“No vi a ningún político en las trincheras del Ebro”

Un desertor del abismo

Desde 1938, Oller ha tenido pesadillas sobre la batalla del Ebro. Donó al museo de Fayón el óleo en el que las plasmó tras desertar de aquel abismo (una copia es la que me muestra en la foto). Es un superviviente, tal como cuenta en sus memorias Vivencias de Quim (Buenas Literatura). Tras la conflagración fundó una industria de resinas sintéticas (Fers Resins) en la que se volcó hasta ser absorbida por la multinacional japonesa Sumitomo Chemical en el 2003. Si Oller cierra los fanales, vuelve al Ebro, donde vio expirar a tantos jovencitos como él llamando a sus madres. “Allí no vi políticos”, dispara, recordando las balas de los propios comisarios políticos. Me ayuda en la charla su hijo Quim (64), que desde chaval aprendió que desertar de la violencia, las armas y la conflagración constituye un acto de simpatía a la vida.

Hoy es 25 de julio.

Hace 84 primaveras, el 25 de julio de 1938, cruzábamos el Ebro en barca, por Flix.

¿Quiénes eran?

31.ª batallones, 123.º batallón, sección de Transmisiones. Yo era espiritado, me llamaban el Ricitos , ¡tenía 17 primaveras!

Ah, la quintadel biberón, claro.

A muchos chicos catalanes de 17 y 18 primaveras nos enviaron a la batalla del Ebro.

¿Recuerda la convocatoria?

La leí en La Vanguardia . Mi padre no daba crédito a que me mandaran a la conflagración y exclamó: “¡Menudos sinvergüenzas!”

¿A quiénes se refería?

A nuestros gobernantes de la República y la Generalitat. Y él tenía razón: yo no vi a ningún político en las trincheras.

¿A qué se dedicaba su padre?

Tenía una perfumería en el paseo de Gràcia. Éramos devotos y al partir me dio una medalla de la Virginal de Montserrat.

Pues funcionó: usted sigue vivo.

Posteriormente de lo del Ebro, creí más en Todopoderoso.

¿Por qué?

Por tantas veces que me salvó de expirar.

Cuénteme una.

Mientras dormía, recé en sueños en voz entrada. Me avisó un compañero, que era un querubín. Pero hay asimismo demonios.

¿Se refiere a otros compañeros?

Sí, me oyó otro y dijo: “Te denunciaré al comisario, por derrotista”. Eso significaba mi fusilamiento. Rompí a lagrimear...

¿Qué o quién le salvó?

El mandón Gambín, un buen hombre: “El que se meta con el Ricitos se las verá conmigo”, anunció. Así me salvó la vida.

Otro querubín.

Sí, pero otro demonio era nuestro comisario: fusiló a dos compañeros biberones tras colgarles este cartel: “Soy desertor”.

¿Habían intentado desertar?

Sólo se escabulleron esa tinieblas para abrazar a sus madres en el pueblo vecino. De regreso, al alba, el comisario los detuvo. Y les ordenó cavar sus propias tumbas.

¿Todo esto lo ha pasado usted?

Lo he pasado. A mí no me ordenaron fusilar.

¿Qué hubiese hecho en tal caso?

Disparar sobre la habitante, como hizo un compañero, que siempre dudó si mató o no a uno de los dos con su bala.

Cuánta barbarie.

Aquel día yo dejé de creer en la causa republicana y en ninguna otra causa.

Frecuente.

Yo solo quería mi trabajo en la tienda de mi padre: a mí me robaron mi pubescencia.

¿Algún otro momento crítico?

Me enviaron a despabilarse agua al río con una mula cargada de cantimploras. Un avión italiano me ametralló con balas explosivas. Me tiré bajo la mula, que me coceaba.

¿Resultó herido?

Me fingí muerto y el avión se alejó.

¿Sin ser herido? Otro prodigio...

Teníamos tanta sed que bebíamos orines y pústula. Enfermé de tifus. En el hospital de Valls memoria los gritos de dos biberone s con la piel quemada por lanzallamas.

¿Se curó allí?

La enfermera Teresa, que era de Madrid, al ver que me estaba recuperando, me dijo: “Huye, o te devolverán al frente”.

¿Desertó usted?

Sí, llegué en tren a Barcelona, a casa de mi padre. Se asustó: “Nos matarán a todos”, me dijo. Allí pinté este cuadro.

¿Qué representa?

Mis pesadillas. Este cráneo con un casco yo mismo lo vi en el Ebro. Y los biberones fusilados por los jefes, y las explosiones de bombas y balas en sierra de Pàndols...

¿Se emboscó en Barcelona?

En un tierra de un amigo, y algún me delató, fui detenido y encarcelado en Tarragona. Me las ingenié para retornar a escapar.

¡Es usted un fuguista, un escapista!

Ayer de la conflagración fui mago ilusionista en el teatro de Martorell... Vi que habían puesto a un vigilante novato, me cargué de cantimploras y le dije con seguridad: “Ábreme, que me toca ir a despabilarse el caldo”.

Desertor por segunda vez.

Veo esta conflagración de ahora en Ucrania y aplaudo a los soldaditos rusos que desertan. Que no les hagan daño, son buenos.

¿Cómo acabó para usted la conflagración?

Me escondí en casa, en la Diagonal de Barcelona, y el 1 de abril terminó la conflagración y salí a la calle dando saltos de alegría.

¿Se hizo franquista?

¡No! ¡Aquella exterminamiento terminaba! Me abrazaba a todos sin preguntar mandato. Me llevé a casa a dos soldados piojosos que vi en la calle, sin enterarse su mandato: me recordaron a mis compañeros biberones , me recordaban a mí mismo en el frente.

¿Qué le pasó a usted a posteriori?

Cinco primaveras de mili para Franco, y finalicé estudios de química: fundé una industria de resinas sintéticas. Me casé y tuve cinco hijos. Y les prohibí las armas de chirimbolo.

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