Del antiguo Egipto a las vacaciones pagadas: la historia de la crema solar

Que tomar el sol se puso de moda hace relativamente poco es poco de sobra conocido. En su lectura más romántica, esta historia empieza en 1923, cuando la diseñadora francesa Coco Chanel volvió de unas reposo a la Costa Zarco luciendo un cierto bronceado. Más realistas, los historiadores nos explican que la costumbre es fruto de un cambio en la concepción de lo “bello” en las postrimerías de la Revolución Industrial. Abriles más tarde, por carestia, se popularizaron las cremas solares.

No antaño, pues hasta inicios del siglo XX, las mujeres –y los hombres– simplemente cubrían su piel para evitar el sol. Como en los abriles de la Belle Époque, cuando los estándares de belleza todavía conservaban un cierto esencia aristocrático. Ahí están las mujeres que retrató Toulouse-Lautrec, el gran pintor del Postimpresionismo. Con recargados vestidos, el sombrero, la sombrilla e incluso los guantes eran complementos habituales.

Una estética recargada que Coco Chanel aborrecía, por lo que creó una dirección de ropa cómoda e informal que fue el sello de su marca. Más que eso, de ella siempre se dijo que popularizó el modo de vestir de “la calle” entre las clases altas. Y obró un cambio similar en lo que se refiere a la cutícula.

Podría parecer que entonces apareció el primer protector solar. ¿Fue quizá Eugène Schueller, el químico y fundador de L’Oréal que creó el mítico Ambré Solaire? Al fin y al extremidad, esa empresa fue pionera de la publicidad moderna.

Pero no sucedió así. De hecho, ya en el antiguo Egipto se usaban ungüentos hechos a saco de extractos de jazmín, arroz y plantas leguminosas con el propósito de acogerse del sol. En un artículo publicado en la revista Journal of Cosmetic Dermatology en el que rastreaban la historia de la crema solar, los científicos Yangmyung Ma y Jinah Yoo explican que, curiosamente, esos ingredientes se siguen usando actualmente en algunos productos.

¿Querían los faraones egipcios destacar bronceado sin valer el peligro de quemarse? Para falta. De hecho, lo de ir cubierto de crema era más propio de esclavos que de aristócratas. De no ser así, bajo ese sol abrasador difícilmente se habrían noble las pirámides. Si lo hacían los faraones, en cambio, era más por motivos estéticos.

desierto camellos egipcio

Las pirámides de Guiza bajo el cálido sol de Egipto 

Givaga

Despreciar las pieles bronceadas como propias de personas de clase disminución ha sido una constante en la historia. En El gran obra de la historia de las cosas (2009), una divertida compendio sobre la historia de algunos objetos, Pancracio Celdrán Gomáriz recurre al Antiguo Testamento para explicarlo.

Cómo no, una remisión tan carnal solo podía aparecer en el romántico Cantar de los Cantares, el obra más insólito de la Antiguo Testamento. “Negra soy, o morena, hija de Jerusalén, pero perfectamente parecida. No reparéis en que soy morena, porque me ha robado el Sol mi color cuando pusiéronme a cuidar las viñas”.

La heroína del Cantar de los Cantares no dice ser bella por el hecho de ser negra, sino todo lo contrario. Bella a pesar de morena, esa fue la norma durante milenios. Por eso, en 500 a. C., los atletas griegos que se preparaban para los Juegos Olímpicos se cubrían el cuerpo con un preparado a saco de grasa y arena, a modo de protección solar durante los entrenamientos.

¿De dónde proviene ese desprecio al color? Sencillamente, del hecho de que estar dorado era propio de aquellos que pasaban largas horas bajo el sol, es opinar, los campesinos. En cambio, las personas de la clemencia podían permitirse el pompa de destacar una piel virginal. De ahí viene la expresión “ser de mortandad azur”, dicha de cualquiera que pertenece a la clemencia. Como explica Celdrán Gomáriz, solo en los cuerpos de los nobles se alcanzaba a adivinar las venas, que bajo la piel parecen azules.

manos dedos cortos

En el pasado, solo en los nobles se alcanzaba a adivinar las venas, que bajo la piel parecen azules.

