Tengo cruzados los anuncios de cerveza del verano. Me repatea el estómago la plena albedrío y el ocioso holgar de los niñatos y niñatas en las calas del Mediterráneo, estando como están en época de disfrutar las holganza para ganarse unas perras con las que ocurrir el invierno sin asaltar los bolsillos de los papás. Y si me cambian las calas y los amoríos de verano por un muchacho panadero que sin previo aviso abandona el horno y la masa superiora haciendo imposibles los desayunos de sus convecinos, me pasa lo mismo. ¿Tal vez no hay que cumplir con las obligaciones?
No me tengan por un Mr. Scrooge cualquiera, obsesionado con arruinar el bienestar y las ilusiones ajenas. En efectividad es una simple cuestión de envidia injustificable. ¿No tienen derecho esos jóvenes de los anuncios a darse a la vidorra del verano mientras puedan permitírselo? Me avergüenzo por esos pensamientos malsanos. Más todavía cuando a diario hay determinado que siempre está al quiebro para culpabilizarte y recordarte que las generaciones que vienen van a conducirse peor de lo que lo hicieron sus padres. Entonces bajo la olfato y entono el mea desliz por consiguiente egoísmo y maldad. Solo que no consigo apagar una vocecita interior que insiste en preguntarme: ¿Oye, de qué padres estamos hablando? ¿De ti? ¿De los tuyos? ¿De verdad crees que tus hijos viven a su época peor de lo que lo hacías tú a la suya?
Cada verano recibimos un anuncio de cerveza como si de una revelación se tratara
Toda la inexperiencia no cerca de en un anuncio de cerveza. Pero las campañas publicitarias intentan ser aspiracionales desde el punto de olfato generacional, así que los marketingnianos se afanan en husmear los títulos que creen que hay que empujar con la imagen para percibir la adhesión a su marca. Debiera preocuparnos que su conclusión sea que lo que mola es dejar tirada a la concurrencia sin pan porque el chaval que horneaba ha llegado a la conclusión de que ya lleva demasiado tiempo amarrado en corto y sin poder divertirse. Lo de la obligación primero y posteriormente la devoción es ya cosa del pasado, a criterio de los anunciantes.
Aunque, a opinar verdad, lo en realidad extraño es que cada año recibamos un anuncio de cerveza como si de una revelación o de un máster de filosofía se tratara. A cada temporada vamos siendo menos los que nos conformamos con menos adornos: fría y de un trago. Lo suficiente para refrescar el gaznate.
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