Las locuras de Felipe V, el rey que se creía rana

Vestido con harapos, con las uñas larguísimas y correteando desnudo por el Palacio del Buen Retiro, el conmemoración del rey Felipe V (1683-1746) es a veces una caricatura. En su momento dijeron que era melancólico, o que padecía “cambios de humor”. Por su parte, al embajador Louis de Rouvroy le pareció un hombre “imparcial” que le tenía “un gran miedo al diablo”.

La sinceridad es que estaba enfermo. Como ya explicó el hispanista Henry Kamen en su acontecimientos Felipe de España (2001), el monarca padecía un trastorno bipolar y una depresión veterano. Fruto de ello, además sufría episodios intermitentes de hipomanía, que en él se expresaba en una exaltación e hiperactividad inusuales.

Ya adulto, para empeorar las cosas, desarrolló un síndrome de Cotard que le hacía pensar que estaba muerto. Unos achaques que lo acabaron convirtiendo en lo que el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández llamó un “espíritu”, escasamente un espectro del imberbe inteligente, sensible y vigoroso que había sido.

Y es que en su adolescencia Felipe fue muy prometedor. Lo primero que llamaba la atención era su físico. Tenía un porte gimnástico, en sutil contraste con un rostro más admisiblemente infantil. De orejas y ñatas simétricas y mesuradas, de su mamá germánica había heredado el pelo rubio, los fanales azules y una piel delicada.

Felipe V en un retrato de Hyacinthe Rigaud, detalle

Un imberbe Felipe V en un retrato de Hyacinthe Rigaud, detalle

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Pero aquel adolescente impresionó a muchos, por otra parte, por su vivo entendimiento. De hecho, más de un historiador lo califica de superdotado. ¿Cuántos niños de diez primaveras pueden alabarse de ocurrir escrito un comentario sobre El Soñador o de cuchichear latín con fluidez?

Hay que acercarse a su infancia para entender cómo se fraguó su desorden mental. Lo haremos de la mano de Alonso-Fernández, que en Felipe V. El rey espíritu (2020) trazó un perfil psicológico del monarca.

Nieto de Luis XIV, el duque de Anjou nació en la caótica corte de Versalles, y lo hizo a la sombra de todos. Primero, de su viejo, un personaje que por la pompa cortesana y su carácter más admisiblemente frío se le antojaba distante. No se puede aseverar mucho más de su padre, un hedonista acostumbrado a disfrutar de la caza y los placeres de la carne, que trató a su hijo mediano con dejadez. Siquiera de su mamá, que murió cuando él contaba seis primaveras y, de todos modos, se pasó sus últimos tiempos encerrada, aquejada de una resistente depresión.

El Felipe de esa época, especula Alonso-Fernández, admisiblemente pudo sentirse invisible. En sinceridad, lo era. Todos pensaban que probablemente no reinaría en ningún sitio, y se convirtió en un huérfano a quien dejaron al cuidado de profesionales. No obstante, supo usar su educación. Como explica el psiquiatra, no es admirable que en niños huérfanos se acentúe la requisito de destacar. En otras palabras, como si quisieran satisfacer el infructifero impresionable y fundamental con otros logros.

Tenía una mente inteligente, sensible, rápida y a la vez reflexiva, que convivía con una personalidad más admisiblemente huraña. Era callado, y cuando hablaba lo hacía con una voz tímida, con frecuencia para cumplir las indicaciones de los adultos o de otros niños, con los que tenía un trato exquisito.

Fernández-Alonso descubre en él una muy muerto autoestima. Describe la mente de aquel crío como fustigada por el sentimiento de omisión y el exceso de escrúpulos. En sus remordimientos se entremezclaban lo sexual y lo religioso. No podían ser fáciles de sobrellevar en un Versalles donde los líos de alcoba eran uno de los grandes divertimentos de la corte. En ese circunstancia licencioso, Felipe fue una rara avis.

Proclamación de Felipe V como rey de España en el palacio de Versalles (Francia) el 16 de noviembre de 1700.

Proclamación de Felipe V como rey de España en el palacio de Versalles el 16 de noviembre de 1700.

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Aun así, en su vida adulta siempre añoró Francia, un país que tuvo que dejar tras ser prestigioso sucesor de Carlos II de España. Su reinado, por otra parte, tuvo que comprobar en la cruenta extirpación de Sucesión (1701-1715). Paradójicamente, durante esa contienda destacó por su entusiasmo. No solo participó activamente en las campañas, sino que llegó a liderar al ejército –a veces, de un modo temerario–, ganándose el sobrenombre de “el Valeroso”.

