Son varias las veces que ha aparecido este 2022 el nombre de Howard Carter en la prensa. Este año se cumple el centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, y el inglés fue el arqueólogo que dio con ella en el Valle de los Reyes. No obstante, no es solo por este exclusivo acontecimiento por el que los rotativos lo citan estos últimos días. Y es que todo apunta a que el egiptólogo se habría llevado consigo algunos valiosos objetos durante sus pesquisas.
Así lo apuntan una misteriosa carta de 1934 publicada este fin de semana por The Observer en la que se evidenciaría estos hechos. No es una inculpación nueva, pues hace abriles que giran rumores al respecto. Sin retención, esta misiva podría ser determinante para confirmar las sospechas.
Una carta de Alan Gardiner dispara todas las alertas
El remitente es Alan Gardiner, miembro del equipo de Carter. Su función principal durante la encomienda fue la de traducir los jeroglíficos de la tumba, por lo que los dos trabajaron codo con codo en ese tiempo. En la carta, Gardiner pide por escrito al inglés que le recompense con un objeto “indudablemente robado de la tumba”. Carter aceptó la petición y le entregó un fetiche utilizado como ofrenda a los muertos. Eso sí, le advirtió de que este no provenía del sepulcro. Poco que no hizo demasiada humor a Gardiner, que lo vio más admisiblemente como una ofensa. Por ello, acudió al entonces director del Museo Egipcio de El Cairo, Rex Engelbach, para mostrarle la estancia. Cuando la vio, supo al instante que mentía. No tenía pruebas, pero consideraba que la estancia estaba fabricada con el mismo molde que otras encontradas en la tumba.
“Lamento profundamente acaecer sido llevado a una posición tan incómoda. Lógicamente, no le dije a Engelbach que había obtenido el fetiche de ti”, se lee en la carta, parte de una colección privada, que se publicará completa anejo a otras misivas próximamente en el ejemplar Tutankhamun and the tomb that changed the world, del egiptólogo estadounidense Bob Brier.
A los 17 abriles
Howard Carter llegó a Egipto como copista de inscripciones jeroglíficas
Howard Carter llegó a Egipto recién cumplidos los 17 abriles. No lo hizo como arqueólogo sino como copista de inscripciones jeroglíficas de Flinders Petrie, el egiptólogo más importante del momento. Y todo gracias a su gran astucia para el dibujo, herencia de su padre, que le valió una distintivo para desplazarse hasta el país de las pirámides.
A diferencia de la mayoría de sus compañeros, no tenía estudios, por lo que se esforzó al mayor para demostrar su valía. Los méritos fueron tales que en menos de ocho abriles ascendió a inspector de antigüedades. Una carrera que apuntaba a meteórica pero que se estancó tras lo que se conoce como el incidente de Saqqara. Allí, Carter tuvo un pequeño altercado con unos turistas franceses que querían presentarse el Serapeum a posteriori de la hora de pestillo. El escolta se negó, y Carter acudió en su rescate tras el enfado de los foráneos. El problema es que el asunto acabó con puñetazos y los turistas contaban con apoyos diplomáticos. Por ello, sus superiores pidieron al inglés que se disculpara, pero este se negó y presentó su dimisión.
Lord George Herbert, conde de Carnavon, cambió su rumbo y evitó su descenso. El ilustre conocía sus dotes como arqueólogo y los trabajos que había desempeñado en excavaciones anteriores, así que hizo caso omiso de los rumores y de la flamante mala triunfo de Carter y le contrató con un objetivo: advertir la tumba de Tutankamón. Y lo logró. Lo que pasó o dejo de suceder luego es poco que él se llevó consigo.
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