Uno de los enigmas más espantosos del despotismo contra la integridad humana es la historia de Kaspar Hauser, el adolescente desastrado de 16 primaveras que en 1828, como si se tratase de un perro desaliñado, apareció aparentemente de la falta en una plaza de la ciudad alemana de Núremberg. Vestía harapos, casi nada podía caminar y sólo era capaz de pronunciar una frase: “Quiero ser jinete como mi padre”. Kaspar había permanecido encerrado en una oscura y minúscula mazmorra desde los seis primaveras, sin interactuar con nadie más allá de la presencia percibida pero nunca perspectiva de su captor, que regularmente le dejaba pan y agua y le enseñó nueve palabras. Cinco primaveras más tarde, aquel infeliz semi-salvaje que la sociedad alemana acogió como si se tratara de una apego de feria – educándolo y luego abandonándolo a su suerte–, fue apuñalado por una mano desconocida en los jardines del Palacio de Ansbach.
La intérprete Èlia Llach 
La intérprete Èlia Llach (Barcelona, 1976) conoció la historia de Kaspar Hauser a través del montaje teatral de Peter Handke, en el que el protagonista es sometido al violento amaestramiento lingüístico de los apuntadores, que corrigen continuamente su forma de susurrar y de caminar hasta hacerle desear ser como los demás. “Pensé que esta historia me ayudaría a susurrar de mis dibujos, que a diferencia de lo que le ocurre al personaje de Handke no se corrigen, sino que se resisten buscando siempre la forma de no dejarse atrapar en un circunscripción popular”.
Èlia Llach
"A diferencia de lo que le sucede a Kaspar Hauser, mis dibujos no se corrigen, sino que se resisten buscando siempre la forma de no dejarse atrapar en un circunscripción popular”
En la Sala Miserachs de la Virreina Centre de la Imatge, Llach ha dispuesto más de setecientos originales, trazos gestuales que nunca llegan a atrapar una imagen, con los que recrea una misteriosa habitación débilmente iluminada por una bombilla. Podría ser la estancia donde estuvo cautivo Kaspar Hausser, pero todavía la habitación de Virginia Woolf, la de Marguerite Duras o la que en sus 42 días de arresto domiciliario Xavier de Mestres escribió su Alucinación en torno a de mi cuarto. Es el espacio en todo caso donde crea un creador y desde el que, a través de una ventana, se accede visualmente a una segunda estancia en la que volvemos a observar sus dibujos, estos del tamaño de las paredes de su propio estudio, reflejados en una omisión negra.
“Es la mejor instalación que se ha hecho nunca en este espacio”, señala el director de La Virreina, Valentín Roma, premeditadamente de Escrito en el agua (hasta el 2 de octubre), una propuesta escenográfica que la intérprete ha ideado en complicidad con el comisario Frederic Montornés para ser experimentada y para ser vivida. “Como un ejemplar descubierto que relata un delirio sin salir de una habitación”, señala el comisario, para quien los dibujos de Llach son como “un seña infinito, inacabable, un intento, un diario de poco que se está haciendo...” y que aquí se rebelan en silencio contra la voz del apuntador que suena cada ocho minutos y se crecen en el agua.
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