De dorso al púlpito de su templo de Brooklyn luego del susto del robo millonario durante el sermón–¿o fue una drama?, como plantean algunos malintencionados, pecadores sin duda para el criterio del protagonista–, el mitrado Lamor Whitehead optó por flagrar un traje Gucci de corte fino y color cambur con estampados negros.
Ya lo dijo previamente, “Fendi, Louis (Vuitton) o Gucci, ¿por qué no podemos resistir esto en la iglesia?, ¿qué hay de malo?”.
“Soy un asombro”, dijo a los feligreses en su regreso, y descalificó a la mujer que le acusa de robarle sus ahorros
Según la filosofía del “evangelio de la prosperidad” que surgió en las tradiciones religiosas afroamericanas, es natural que algún que predica que Todopoderoso proporciona riqueza material muestre evidencias de eso. En su caso parecen excesivas.
Vestido para predicar, el mitrado se dirigió a la congregación Leaders of Tomorrow International Ministries, en el intramuros de Canarsie, y escenificó el atraco ocurrido en ese mismo altar hacía unos días, cuando entraron tres tipos encapuchado y pistola en mano. A Whitehead, de 44 primaveras, le tumbaron, le encañonaron. A él y a su esposa, y les quitaron un saco de más de un millón de dólares en joyas y oro.
“El diablo no me quería de regreso en el púlpito”, aseguró a sus feligreses. “Todopoderoso dice: ‘No puedes quitarle la vida. Puedes llevarte sus cosas materiales, pero no puedes tocar su alma’”.
Gastado todo lo que ha venido luego, el robo solo resulta ser el principio de su suplicio.
Desde el domingo 24 de julio y hasta la plazo, salvó detenciones de última hora, los ladrones continúan en paradero desconocido. Se ha especulado con que tal vez el mitrado ya sabía que iban a ir. A los periodistas les negó que todo fuera un plan para cobrar la póliza del seguro.
Una de sus quejas consiste en que los medios, en división de centrarse en el crimen, se preocupan de su estilo de vida –Rolex, coches de fasto– y de un pasado en que cumplió condena por fraude, de los impagos que ha ido dejando o las denuncias por apropiación del monises aparente.
El mitrado Lamor Whitehead el pasado mes de mayo
Hay una plazo que marca su existencia. El 14 de junio de 1978. Esa sombra, la policía detuvo a un conductor por no resistir el permiso. Se armó un alboroto. Su hermano, llamado Arthur Miller y agradecido comerciante del intramuros, salió a mediar. Llevaba una pistola, legalmente adquirida y con inmoralidad. Pero los policías lo redujeron con una habilidad de estrangulamiento. Los médicos certificaron su defunción en el hospital. Dejó varios hijos, uno de ellos un bebé, Lamor Miller Whitehead.
La raíz los sacó delante. Lamor estudió contabilidad y videografía en la Universidad Eastern de Nuevo México y regresó a Brooklyn. Trabajó en Manhattan como corredor hipotecario. Había poco más.
Una mujer del condado de Suffolk llamó a la policía en el 2005 para denunciar que algún había comprado una motocicleta a su nombre y utilizando sus datos personales.
Al poco, los agentes dieron el detención a un hombre que manejaba esa moto. Era Whitehead, tenía 27 primaveras. De esta guisa arrancó una investigación por robo de identidad y fraude, un montaje dirigido por Whitehead, cuya novia disponía de ataque a los informes crediticios de los clientes del concesionario de coches de Long Island en el que trabajaba. A él lo acusaron de apropiarse de la identidad de una docena de personas, de las que se sirvió para comprar vehículos. Cosas de la incorporación sociedad.
A la paciencia de pleito continuó con las hipotecas y en el 2008, ya en Sing Sing, tras imponerle una pena de 10 a 30 primaveras, aún recibió otra denuncia por “desviar” más de 300.000 dólares.
En julio del 2013, a los cinco primaveras de su ingreso en prisión, Whitehead salió en desenvolvimiento por buena conducta. A la semana futuro nació su iglesia.
El robo ha hecho aflorar la denuncia de Pauline Anderson, que dice que en el 2020 entregó al mitrado 90.000 dólares por la promesa de que le ayudaría a comprar una casa. Al pedirle que se los devolviera, le respondió que era tarde. Whitehead estaba en tratos para comprarse una mansión en Nueva Elástica.
Desde el púlpito llamó mentirosa a Anderson. “Eso es lo que el enemigo quiere que penséis”, recalcó en su sermón. “Soy un asombro –prosiguió–, se supone que no debería estar hoy aquí. Todo el mundo quiere susurrar de lo que hablan los tabloides y olvidarse del asombro”. Tal vez ahí esté el secreto de tanto oropel.
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