La cosecha del odio

El atentado contra Salman Rushdie ha sido singular y vulgar a la vez. Singular por la sanguinaria fetua del colérico ayatolá y sus descendientes, que han conseguido persistir en el odio, cultivado como el alimento más precioso. Pero esencialmente vulgar por la destino de la violencia, que es, entre los humanos, no solo una rutina, igualmente una exaltación, un entusiasmo. En algunos territorios como el nuestro la violencia es un aberración a Dios gracias corto. Pero esa benignidad no está asegurada. Aquí igualmente cultivamos el odio con incansable persistencia y, entretenidos con la Eliminación Civil como pleito político, hemos perdido de panorama que fue un festival de mortandad.

Falta más envejecido en la historia de la humanidad que la violencia. Se explica en el mito bíblico de Desastrado. Se ensalza en la cólera de Ulises y la cruzada de Troya. Se sublima en la ética de los guerreros del Mahabharata. Se enseña como un arte en el compendio de Sunzi. Se proclama como virtud en la expansión del islam. Se repite con los cruzados. Etcétera. Hasta ascender al presente, en el que ya no podemos ignorar que incluso en nombre de bellas intenciones, como la nación o la igualdad, se ha fabricado la asesinato con más ardor que en nombre de los dioses.

Cada vez que se derrama mortandad, hay que rescatar las palabras

En plena cruzada de Ucrania, mientras en torno a la isla de Taiwán se gesta la confrontación entre Oriente y Oeste, cuando las amenazas de una III cruzada mundial han dejado de ser imaginaciones catastrofistas para convertirse en una solvente hipótesis geopolítica, mientras engorda el aparecido de un cataclismo atómico, un fanático ha aplicado la tranquila tolerancia de un altercado rebuscado para acercarse a un escritor y coserlo a puñaladas.

No es viable proseguir la esperanza en esta coyuntura maligna. Aunque poco de luz se filtra por una rendija: exceptuado casos patológicos, los asesinos y guerreros eligen el mal, no por afán maléfico, sino por creer que hacen el admisiblemente. El espíritu crítico les ayudaría a discernir. Y no es posible el discernimiento sin leída. Los libros ayudan a pensar. Empezando por los de Salman Rushdie (ya estoy releyendo Los hijos de la medianoche, que recordaba mágico y me sorprende por su realismo). Puede parecer quijotesco, pero no queda otra: cada vez que se derrama mortandad, hay que rescatar las palabras.

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