No soy una fan. Desde que era adolescente, me han sorprendido las pasiones que un cantante puede despertar en su sabido. Esa mezcla de excitación, adrenalina disparada, emociones que se desbordan. Nunca tuve pósters de grupos musicales colgados en la tabique ni imaginé la vida de quienes cantaban buenas canciones. No perseguía las anécdotas de su día a día, no me interesaba por sus gustos, y no me importaba cuál era su vida amorosa. Esto no quiere aseverar que no me emocionaran las músicas, o que no me aprendiera de memoria las saber de los temas que conseguían conmoverme. Ausencia más: ni gritos en un concierto, ni llantos, ni la psicosis colectiva, ni la sensación de que el mundo acababa. En definitiva, una rara avis si lo comparamos con los jóvenes de hoy.
¿Qué les ocurre a los adolescentes y jóvenes? Fielmente pueden enloquecer por un cantante.

No se proxenetismo de un nuevo engendro. Hace mucho tiempo que existe, quizás han cambiado sus formas, su comportamiento, incluso su sentido. Ser fan de cualquiera es hoy una forma de conducirse, una aire concreta en presencia de el mundo que resulta interesante observar, a veces con un punto de sorpresa, otras veces con estupefacción. Yo diría que es un refugio. Recordamos el engendro Beatles, la llamamiento beatlemanía. Como parte de nuestro imaginario colectivo, perviven canciones que han trascendido el tiempo. Las cantaban cuatro amigos de las arrabal de Liverpool. Habían sido niños que jugaban yuxtapuesto a las casas derruidas por los bombardeos nazis. Estallaba la revolución social y cultural de los primaveras sesenta y setenta. La mocedad británica necesitaba horizontes, rodeada de una sociedad opresiva, sin referentes culturales. Los Beatles supieron hacer calar sus mensajes a estos jóvenes. Se convirtieron en un engendro mundial. Lo dijo el mismo George Harrison: “Los Beatles existirán sin nosotros”.
En el siglo XXI, los jóvenes siquiera tienen demasiadas esperanzas. Las tecnologías forman parte de su mundo como una prolongación de los propios cuerpos. Son los más informados (maravillas de internet), pero asimismo quienes menos saben. Un exceso de información mal digerida genera analfabetos. En el 2010, a raíz de un concurso televisivo, se forma una boyband británico-irlandesa. Son cinco jóvenes, unidos por la suerte, que integran One Direction, el agrupación destinado a triunfar en Europa y América. La aventura dura hasta el 2016. Al desintegrarse, cada uno comienza su particular historia en el mundo de la música. Destaca Harry Styles, que tiene 28 primaveras. Se ha convertido en un auténtico engendro: las entradas de sus conciertos se agotan en pocos minutos, es músico y actor, despierta pasiones desmesuradas, ha creado una importante industria de merchandising, es la imagen de marcas de postín, actúa en Europa, América del Ártico y América del Sur. Las adolescentes enloquecen con su música. Adicionalmente, es empático, cercano, vive acompañado de la cartel de un aprecio prohibido y defiende los derechos del colectivo LGTBI.
Nos encontramos frente a un producto rotundo, hecho para el triunfo.
Los jóvenes de hoy compran las entradas meses antiguamente de la término y juegan a recorrer Europa
Los jóvenes de hoy juegan a recorrer Europa. Tienen el mundo sereno en la palma de su mano. No se inmutan: compran las entradas de los conciertos con un clic de ordenador meses antiguamente de la término prevista para el show musical (eso sí: hay que espabilarse porque se agotan rápido), encargan con tiempo los billetes de avión siempre buscando tarifas reducidas y vuelos low cost. No les da ninguna haronía ir en lo alto y debajo. No importa dónde duerman, ni qué coman. Todos los esfuerzos valen. Mi sobrino viajó dos días a Dublín para un concierto de Billie Eilish, la chaqueta que se hizo vírico con su primer single, Ocean eyes, con ciento vigésimo millones de reproducciones en Spotify hasta el 2018. Tiene 20 primaveras.
Me sorprende la conversación, oída por casualidad, de un agrupación de fans de Harry Styles. Comentan con entusiasmo que han conseguido entradas en Madrid, París, Estocolmo… no importa el sitio. Europa puede ser diminuta. Son fenómenos que mueven a masas de jóvenes inquietos, herederos del confinamiento de la covid, de la crisis, de la supresión oscura, que buscan en la música compañía, fuerza, consuelo. Forman parte de una multitud hija de muchos miedos, que integra un engendro de masas aglutinador de individuos. Personas que buscan, quizás inútilmente, esconderse en una bisectriz fina que nos separa del horizonte, fine line.
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