Las mudanzas marcan etapas vitales. Como rito de paso que son, nos dejan una muesca en la hechos. Borrón y cuenta nueva. Superada la prueba, merecemos una condecoración en paciencia, porque siempre hay más trabajo del calculado, siempre brotan imprevistos, siempre se pierde o rompe poco. Pocos considerarían una mudanza en plena ola de calor como un planazo de verano, pero en esas me hallo. Primera regla: a menudo la mudanza no se elige, sino que se impone. La apoteosis llega cuando se añade una reforma. Se cumple aquello tan manido de que lo que no te mata te hace más musculoso.
En la fracción del camino de la vida suelen humillar dedos para contar la acumulación insalvable de cosas. Por consiguiente, lo más difícil no es ya adaptarse a un nuevo espacio, sino vérselas ayer con el inventario propio. ¿Qué guardaste? Entradas de conciertos. La maleable de un restaurante donde fuiste adecuado. Vinilos que no volviste a escuchar, porque ya no tienes tocadiscos. ¿Te resististe a tirarlos como un salvoconducto al momento en que la música fluía chisporroteante, sin pantalla mediante? Hay más. Mapas de ciudades. Manuales de instrucciones. Medicamentos caducados. Llaves multiformes. Marañas de cables. Recibos desteñidos. Y, sobre todo, un derrochador y desatinado etcétera. Segunda regla: dime lo que guardas y te diré cómo eres. La razón del apego a los objetos no es su utilidad futura: la cámara de Super8 de mi padre no volverá a imprimir, aunque funcione.
La razón del apego a los objetos es porque son esa ventana temporal que permiten rajar a un momento del pasado
Nos aferramos a ellos por esa ventana temporal que permiten rajar a un momento del pasado. Como si tirarlos fuera adecuado con el olvido definitivo, porque ya no nos servirán de ayuda para traer a la memoria. Aun así, hay posesiones que van directas al cubo de desechos por esa misma razón, y es una escape. Fui con una furgoneta llena a un punto verde. El orden frente al caos. Allí se alinean decenas de contenedores, cada cual destinado a un tipo de residuo. Visitarlo es una experiencia catártica. Y, por otra parte, una cura de humildad: ves que lo que un día fue singular, o te acompañó fielmente, se asamblea con despojos de extraños, camino de la destrucción.
Publicar un comentario