Más que un carácter animado, sin bloqueo, lo que el rey estaba manifestando eran los rasgos de un hipomaníaco. Comunes en las personas con trastorno bipolar, los episodios hipomaníacos son momentos de gran exaltación en que los sujetos experimentan una cierta hiperactividad, perdiendo incluso la requisito de pernoctar demasiado. Como explica Alonso-Fernández, la extirpación no hizo más que catalizar sus dolencias, volviendo a un estado depresivo cuando esta terminó.

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Tropas de Felipe V en presencia de las murallas de Barcelona durante la extirpación de Cisma

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¿Cómo pudo conducir un hombre que entraba y salía de profundos estados melancólicos? Por delegación. A medida que empeoraba su estado, el peso del gobierno fue recayendo en personas de su confianza. Sobre todo en su segunda esposa, Isabel Farnesio. De una belleza sobresaliente, Isabel es un personaje que merece un punto y separado en la acontecimientos del monarca.

Deprimido, inseguro y emocionalmente muy dependiente, Felipe estaba a merced de quien quisiera influir en sus decisiones. Y la italiana dio en el clavo, pues muy pronto descubrió la hipersexualidad que se escondía tras tanta recepción al confesionario. Desde imberbe, el rey había tenido una sexualidad desaforada que, por sus escrúpulos religiosos, era más un tormento que una suerte. Por eso la embridó para mantenerla siempre en el interior del himeneo, en el que resultó ser un buen querido. Isabel hacía su parte para abonar la relación de dependencia.

Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, junto a Carlos, su hijo mayor.

Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, adyacente a Carlos, su hijo veterano.

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Y es que Felipe le temía a todo, no solo al abismo. Pensando que podía ser contaminado, llegó a producirse días sin cambiarse de ropa, el mismo motivo por el que dejó de asearse hasta apurar desprendiendo un olor hediondo.

Incluso temía el daño honrado que pudiera causar con sus decisiones de gobierno, lo que le convirtió en un incapaz para la tarea. Aunque no fue la única figura, esto hizo que Isabel fuera reuniendo cada vez más poder, hasta el punto de firmar los documentos oficiales con un “el rey y yo”. Como explica el historiador Ricardo García Gayola, más que un rey, fue el consorte de su mujer.

Sea como fuere, tras convencerla a ella, en 1724, a la años de 40 primaveras, acabó abdicando en su hijo Luis. En ese momento, muchos pensaron que lo hacía con la esperanza de ingresar al trono de Francia en presencia de la posible asesinato de Luis XV. En la ahora, la mayoría de los especialistas coinciden en que fue producto de su depresión.

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Luis I de España, hijo de Felipe V

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Para Alonso-Fernández, a pesar de que el rey lo expresara como un intento de retirarse a rogar y redimir su alma, habría sido una intrepidez más de tipo psicopatológico. Cualesquiera que fueran las causas, de poco le sirvió, pues al agarradera de ocho meses Luis murió de viruela, obligando a su padre a retornar al trono.

Fue entonces cuando se escriben las páginas más tristes de su acontecimientos. A partir de 1731, instalado en el Efectivo Alcázar de Sevilla, se convirtió en un espíritu al que la mayoría de los cortesanos quia volvieron a ver. Desde los pasillos de palacio solo se escuchaban sus gritos en la horizonte, tras unas puertas que su mujer mandó guardar para evitar que escapara. En ese momento su trastorno era arduo y se había alejado completamente de la sinceridad.

Como es representativo en algunos pacientes con un síndrome de Cotard agudo, creía ocurrir perdido las vísceras, las piernas y por momentos la vida. Un delirio que se repitió, y muy provocativo, le hacía creer que era una rana. No es de desconcertar que, desnudo y caminando a cuatro patas, su esposa lo quisiera proseguir a menos de miradas impertinentes.

De nuevo en Madrid, por momentos el rey salió de su estado de torpeza gracias a una suerte de musicoterapia diseñada por su esposa. En 1737, la reina mandó a Farinelli, el castrato más espacioso de la historia, cantar al monarca desde la habitación contigua. Al son de la música, el rey volvió a cuchichear. Pero duró poco, pues en las siguientes sesiones solo fue capaz de emitir unos ruidos estrambóticos.

Más que un reo de su esposa, Felipe V fue un hombre incapacitado para conducir. De esa opinión es el historiador Henry Kamen, quien rehabilita a una mujer que la historiografía clásica española quiso condenar. Todo por redimir a Felipe V, que quedó inmortalizado como un buen rey.

Desde luego, bajo su reinado se modernizó el Estado, se reconstruyeron la Armada y el Ejército y se promocionaron las artes y las ciencias. Por otra parte, cada vez se le considera más a él, y no a Carlos III, el efectivo iniciador de la Ilustración en España. Con un saldo más placa, para muchos catalanes sigue siendo el rey que acabó con las instituciones propias del Principado. Pero ese Felipe es solo el oficial, pues el íntimo fue un hombre enfermo al que la medicina de su tiempo no supo ayudar.

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