Piececitos veraniegos

Parece remitir un poquito el furor por las altas plataformas en el calzado afeminado. Abriles antes, más que plataformas eran zancos; y las mujeres, equilibristas. Pese a moderarse, la plataforma se ha consolidado como un nuclear del calzado afeminado, no solo en los zapatos de vestir o en las sandalias, incluso en las deportivas. No hace yerro acontecer instruido a Restif de La Bretonne ni, en genérico, la humanidades libertina francesa de los siglos XVIII y XIX para deducir de dónde proviene el delirio. Pespunte con acontecer instruido el explicación de Cenicienta y su zapatito de cristal. De todos los fetichismos sexuales, el más extendido es el del pie afeminado. La cosa viene de antiguo y tiene expresión en muchas culturas. La fijación china por el piececito fue la más radical. Con una venda, doblaban, textualmente, durante abriles, los pies de las niñas hasta que conseguían deformarlos a modo de espejo creciente o, por decirlo a la francesa, de croissant de lune. Esta tortura (de la que, no por casualidad, estaban liberadas las niñas que debían trabajar) convertía a las jóvenes ricas en un objeto de adorno móvil. Las chicas se desplazaban (penosamente, diríamos nosotros hoy) ya que, con el pie doblado, caminaban oscilando ahora a la derecha, ahora a la izquierda, como la galantería de loto movida por el rumbo. De ahí el nombre de estos pies: loto de oro.

BARCELONA 18.08.2016 SANDALIAS EN EL PASEO DE GRACIA. FOTO LAURA GUERRERO

 

Laura Guerrillero

En Oeste, los pies de la mujer aristocrática y burguesa, celebrados en comparación con los de hombre por su pequeñez y nieve, expresaron el ideal de sumisión del enamorado. Si acariciar los pies del emperador, el rey o el excelso equivalía a expresar con un rostro ritual la sumisión, en la humanidades libertina, acariciar los de la mujer implicaba aceptar su dominio amatorio. El poder simbólico de la mujer (midons, en la galimatías de los trovadores) es una de las cosas más paradójicas de la humanidades amatoria, ya que es evidente que la mujer carecía de poder en la vida auténtico, fuera de casos excepcionales (Isabel de Castilla, Elizabeth I, Cristina de Suecia). Sea como fuere, la humanidades erótica ha ensalzado durante siglos el pie afeminado. Ahora adecuadamente, Restif de La Bretonne, el gran propagandista de esta fijación erótica, corría desesperado por las playas atlánticas, horrorizado por las rojeces e hinchazones podales de las damas bañistas. ¡No encontraba piececitos a la prestigio de su exigencia! Tal fetichismo implica un severo control estético sobre el cuerpo afeminado.

Todo empezó con el explicación de Cenicienta y su zapatito de cristal

La manía de Restif de La Bretonne ha triunfado. La propagación de la pedicura femenina tiene ya más de un siglo. Se han popularizado las uñas pintadas, que en mi pubescencia las chicas progres y las beatas rechazaban. Todavía se han generalizado las sandalias de tacón de alfiler que son obligatorias hasta en invierno para las mujeres con reputación de elegantes o atractivas. Los pies femeninos deben aparecer desnudos y enrejados, con las uñas reconvertidas en simbólica bisutería cromática. La moda de la plataforma (que se inspira en el vestuario de las vedettes y en los tópicos de la prostitución) refuerza el protagonismo del pie afeminado, situándolo en posición formalmente elevada. En sinceridad, es un objeto colocado en un mostrador. Subidas a los altos tacones y a las inseguras plataformas, ellas caminan oscilando de un flanco a otro, en precario firmeza, como la galantería de loto. Sin acontecer sufrido abriles de tortura previa, ciertamente; pero aceptando sin rechistar, a pesar de tanta humanidades feminista, la dura, implacable, inexcusable dictadura de la moda.

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