‘Correbous’

Advertencia: esta columna la signa un redneck, un hillbilly de los Apalaches catalanes conocidos como Terres de l’Ebre. El sitio donde la catalanidad civilizada de sardana, gralles y castells muta en bandas, jotas de río y toros. El alfabeto nos llegó más tarde y el noucentismo nos pasó de holgado. Aún nos casamos entre primos y, si la tribu es corta, entre hermanos. Han preparado la broma, supongo. Va dedicado el salida de tono a los pocos pero ofensivos que mantienen esta examen sobre el sur. Como sigue un tema serio, nunca sobra un poco de desengrasante auténtico.

Como cada verano, vuelve el debate sobre los correbous. Barbarie para unos, tradición para otros. En el Ebro no hay postura coincidente. Son muchos, particularmente entre los jóvenes, los prohibicionistas. Igual que son multitud los que ni quieren ni pueden imaginarse una fiesta sin plaza y becerrada. La cancioncilla que alimenta el prohibicionismo es la crueldad que, según ellos, supone hacer sufrir a un animal solo con finalidades lúdicas. Remunerar un euro por cada conejo con el cráneo partido en dos por una escopeta en la huerta leridana es justo por cuestiones económicas. Tener cerdos y vacas amontonados en granjas de producción intensiva es comprensible por motivos pecuniarios. La obligación de ganarse la vida autoriza al hombre a ver al animal como un estorbo o como una máquina de látex o carne. Parece justo.

La Generalitat pudo prohibir las corridas porque ya estaban muertas

Pasa que la persona, a excepción de los que no han saliente nunca del entorno mental que lo reduce todo al empirismo –marxistas y liberales económicos–, no se explica solo por el saquillo. Y es así como, sin ser conscientes, son tantos y tantos los seguidores del periodista inglés G.K. Chesterton, que defendía la tradición definiéndola como la democracia de los muertos. Sin ella la humanidad se agotaría por tener que inventarse desde cero a cada coexistentes, dejando al ser humano como una hoja a la intemperie, sin raíces.

Este argumento se despacha con desprecio. Pero es el único manantial del que los taurinos sacan toda su fuerza, que es mucha. La Generalitat pudo prohibir las corridas porque ya estaban muertas. Porque, ciertamente, una tradición puede morirse, pero lo que resulta increíble es matarla cuando todavía hay tanta parentela dispuesta a seguirla.

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