La agenda-florero de las primeras damas ha reabierto el debate como cada vez que se celebra una cumbre internacional. ¿Qué pintan ahí? ¿Por qué no siguen una memorándum privada sino que posan oficialmente, sin mensaje, más allá de sus trajes o su peinado? Y me acordé de Achille Maramotti, el fundador de Max Mara, que creó su marca en los cincuenta con la intención de vestir a “la mujer del médico”. ¿Quién no quería hacerse amiga de aquellas mujeres elegantes que tenían la ciencia en casa, más sensatas que las excitadas esposas de los alcaldes? Nerudianas en su discreción, más de una vez salvaron vidas levantando de mañana a su marido.
Cecilia ex Sarkozy, en los seis meses que vivió en el Elíseo, pasó cincuenta horas en Libia negociando con Gadafi la libertad de cinco enfermeras búlgaras y un médico palestino. La que en campaña había experto que no se veía en el papel de first lady porque era políticamente incorrecta se plantó frente a Gadafi y le habló con autoridad: “No se acerque tanto”. Hasta conseguir un aspaviento humano del déspota. “Lo hice como mujer y superiora sin perder el tiempo forzosamente con la complejidad de las relaciones internacionales”, declaró la tataranieta de Albéniz, que se divorciaría de Sarkozy poco posteriormente. El suyo fue un extraordinario caso de diplomacia suave, pero no creó escuela.
Gauthier Destenay, el ave exótica de los consortes en la cumbre de la OTAN
Las primeras damas españolas, excepto Ana Botella, siguieron con lo suyo al conmover a la Moncloa; en cambio, Brigitte Macron tiene despacho –costó carísimo– en palacio. ¿Y cuando es un hombre? El arquitecto Gauthier Destenay, casado con el presidente de Luxemburgo, ha sido el ave exótica de la cumbre. He enterado antiguas declaraciones en las que afirma que no se siente florero cuando es invitado porque crea lazos con las consortes, “y eso puede beneficiar las relaciones entre países”. Así es, hacerse amiguis, como de las mujeres del médico del siglo pasado.
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