Un tórrido sábado de finales de mayo confluyen, en el núcleo de Farrera, actores, algún director de cine y muchedumbre del mundo de la civilización atrapados por la ámbito de este bucólico rincón del Pallars Sobirà y por un montaje hermoso en el dinámico Centre d’Art y Naturaleza (CAN). Esta suerte de residencia atrae cada año a decenas de personas de todo el mundo, a pintores, compositores, escritores, científicos, cineastas, guionistas y creadores de otras muchas disciplinas que buscan la inspiración en un paisaje dominado por montañas, vacas, caballos y mucha tranquilidad. El CAN juega un papel relevante en la revitalización de un pueblo estancado demográficamente que, si no fuera por la venida de jóvenes idealistas hace cuatro décadas, quizás se habría quedado sin habitantes fijos.
Un municipio con seis núcleos de población y 116 empadronados
Farrera es uno de los seis núcleos que conforman el municipio del mismo nombre y que suman 116 empadronados. Farrera, 32; Montesclado, 40, y Burg, 34, pero Alendo, Mallolís y Rotonda solo tienen cinco, cuatro y uno, respectivamente. Los 429 habitantes registrados en 1940 empezaron a caer en picado y, en 1981, se tocó fondo, con solo 75. En el coetáneo siglo subió a los 140 del 2011 para iniciar, en el 2013, un nuevo descenso hasta los 108 del 2020.
“Gracias al sustrato de los neorrurales que llegamos cuando sólo quedaban tres casas abiertas, con seis personas autóctonas y ningún peque, el pueblo sigue vivo. En aquella época, entre finales de los 70 y los 80, Farrera era un emplazamiento de entrada y salida constante de muchedumbre. Mi mujer, Francesca, y yo nos instalamos en 1981, aquí nacieron nuestros dos hijos”, relata Lluís Llobet, uno de los impulsores y director del CAN.
Preparación de un montaje hermoso de Martina Pla, en el CAN, el pasado mes de mayo 
El escritor irlandés Colm Tóibin suele regresar a Farrera cada verano
El autor del CAN fue el irlandés Bernard Loughlin, quien pasó un año en Farrera, en 1976, y un tiempo luego abrió en su país un centro de artistas en el que se inspiró el del Pallars, que echó a peregrinar en 1995. En este enclave, a 1.360 metros de valor, bulle la creatividad. El escritor Colm Tóibin, que la semana pasada habló en Catalunya de su nuevo ejemplar, El Mago, lo descubrió a mediados de los 70 y lo sigue frecuentando cada verano. Un llarg hivern es una de sus obras ambientadas en el Pirineo catalán.
Colm Tóibin, en una cita a Barcelona 
El CAN no ha sido un revulsivo demográfico pero el pueblo sigue latiendo y ofreciendo un goloso menú cultural impensable en un pueblo apartado y con escasos servicios
De aquella vivientes de jóvenes utópicos que perseguían una vida en contacto con la naturaleza quedan siete, cinco en Farrera y dos en el vecino Alendo. El CAN no ha sido un revulsivo demográfico pero el pueblo sigue latiendo y ofreciendo un goloso menú cultural impensable en un destino apartado y con escasos servicios. Ningún de los seis pueblos dispone de escuela, comercio ni bar pero sí pueden presumir de sus cursos de escritura, transformación del paisaje, fototipia, inmueble bioclimática, cocina, ilustración científica y incluso sobre mariposas, entre otros muchos.
“Aquí Miquel Desclot tradujo a Petrarca; Marta Marín-Domine escribió Fugir era el més bell que teníem y aquí se han inspirado los compositores Nicola LeFanu, de Gran Bretaña, y su marido, el australiano David Lumsdaine; la pintora Danielle Creenaume, incluso de Australia; la arquitecta Sally Starbuck, de Inglaterra; la intérprete canadiense Deborah Koenker...”, detalla Llobet. La relación es muy larga. “El escritor Jaume Cabré, el poeta y traductor Francesc Parcerisas, Eulàlia Valldosera...”, añade.
La asociación Amics del CAN gestiona esta residencia de titularidad municipal que ocupa dos espacios, un edificio que se levantó en las ruinas de un antiguo pajar y la que era la casa del perito, cuando Farrera aún tenía escuela (cerró en 1964).
El corregidor, Àngel Bringué, que tras la pensión volvió para instalarse en el pueblo que lo vio venir al mundo, fue de las últimas generaciones que aún pudo ir a clase en Farrera. “Éramos 20 niños pero cuando tenía diez primaveras, en 1955, mi tribu ya marchó, nos fuimos a Tremp. El despoblamiento empezó a finales del siglo XIX, con las primeras migraciones a Francia, incluso en los 60 y 70 se cerraron la mayoría de casas, la muchedumbre se fue a la ciudad, esta es una zona muy olvidada, hay un gran desconocimiento del mundo rural por parte de los burócratas que diseñan programas y hacen convocatorias de subvenciones... No se piensa en políticas a dispendioso plazo y nos encontramos con que incluso aquí hay especulación en la vivienda, se ha rehabilitado mucha segunda residencia lo que ha provocado la subida de los precios, la ofrecimiento es muy escasa”, lamenta Bringué.
El núcleo de Farrera, a a 1.360 metros de valor 
Otros escollos –subraya el corregidor– son los deficientes accesos y la descuido de fibra óptica. La principal fuente económica del municipio es la vacada, con cinco rebaños de vacas y yeguas; alguna casa de turismo rural y la actividad que genera el CAN, que adicionalmente ha puesto el nombre de Farrera en el carta.
Para comprar el pan o tomar un café los vecinos deben desplazarse a Tírvia, a cinco kilómetros, donde funciona una panadería y una fonda
El aislamiento que se respira tiene dos caras: es un codiciado valía para los artistas y los investigadores que pasan algunos días o semanas en el CAN pero no tanto para las personas que viven todo el año en las localidades que asoman en el valle de la Coma de Burg. Para comprar el pan o tomar un café deben desplazarse a Tírvia, a cinco kilómetros, donde funciona una panadería y una fonda. No es una gran distancia pero hay que estar preparado para circular por una estrecha carretera. Si una tiene la mala suerte y se cruza con un camión deberá dar marcha detrás, acomodarse en el apartadero más cercano, y ceder el paso al transporte de grandes dimensiones. No hay espacio para los dos vehículos.
Bringué asume que el leve incremento de ocho empadronados en el 2021, esa ansiado repunte espoleado por las ganas de naturaleza tras los meses forzados de aislamiento a causa de la covid, no se consolidará. Muchos de los nuevos vecinos que ganó el Pallars emprendieron el camino de regreso a la ciudad. Al menos, el CAN sigue atrayendo a visitantes que dinamizan la vida lugar.

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