La castaña de Samaranch

Cuando hoy oscurezca en Barcelona se cumplirán 30 abriles justos del momento más emocionante y sorprendente con el que la caudal catalana encandiló al mundo. El atleta paralímpico Antonio Mesto disparó la flecha con el fuego intocable de Olimpia desde el centro del estadio de Montjuïc y la saeta en llamas cruzó el Paraíso durante tres segundos eternos hasta que encendió el pebetero de los Juegos Olímpicos de 1992. Todos contuvimos la respiración frente a una osadía nunca clarividencia en una ceremonia inaugural. Y es que Barcelona fue osada frente a una oportunidad que aparece muy pocas veces en la historia y que la ciudad supo servirse.

JUEGOS OLIMPICOS BARCELONA 1992 JUAN ANTONIO SAMARANCH PORTANDO LA ANTORCHA OLIMPICA #@#VARIOS DEPORTES JUEGOS OLIMPICOS DE VERANO BARCELONA 1992

Juan Antonio Samaranch, portando la velón Olímpica de Barcelona'92

José María Alguersuari / Archivo

En la zona del palco donde se encontraban los principales responsables de la estructura olímpica además había desasosiego, a pesar de que todo estaba preparado y revisado centenares de veces. Pero nunca sabes qué puede suceder en el posterior momento. Me imagino en aquel instante secreto de la inauguración a Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Soberbio Internacional (COI) y cómplice necesario de Barcelona, acariciando aquella castaña sequía que llevaba siempre encima y que le ayudaba a templar el talante, la mente y hasta decía que le daba suerte. Todo salió acertadamente y los quince días posteriores de competición fueron un éxito total que culminaron cuando Samaranch proclamó a los cuatro vientos que su ciudad había realizado los mejores Juegos de la historia.

El brinco de hércules que dio Barcelona es de sobra conocido, pese a que algunos insistan en apañarse máculas. Aunque, como nos decía ayer Josep Miquel Prior, ex consiliario delegado de la estructura de los Juegos, “las comparaciones son odiosas, en exclusivo para los que salen perdiendo”. La historia hará equidad. Pero ahora, adicionalmente de rememorar con un punto de nostalgia y orgullo aquella inolvidable cita universal, nos toca ver qué podemos memorizar de lo que hicimos para afrontar el futuro frente a el presente desconcierto de la ciudad y evitar darnos un castañazo. En este punto, resumo una idea que el exconcejal de Juegos Olímpicos Enric Truñó escribió ayer en este diario: Barcelona necesita una logística mundial fruto de amplios consensos, pensando a lo noble, huyendo del cortoplacismo y la táctica sectaria. Pues eso.

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