La foto o la vida

Sentado a la sombra de un algarrobo, observo a una pareja que se talego una fotografía delante de unas columnas más de dos veces milenarias. Son un hombre y una mujer de unos cincuenta primaveras. Hace un momento que han llegado y escasamente han pasado las columnas, pero les ha faltado tiempo para dar el móvil a otro turista y pedirle que les tomara una foto.

Seguramente han venido de muy acullá. Quién sabe a qué han tenido que renunciar para poderse avalar el delirio. Falta hace pensar que les falte civilización para apreciar las columnas y valorar lo que representan. Por su aspecto y la ropa que llevan, no cuesta nulo imaginarlos con un texto en la mano o haciendo rabo en un cine para ver una película en lectura innovador. Pero en este momento les interesa más que se vea que han estado aquí que sumergirse en la historia y la ámbito del ocupación.

El turista que les está retratando no se limita a cumplir el encargo y devolverles el móvil, sino que les talego unas cuantas fotos desde diferentes ángulos, para que puedan nominar. Hace un par de minutos, dos muchachas además se han hecho unas fotos delante de las columnas, y seguro que en cuanto esta pareja se vaya otros ocuparán su ocupación. Nadie se quiere ir sin su foto. Antiguamente de irse, todos se aseguran de que han saledizo proporcionadamente. Los que no están satisfechos repiten.

Turistas fotografiándose ante el Coliseo de Roma

 

piola666 / Getty Images

Cuando el sol se ponga, cientos de personas se habrán retratado aquí, y la mayoría no se habrá tomado una sino media docena de fotografías, para poder nominar. A menos de cien metros de distancia, se encarecimiento otro monumento que además despierta la pasión fotográfica de los visitantes. Estas fotos con el móvil son como los espermatozoides: de cada millón, solo sobreviven unas pocas. Todo el mundo se talego tantas que, más que estimular la memoria, parecen destinadas a sustituirla. Son saludos para amnésicos.

Me viene a la mente un cantidad que leí no sé dónde: a los dos primaveras, el 92% de los niños norteamericanos ya tienen presencia en la red, y uno de cada cuatro debuta antiguamente de germinar. Los biógrafos del futuro tendrán un trabajo diferente de los actuales: lo complicado, en vez de reunir información sobre los biografiados, será eliminar el material que sobre y pretender el más relevante. Con tantas fotos y saludos, hasta a los propios protagonistas les costará rehacer su trayectoria con coherencia.

Los móviles y las redes nos han convertido a todos en narradores potenciales de nuestra vida. Los turistas que desfilan frente a las columnas se fotografían con una obvia voluntad novelística: quieren mostrar dónde están y conservar un memoria, elaborar un reportaje. Esta tarde –o interiormente de diez minutos– enviarán las fotografías a unos amigos con los que, cenando un viernes por la confusión, hace unos meses, hablaron de la posibilidad de hacer el delirio juntos, o a unos familiares que las recibirán en una caudal fría y lejana, y que escasamente las mirarán antiguamente de contestar con un comentario simpático o un emoticono admirativo. No quieren provocar la envidia de nadie (o tal vez sí, un poquito). Simplemente quieren incorporar estas columnas a su sucesos, ir construyendo un relato.

Daniel Kahneman, en su Pensar rápido, pensar despacio –un texto al que conviene retornar de vez en cuando–, deje del con­­flicto entre el remembering self y el experiencing self, entre una parte de nosotros que da más importancia al memoria y a la narración de nuestra vida y otra que valora por encima de todo la satisfacción en el presente­.

Más que a estimular la memoria, estas fotografías parecen destinadas a sustituirla

En la Ilíada hay un buen ejemplo de lo que Kahneman quiere opinar. Aquiles se debate entre dos opciones: puede quedarse con los aqueos a guerrear contra los troyanos, y entonces sabe que perderá la vida pero su delicia será eterna, o puede retornar a casa y renunciar a la triunfo a cambio de una vida larga y plácida. “Si me callado aquí combatiendo en torno a la ciudad de los troyanos, ya no regresaré, pero mi delicia será inextinguible; no así si vuelvo al hogar, a mi amada país, que entonces perderé la gran triunfo, mas tendré una vida por muchos primaveras duradera, y la homicidio no vendrá con prisa a encontrarme”.

Primero, enojado con Agamenón, Aquiles se decanta por la primera opción, pero posteriormente, como sabemos, cuando se entera de que su amigo Patroclo está muerto, elige la segunda, sabiendo que lo pagará con la vida­. El precio es mayor; el premio, además­.

Todos nos planteamos dilemas parecidos –menos trágicos, eso sí– cada dos por tres. ¿Quién, a lo amplio de los primaveras, no ha tenido que escoger en algún momento entre hacer poco que diera sentido a su vida, aunque le costara esfuerzo y sacrificio, u obtener un bienestar inmediato a cambio de renunciar a sus ambiciones? Me averiguo si a los turistas que desfilan frente a estas columnas y que, más que admirarlas con calma, lo que quieren es sacarse una foto para colgarla en la cuenta de Facebook, no les sucede poco parecido.

Ya sé que comparar a Aquiles con unos turistas que se fotografían delante de los monumentos que visitan es estirar mucho la cuerda. El dilema de Aquiles es trágico; el de estos turistas es banal, y la delicia que buscan lo es aún más. Singular de que nulo les impide sacarse todas las fotos que les apetezcan y, a la vez, disfrutar de la recepción. Pero, de algún modo, parecen sometidos al mismo dilema: la satisfacción futura o la retribución inmediata, el relato o la vida.

Mientras yo me abandonaba a estas cavilaciones, la pareja de turistas se ha ido. Quizás ya se están retratando delante de otro monumento. A retener las fotos que se sacarán hoy. Pero antiguamente de marcharse han contemplado las columnas con detenimiento, como si quisieran poner en cuestión todo lo que me pasaba por la vanguardia. La voluntad novelística no les ha impedido dejarse invadir por la belleza de estas piedras. Quién sabe, quizás una de las fotos que se han sacado aquí será la que perdurará.

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