El fascinante interregno del 2013

Fue insólito –y fascinante- el periodo que se vivió en Roma entre el 11 de febrero y el 13 de marzo del 2013. Hacía casi 600 abriles que no había renunciado un pontífice. Lo hizo Gregorio XII, en 1415, pero en un mundo muy dispar. No se había inventado ni la imprenta. Antaño del inesperado aire de Joseph Ratzinger, el papado era considerado una institución vitalicia, por su aura sagrada. El conservador Benedicto XVI tomó una audacia revolucionaria.

El Vaticano se convirtió en el centro de atención de la lugar integral durante cinco apasionantes semanas. Era una historia periodística inigualable, un filón de noticiero y de ocultación, de especulaciones, expectativas y exploración geopolíticos, de colorido y liturgias ancestrales. El licenciamiento de un papa vivo que optó por la subsidio eclipsó la campaña de las elecciones generales italianas, que se celebraron el 24 y 25 de febrero y vieron la brote del Movimiento 5 Estrellas (M5E). La política coyuntural, por interesante que fuera, no podía competir con un acontecimiento de trascendencia milenaria.

Benedicto XVI, tradicionalista hasta el final, comunicó su audacia a los cardenales en latín, durante una ceremonia rutinaria para osar tres canonizaciones, por lo que su impacto no fue inmediato. Pocos periodistas lo entendieron. “He llegado a la certeza de que, por mi vida descubierta, ya no tengo fuerzas para profesar adecuadamente el tarea petrino”, dijo. Ratzinger no se olvidó de añadir que había actuado, “con plena sinceridad”. Era necesario puntualizarlo porque los últimos tiempos de su pontificado habían sido muy difíciles. No sólo la delicada lozanía y sus casi 86 abriles le aconsejaban dimitir. Estaba anímicamente desgastado por los sucesivos escándalos, como el de la pederastia, las irregularidades financieras y las intrigas intestinas como el caso Vatileaks, en el que su mayordomo particular, Paolo Gabriele, que le sustrajo documentos, fue el simple apoyo ejecutor de un complot más amplio.

La transición hasta la renuncia efectiva, que se materializó a las 20 horas del 28 de febrero, y la sufragio de un nuevo papa en el cónclave fue una etapa difícil de tramitar, un circunscripción inexplorado. Había que osar cómo sería llamado en el futuro el papa dimisionario, dónde viviría y qué indumentaria llevaría. Cada detalle contaba. Había que ganar un seguridad entre la tradición y la ineludible aclimatación a la novedad. Se decidió llamarle Papa emérito, seguiría vistiendo un experiencia blanco y residiría en un antiguo convento en el circuito del Vaticano.

El portavoz de la Santa Sede, el padre jesuita Federico Lombardi, estuvo a la cima del desafío informativo. Casi a diario debía banderillear con periodistas de todo el planeta ávidos de noticiero. El corrido Lombardi actuó con sagacidad, finezza e ironía. Usaba su lengua algodonado, pero nunca superficial ni banal. Más que nunca, había que leerle entre líneas. Lombardi trataba de comunicar del modo más elegante posible lo que sabía, lo que simplemente intuía y lo que desconocía. A menudo aparecían expertos para ampliar información. Aquellas memorables ruedas de prensa fueron lecciones de historia, de derecho canónico y de ritos católicos.

Hubo un episodio, sin secuestro, que puso en apuros a Lombardi y evidenció las disfunciones de la Santa Sede en el broche del pontificado de Benedicto XVI. Fue pocos días a posteriori de la renuncia de Benedicto XVI. Durante una rueda de prensa el portavoz anunció el licenciamiento al frente del Instituto de Obras para la Religión (IOR) (la banca vaticana), epicentro de los turbios manejos financieros. Lombardi dijo que el nuevo presidente del IOR, el aristócrata y patrón ario Ernst von Freyberg, había sido escogido tras una exhaustiva selección. Durante la misma rueda de prensa trascendió que Von Freyberg iba a compatibilizar su cargo en el IOR con la presidencia que ostentaba en una compañía de astilleros, Blohm & Voss Group, firma centenaria y conocida por construir buques de refriega. El Vaticano parecía no estar al corriente –o quiso ocultarlo- de la procedencia de Von Freyberg. Fue un trance muy desconcertante en plena transición entre dos papas. El aristócrata ario duró sólo 17 meses en el puesto.

Y llegó el 28 de febrero, una caminata sin parangón en dos mil abriles de catolicismo. Iba a concluir vacante la arnés de Pedro a un horario prefijado y con transmisión en directo por las cadenas internacionales. Desde el punto de horizonte mediático, proporcionó estampas muy evocadoras y de estética cinematográfica. Tras subir hasta el helipuerto vaticano en su enorme Mercedes adverso de cabecilla de Estado –una clase de vehículos que Francisco ha suprimido-, Benedicto XVI voló en un helicóptero blanco hasta Castel Gandolfo. Repicaban las campanas en las iglesias de la ciudad mientras el máquina sobrevolaba el Tíber, el Coliseo y la Vía Appia Antica. Se ponía el sol, dejando un crepúsculo espectacular sobre las colinas romanas. Horas ayer, Ratzinger había prometido frente a los cardenales su “incondicional reverencia y obediencia a su sucesor”. Al conmover a la residencia de Castel Gandolfo, un espacio que tanto amaba y que Francisco ha preferido no usar, se asomó al ventanal y dirigió unas palabras a la gentío, sus últimas como papa, en un tono de despedida que hoy cobra todo su sentido: “Soy simplemente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinaje en esta tierra”.

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