Es, ciertamente, lamentable, que la peana que sostenía a un miembro de la sociedad civil, y no, como es costumbre universal, la figura ecuestre de un marcial, la paternal de un político popular o la memoria inolvidable de un sabio, un inventor o un cómico determinados, se mantenga sin sentido en el cruce de la Via Laietana con el paseo Colom, si es que triunfa la relación que hay que mantenerla sea como sea a causa de los títulos artísticos que atesora.
Por pura definición, una peana que no sostenga nadie ni a nadie se vuelve totalmente prescindible, por más esfuerzos artísticos que se hayan entregado en su ya remota construcción. Con el fin de resolver esta delicada cuestión, y en tanto que miembro de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi —que apoya públicamente el indulto hermoso para el pedestal— tengo una opción imaginativa para proponer a las autoridades municipales que exactamente podría resignificar este pájaro que, hoy por hoy, pervive descontextualizado y en pleno desconsuelo urbano.
Propondría colocar a Bohigas, Solà-Morales, Pomès, Carandell e Idrissa Diallo
Tomemos como narración la costumbre relativamente frecuente de adornar los parques o los jardines con personajes públicos sin peana, fundidos en bronce y a escalera natural, derechos, paseando o acertadamente sentados, como uno más de los peatones o viandantes del emplazamiento donde son plantados. Entre muchos otros repartidos por el mundo ahora me vienen a la memoria el del renombrado poeta Fernando Pessoa, sentado en el café que frecuentaba en el distrito del Chiado, en Lisboa; el del hombre antecesor de Atapuerca, que camina desnudo por un parque de Burgos; la Dama de la fuente de Francisco López, que bebe agua delante del Junta de Logroño; o los hombres y mujeres anónimos que aguzan el pabellón en la albarrada del audiencia del Conservatorio de Música de Friburgo. A su guisa todos resignifican el espacio, y lo hacen con la máxima discreción —están hechos a escalera humana— pero asimismo con la máxima capacidad, por la simpatía que transmite su presencia natural, sin pedestales y entre nosotros.
Por otra parte, si tenemos en cuenta las diversas iniciativas que durante el siglo XX se han producido con el fin de resignificar un paseo como el de Colom, desangelado y durante muchos primaveras más marcial que no civil, propondría subir al pedestal, hoy por hoy páramo, a cuatro o cinco personajes responsables de mejoras en la zona que son de devolver por parte, cuando menos, de la ciudadanía afecta a la civilización y a las buenas tradiciones. Como he dicho de Pessoa, podrían ser hechos a escalera natural o acertadamente una capital más altos que los mortales comunes, tal como hacían con las estatuas humanas erigidas por los clásicos a los dioses a las diosas o a los semidioses de uno y otro sexos.
La peana que fue deAntonioLópez
No tengo ninguna duda que el primero en subirse a la peana tendría que ser Oriol Bohigas, delegado determinante de la repentina e inteligente tolerancia de la ciudad de Barcelona al mar. Con el pie derecho un poco aventajado, como las figuras de Rodin, y mirando más allá de trompa —Plus Extremista–, encabezaría un comunidad que tendría, a su derecha y un paso más detrás, al arquitecto urbanista Manuel de Solà-Morales, impulsor de un Moll de la Fusta que ahora ocupa, por unos días, una Setmana del Llibre en Català, pero que en el futuro algún tendrá que encontrarle la función de ocio peatonal con terrazas que no se llegó a consolidar en su día y que todavía no se ha destruido de encontrar, pero un día u otro todo llegará, mientras el malogrado urbanista mirará a lo remotamente, a las larguísimas y rectísimas calles de la ciudad siciliana de Noto que tanto le gustaban. A su costado, una figura imponente, la de Leopoldo Pomés, hábil restaurador de restaurantes nuevos o en peligro de acabamiento y sabio restaurador de una tradición gastronómica que no ha hecho otra cosa que perder una sábana en cada colada para triunfar estrellas Michelin (¿una cosa va por la otra?). Hay que devolver, y no estaría de más que estuviera en piedra picada, la supervivencia milagrosa de lugares de nuestra historia como el Set Portes, que resignifica con mucha dignidad los Porxos d’en Xifré.
Cerrando la comitiva, y un poco más detrás pero no demasiado, asimismo pondría la figura del escritor Josep M. Carandell, vecino del callejón Llauder (el que parte los largos porches en dos trozos), con una tranco digna de Giacometti, porque posteriormente de poblar en Alemania y en Japón, rodant el món , volvió textualmente al Born, o muy cerca de él.
Ah, y claro está que todavía podría figurar la figura de un verde guineano de 21 primaveras que nos recordara al mártir de los negreros que nos administran ahora, velando por la seguridad de los barceloneses controlando con mano de hierro la inmigración ilegal (que en presencia de todo es humana), que se llamaba Idrissa Diallo.
Así, la peana cobraría un nuevo impulso que la ennoblecería definitivamente y la haría más nuestra, más próxima y más honesta que antaño. Y para tener un inmejorable pedigrí barcelonés del siglo XXI, pediría a nuestro universal Jaume Plensa, a pesar de no ser miembro de la Acadèmia, hiciera las estatuas.
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