La India de Modi se prepara para ser el país más poblado del mundo

La víspera de la independencia, por la que tanto había luchado, Gandhi se acostó temprano, como si no fuera con él, en un morería de Calcuta sacudido por los disturbios. Setenta y cinco abriles a posteriori de aquel 15 de agosto, nadie sabe qué pensaría de su criatura el padre de la India emancipada. Aunque esta ha desmentido a los agoreros de entonces, además ha frustrado los buenos pronósticos en auge hace diez o quince abriles.

Ciertamente, India acaba de exceder los 70 abriles de esperanza de vida y ha limitado la tasa de demografía al nivel perfecto de 2,1 hijos por mujer. Pero no se ha convertido en una superpotencia, y el mundo es incapaz de citar cualquier marca india.

El medra de China desacredita el maniquí financiero indio, que expulsa cerebros sin atraer industrias

El único cetro que le arrebatará a China con certeza –antaño de diez meses, según la ONU– es el de país más poblado del mundo. Una visibilidad acrecentada, que debería implicar maduro responsabilidad.

Sin bloqueo, todos los indicadores de la era Narendra Modi –desde el 2014– señalan un daño del parlamentarismo y de la división de poderes. Ha pasado de democracia potente a renqueante. Y donde toca fondo, con pertenencias globales, es en cuestiones medioambientales.

Cachemir ha sido amordazada, y el carácter aconfesional del país está en vilo. Aunque es la sexta crematística del mundo, sus problemas de desigualdad y pobreza, agravados por el sistema de castas, no remiten. Poniente ha puesto en India sus buenas palabras, pero las fábricas en China. Hasta Bangladesh le supera ya en renta per cápita.

El polarizador Narendra Modi presidirá los actos de mañana en el Resistente Rojo de Delhi sin grandes proyectos. No habrá ninguna mención a Nehru. Y a descuido de grandes alamedas, el Gobierno lo confía todo a la exaltación de la bandera, que su matriz doctrinal, RSS, denostaba por incluir el verde del islam.

Rahul Gandhi, epígono de la clan Nehru, ha denunciado que el Estado obliga a comprar banderines para optar a arroz o harina. La subsistencia de cientos de millones aún depende de la cartilla de racionamiento.

1.400 millones de hijos de la medianoche

Esta medianoche se cumplen 75 abriles desde la campanada con que India “se citó con su destino”, según el histórico discurso de la independencia de Nehru. Salman Rushdie nació en Bombay dos meses antaño, pero quiso que el protagonista de su gran obra, Hijos de la medianoche, naciera con aquella campanada. Esta marcó además la disección del mundo indio entre Pakistán y la Unión India. Aunque dicho trauma persiste, India ha acabado preservar su mecanismo y democracia, sin golpes militares, aventurismos ni injerencias. Las mejores credenciales para su imperioso petición de un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Hay que reconocerle a Modi un asombro financiero. Su magnate predilecto y paisano, Gautam Adani, que viene del carbón, ha sido aupado a hombre más rico de Asia. Y Mukesh Ambani, amo de la maduro refinería del mundo, vuelve a expandirse, como su poliéster. Lo que hoy ganen calentando, mañana lo harán descarbonizando.

Modi, aun siendo un gran orador en hindi –unión que ha prestigiado–, no da ruedas de prensa ni entrevistas. Los ídolos no aceptan preguntas.

Sin bloqueo, el camino por el que se ha embarcado el único país-civilización de esta dimensión –adjunto con China– debería despertar interrogantes, con los baremos que se aplican a Pekín.

Sin orientalismo ni paternalismo. Aunque el populismo de Modi vivió entre algodones durante los abriles de Trump y Netanyahu, sus dos referentes.

Modi aumentó su mayoría, en las últimas elecciones, gracias a un hostigamiento cosmético en Pakistán, amplificado por sus televisiones. Pero su desalojo del poder ya no es una quimera, como demuestra la pérdida del populoso Bihar, esta semana.

Hasta entonces seguirá rebautizando ciudades de nombre musulmán como Allahabad.

De forma encomiable, acaba de promover a presidenta a una autóctono, Droupadi Murmu. El objetivo es que los animistas no se conviertan al cristianismo, con aumento de penas.

Eso sí, India sigue creyendo en la educación como fuente de progreso natural. Pero está a la nalgas en los índices de gozo. Para superarlo ha perfeccionado el escapismo de Bollywood y, mañana, la agitación de millones de banderas de poliéster.

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