Cuando todavía no se ha superado el ecuador del verano, siete personas, cinco adultos y dos niños, han perdido la vida en piscinas catalanas y quince más (de los que 13 tienen menos de 12 primaveras), han sido trasladados en estado pesado o crítico a centros hospitalarios al estar a punto de ahogarse. Unas cifras que superan con creces las registradas hace un año, cuando por estas fechas se habían contabilizado tres muertes (ningún párvulo) y la sigla de heridos era la porción.
Los datos de siniestralidad preocupan, y mucho, a Protecció Civil de la Generalitat y al cuerpo de socorristas, que piden “prudencia” y “sentido popular” para evitar más accidentes que engorden la estadística final de un verano que se anticipa tórrido.
Usuarios y socorristas en la piscina municipal de la Devesa de Girona. Pere Duran/Nord Media
Precisamente, las elevadas temperaturas del pasado mes de junio (el más cálido desde el 2003, según el Servei Meteorològic de Catalunya, y el cuarto más caluroso del siglo) lo situaron todavía como el junio con más víctimas (mortales y no mortales), si se repasan los datos de Protecció Civil desde el 2014.
Las tres olas de calor (la última estos días) han contribuido a que mucha más clan acuda a la playa, a ríos, pantanos o piscinas para refrescarse. “Cuantos más usuarios hay en estos espacios, más probabilidades hay todavía de accidentes”, dice Montse Font, jefa del servicio de encargo de Emergències de Protecció Civil de la Generalitat.
psicinas girona
Otro factor está contribuyendo a ver este verano las piscinas más llenas que los últimos primaveras, cuando la pandemia hizo que no abrieran muchas instalaciones municipales y las que sí lo hicieron fue con importantes restricciones de extensión. El regreso a la normalidad ha permitido hacer un veterano uso de ellas a casals y a los organizadores de otras actividades de verano.
Y hay un tercer factor que ha modificado la campaña de baño en ese medio: el miedo a contagiarse de covid y evitar espacios masificados en exceso parece activo desaparecido.
Los niños, los más afectados
De los 22 ahogamientos mortales y no mortales de este verano, 15 han tenido a niños como protagonistas
Los menores son de allá quienes se están llevando la peor parte. De los 22 ahogamientos mortales y no mortales de este verano, 15 tuvieron a niños como protagonistas. Trece resultaron heridos graves en piscinas privadas, municipales u otras instalaciones turísticas o deportivas. Las dos únicas víctimas mortales menores de perduración registradas hasta ahora han sido un párvulo y una pupila de cuatro primaveras que fallecieron en piscinas públicas de Móra d’Ebre y Terrassa.
En los otros casos, los menores (diez niños y tres niñas de entre uno y merienda primaveras) quedaron heridos graves o críticos. Los datos de Protecció Civil reflejan que ya se han contabilizado más niños heridos de distinta consideración que en toda la temporada de baño de hace un año, que se saldó con una sigla total de 12 ahogamientos no mortales, la porción menores.
“La piscina te da una falsa sensación de control y confianza”, explica el socorrista Sergi Miró
Frente a estos alarmantes números, los socorristas recomiendan poco que parece obvio, pero que constantemente deben estar recordando. No hay que quitar en la vida la clarividencia de encima a los menores en un medio hidrológico. En una piscina de una casa particular, el tiempo que uno tarda en abrirle la puerta a cualquiera que ardor o contestar un mensaje de WhatsApp son suficientes para que se produzca un suerte con graves consecuencias.
Y para ello no es necesaria mucha agua. Un palmo es suficiente para un bebé o un párvulo pequeño que haya sufrido una indisposición repentina y se desplome sobre la lonja de agua. “Un adulto siempre debe unirse al pequeño y este debe estar tan cerca de él como para poderle abrazar en cualquier momento”, ejemplifica Montse Font.
Ahogados silenciosos
Entre los ahogados adultos, la mayoría tienen edades avanzadas y alguna patología previa
Asimismo desde Protecció Civil piden máxima vigilancia para los adultos de perduración descubierta, a quienes se recomienda que no se bañen solos. La mayoría de las víctimas de estas edades, que suelen tener alguna patología previa, son “ahogados silenciosos”, personas que se marean en la superficie del agua y se desploman sin que nadie les vea ni pueda ayudar.
“El principal problema de la piscina es la sensación de control y confianza que muchos tienen al ver al socorrista y a mucha clan más o menos. El agraciado tiende a relajarse”, explica el delegado sindical de UGT y socorrista del Grup Excursionista i Esportiu Gironí (GEiEG), Sergi Miró, que aconseja todavía a los padres a no fiarse en exceso de los sistemas de flotabilidad como los manguitos o burbujas ya que pueden desbordar del cuerpo del pequeño o pincharse.
Miró, que en más de una ocasión ha tenido que clamar la atención a adultos que están hablando o mirando el móvil mientras el párvulo está solo en remojo, explica que algunas piscinas como la que él vigila se prohíbe a los menores de 14 primaveras conseguir solos a las instalaciones y los que se bañan en la piscina inmaduro deben ir acompañados en todo momento de un adulto que se haga responsable.
“El socorrista no exime al padre de custodiar al hijo constantemente”, explica Bartomeu Casellas, formador de socorro hidrológico en el instituto Pere Alsius de Banyoles.
Una socorrista vigila una de las piscinas municipales de Girona.
En las piscinas particulares, un factor fundamental, y más si en el domicilio hay niños pequeños, es el vallado de la instalación. Del total de ahogamientos registrados este verano, diez se han producido en piscinas particulares. Otros seis en piscinas municipales y seis más en otras instalaciones como campings, hoteles, centros de ocio o un club de tenis, a los que la ley todavía obliga a disponer de vigilancia.
El formador Bartomeu Casellas pone el foco en la laboreo de los socorristas y en sus condiciones de su trabajo. “Hay mucha intromisión en el sector y a veces el socorrista se ocupa todavía de otras tareas como cambiar el cloro o del bar de la piscina”, explica. Asimismo destaca la distracción humana fruto de jornadas maratonianas que redundan en la capacidad de concentración. “A veces se someten a los socorristas a jornadas de 10 horas diarias los siete días de la semana, con lo que su capacidad de concentración desvaloración”, explica.
El tiempo que uno tarda en ir a inaugurar la puerta de casa o contestar un watsap puede ser desagradable
Otro factor vitalista para evitar ahogamientos es la celeridad en la intervención. “Un buen socorrista se gancho frente a cualquier duda”, explica Casellas, que da algunas pistas sobre conductas que deben hacer reaccionar a profesionales del sector y a bañistas.
Son indicios de ahogo, un “movimiento descontrolado” de brazos y pies, intentar alentar la habitante en dirección a en lo alto y la desactivación del palabra, que hace que el bañista en apuros no pueda pedir auxilio.
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