. Está dicho en las Escrituras: “Todo reino dividido contra sí mismo es asolado; y una casa dividida contra sí misma cae”.

Pero queda un consuelo: No hay mal que cien primaveras dure. Pasarán los días, caerán los meses y se sucederán los primaveras. Hasta que llegue un día en que, a fuerza de golpes, se recupere la cordura. Y, entonces, todo renacerá. Indemne las ocasiones perdidas. Estas no volverán.

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