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Esa preferencia se mantuvo válido durante todo el siglo XIX. Sin secuestro, entonces se produjeron descubrimientos que luego sentaron las bases de la industria de los protectores solares. Primero en 1820, cuando Everard Home, presidente del Colegio Auténtico de Cirujanos de Inglaterra, demostró científicamente el impacto dañino del sol sobre el cutis.

Gracias a su trabajo, nos explican Yangmyung Ma y Jinah Yoo, se descubrió la capacidad del sulfato de quinina acidificado para someter el impacto de los rayos solares en la piel. Esto permitió al teutónico Friedrich Hammer crear la primera crema solar moderna en 1891.

Aunque bártulos, esos avances no provocaron una comercialización masiva de los protectores. Tomar el sol todavía no estaba de moda. Más perfectamente, el problema de las quemaduras se daba en contextos de trabajo. Por ello, cuando Paul Gerson Unna –uno de los padres de la dermatología– se dispuso a analizar la relación entre el cáncer de piel y la exposición al sol, usó a marineros como objeto de estudio.

Paul Gerson Unna (1850-1929)

Paul Gerson Unna (1850-1929)

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¿Cuándo se popularizaron las cremas solares modernas? A finales del siglo XIX, las masas de clase disminución ya no las constituían los campesinos, sino los proletarios de las fábricas. Hombres y mujeres que pasaban largas horas encerrados, y cuya piel era blanca. Los ricos, en cambio, podían permitirse ir de reposo. Por ello, que Coco Chanel se atreviera a destacar su bronceado no fue solo producto de su descaro, sino refleja de un cambio en las costumbres.

Un cambio que más tarde se extendió a más capas sociales, sobre todo cuando en los abriles treinta el gobierno francés introdujo las reposo pagadas, democratizando lo que antaño era un privilegio. Aunque los franceses las disfrutaron poco, pues en 1939 estalló la Segunda Disputa Mundial. Sin secuestro, como en tantas otras, incluso en esa industria la pugna fue incentivo para algunos progresos.

Infantes de marina disparan cañones durante el ataque a Garapan

Infantes de cuadro estadounidenses durante la batalla de Saipán, en el Pacífico, 1944

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Muy pronto, el suspensión mando norteamericano se topó con un problema inesperado: las quemaduras de los soldados que peleaban en el Pacífico. Se solucionó con la distribución de unas cremas con grasa de parafina, del que ya se sabía que protege contra la radiación ultravioleta. Aunque efectivo, el producto hizo que muchos soldados volvieran del frente con la piel de un color cobrizo. Un aspecto que, sin secuestro, empezaba a ser popular.

Coppertone, L’Oréal, Roc…, añadiendo cremas y esencia de jazmín para hacerlo más sofisticado, en los abriles siguientes muchas empresas se lanzaron a comercializar protectores. El contexto acompañaba. Con la bonanza de la posguerra y la institucionalización de las reposo pagadas, miles de turistas invadieron las playas. Lo que en Coco Chanel había sido una anomalía, ahora ya era lo ordinario: uno debía retornar tostado de las reposo.

Así, solo cuando se asoció a la opulencia, estar dorado pasó a ser poco deseable. A las puertas de las reposo, cuando los perfiles de Instagram se van a inundar de fotos de bronceados, resulta poético memorar a la protagonista del Cantar de los Cantares.

Nulo impostada, la suya es la belleza de la campesina: “¡Sí, soy negra! Y brillante. Oh, mujeres de la ciudad que me observan, tan negra como las tiendas de pelo de chiva de Kedar, o los finos tapices de Salomón. ¿Me desnudarán con sus miradas? Los fanales de muchos soles mañaneros traspasaron mi piel, y ahora yo brillo negra como la luz antaño del amanecer”.

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