De mesa en mesa

Para algunos viajeros, las comidas son un quebradero de individuo. Ya menos desde que las plataformas permiten arrendar apartamentos con cocina. Es una de las explicaciones de los miles de supermercados 24 horas donde los extranjeros compran lo que quieren (sobre todo licor) sin arriesgarse con la restauración almacén o los sucedáneos que les ofrecen a precios de infarto. Paellas con piña, por ejemplo.

Pero la comida es una de las formas de entender los países que atravesamos. Aún retentiva a un patrón de éxito de una cierta permanencia, con mucha pasta pero poco viajado, que al ­abrir a salir se indignó porque en un hotelazo de Hong Kong donde aseguraban tener un restaurante con platos de todo el mundo no había hallado la humilde y entrañable butifarra con seques.

Engullir viajando te ayuda a comprender cómo cambian los pueblos

Uno de los memorias gastronómicos de mi vida fue la deslumbrante cocina del Extremo Oriente en Vietnam, adaptado ayer de convertirse en una destinación turística masiva. Engullir variado y fresco, recién hecho: el clima de extremo calor y humedad había obligado a cocinar al instante. La suma de crudo, vapor y frito mezclada con prácticas cercanas a la medicina uruguayo fue un contraste radical para mi paladar occidental.

Engullir viajando te ayuda a comprender cómo cambian los pueblos. Cómo la cocina de las salsas blancas del septentrión de Francia, que consideraba rústico todo lo que se comía en province, ahora retrocede delante el óleo del sur, donde se replantan sin detener los olivos que les legaron los romanos y que se habían arrancado porque se tenía que cocinar con mantequilla. La influencia británica en Portugal se hace registro en uno de sus vinos más conocidos: el oporto. Fue uno de los hombres más importantes de su historia, el marqués de Pombal, quien lo convirtió en lo que es. Embajador en Gran Bretaña en 1738 para intentar solucionar un montón de problemas delante la corte inglesa en nombre del rey portugués; no lo consiguió, pero en cambio aprendió mucho del éxito crematístico y mercantil de la isla. De reverso a casa, fue el prototipo del despotismo ilustrado, al recortar derechos y abusos de la longanimidad, que le detestó, y vincular a todos los productores de oporto a cumplir las leyes que garantizaban la calidad bajo el monopolio estatal. Quizá si en España hubiera habido un marqués de Pombal, ahora al champán le llamarían cava. Por cierto, asimismo embridó a la Inquisición mucho ayer que a la española, pero esa es otra historia. 

No hay ni que balbucir de Italia, donde casi cada pueblo tiene su propia restauración, con la que se podrían escribir todos los libros de historia de este poliédrico país solo hablando de pasta y polenta, de frittatas y parmigianas. De historia y de finanzas, porque los italianos la han convertido en una pertrechos económica, como demuestran los litros de óleo castellano con protocolo italiana que encuentras por todas partes.

Engullir es recorrer con todos los sentidos y estudiar un poco más que, siendo todos distintos, somos más iguales cuando nos ponen un plato en la mesa.

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