Así puso serenidad George Kennan en las relaciones con Rusia

Iósif Stalin hizo saltar las alarmas en Estados Unidos con un discurso en el Teatro Bolshói en febrero de 1946. Ya no estaba dispuesto a interpretar, ni en divulgado ni en privado, el papel del socio de Oeste. Una vez aplastados los nazis, Estados Unidos y su influencia se habían convertido en un problema para los intereses soviéticos en Europa. Había que dominar con prontitud a los nuevos estados satélites, un proceso que no culminaría hasta 1949.

Por otra parte, dijo Stalin, el comunismo era incompatible con el capitalismo, y este, en su obsesiva lucha por los bienes naturales y los mercados, era incompatible con una paz duradera. Por eso, profetizó guerras catastróficas y crisis y responsabilizó a los países capitalistas de la Segunda Conflicto Mundial.

El presidente criollo, Harry Truman, pudo notar entonces un tiritona recorriéndole la espalda. Moscú se había retirado con sospechosa calma del ideal de Irán y había rechazado los acuerdos de Bretton Woods, que eran la edificio institucional que Washington quería para el mundo. Por si esto fuera poco, los periódicos revelaron indicios en Canadá del espionaje nuclear soviético y Stalin permitió, el mismo día del discurso del Bolshói, que el diario Pravda publicase unas declaraciones suyas donde afirmaba que su país contaría muy pronto con armas atómicas.

¿Qué significaba todo esto? ¿Era una amenaza disimulada en el interior de una profecía marxista? ¿Se estaba preparando la superpotencia para una nueva confrontación en la que Washington debía pegar primero ahora que todavía era el más válido de los contendientes?

Retrato de Stalin de 1937 que fue usado en la propaganda estatal.

Retrato de Stalin de 1937 que fue usado en la propaganda estatal.

Dominio divulgado

¿Qué era lo quería Stalin a cambio de la paz? ¿Había que preguntárselo o hasta eso era una muestra de afición, cobardía y apaciguamiento en presencia de un líder voraz que veía Europa como su patio trasero? ¿Cometerían los americanos el error que ya había cometido Neville Chamberlain cuando creyó que se podía negociar y convivir con Hitler?

George Kennan, un funcionario de la embajada chaqueta en Moscú, ofreció una respuesta templada que moldeó la reacción de Truman al envite de Stalin y sirvió para que los ánimos de Washington pasasen de la angustia y la aprieto de realizar aquí y ahora… a la preocupación severa y la logística de espléndido plazo. Debían prepararse para una larga partida de ajedrez con un rival formidable.

La renombrado respuesta de Kennan tenía dos partes de contenido muy parecido, pero con públicos e interpretaciones curiosamente distintas. La primera fue confidencial y la dirigió a sus jefes del Área de Estado en lo que hoy se conoce como el telegrama más espléndido de la historia de la diplomacia chaqueta.

Aquel telegrama, enviado pocas semanas posteriormente del discurso de Stalin, fue el que condicionó la doctrina Truman en un momento de agonizante desorientación y catapultó a su autor como uno de los principales estrategas de la política foráneo de su país durante los abriles siguientes.

George Kennan (segundo por la derecha) en una reunión con el presidente Harry Truman (izqda.) en 1947.

George Kennan (segundo por la derecha) en una reunión con el presidente Harry Truman (izqda.) en 1947.

Bettmann / Getty Images

Según el telegrama de Kennan, el discurso de Stalin no era tan inquietante ni tan chocante como algunos querían creer. Para asomar, no debería haberles sorprendido escuchar que el comunismo y el capitalismo eran sistemas incompatibles ni siquiera que los soviéticos utilizasen cualquier ideología apto para expresar su inseguridad, paranoia y miedo al mundo foráneo. El marxismo solo venía a razonar, ordenar y presentar de forma aseada aquella pulsión de pánico que hasta los zares habían compartido.

Por otra parte, advertía Kennan, lo que estaba contemplando la humanidad era, esencialmente, el galopada de un nacionalismo viejísimo, suspicaz y siempre a la defensiva. Este nacionalismo centenario, reconocía el diplomático, era ahora más peligroso gracias al marxismo, porque venía envuelto en una promesa de paz y bienestar para el mundo que muchos recibirían con ansia en medio del penuria y la devastación de la posguerra.

Otro aspecto que destacaba Kennan era la afición de la Unión Soviética a pesar de las bravatas de Stalin. Había sufrido más de vigésimo millones bajas en la Segunda Conflicto Mundial, sin contar los tremendos daños económicos y de infraestructuras, y escasamente podía manejar un demarcación enorme. Frente a la pregunta de qué quieren los rusos, la respuesta del diplomático era que exprimir las oportunidades para extender su poder sin provocar otra gran confrontación armada. Los únicos límites que aceptarían en Moscú serían los que le impusieran otros estados poderosos con su resolución.

Por lo tanto, si Washington se mostraba convincente y apoyaba a sus aliados, sugería Kennan, no había por qué tener miedo ni al expansionismo soviético ni a la inminencia de una Tercera Conflicto Mundial. El colapso de aquel país tan enorme y tan mal tramitado se produciría antiguamente o posteriormente.

El presidente Harry S. Truman habla durante un discurso televisivo desde el Despacho Oval de la Casa Blanca

El presidente Harry S. Truman acento durante un discurso televisivo desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. 

Terceros

Por otra parte, si, como parecía, los soviéticos se creían de verdad que la supervivencia de su sistema político y financiero estaba garantizada por la historia y que el capitalismo se autodestruiría entre crisis, guerras y monopolios, ¿por qué iba a molestarse el Kremlin en difundir una revolución mundial para socavar a sus rivales? Buscaría, como siempre, sus propios intereses y dejaría que sus enemigos se estampasen, rompiéndose contra el suelo, como fruta madura.

El segundo toque de Kennan

Un año posteriormente, en 1947, George Kennan firmó anónimamente un tratado en la prestigiosa y minoritaria revista Foreign Affairs cuyos contenidos, como decíamos, se parecían mucho a los del telegrama. Sin bloqueo, el contexto no podía ser más diferente y, por eso, no se interpretó igual.

Para entonces, Kennan ya era el director de Planificación Política del Área de Estado y, por lo tanto, uno de los responsables de la logística internacional de Harry Truman. Al mismo tiempo, el semanario Newsweek, entonces conocido por sus credenciales anticomunistas, publicó, en un artículo destacado, el nombre de Kennan y trató su texto en Foreign Affairs como el argumentario que justificaba las decisiones que estaba tomando la Casa Blanca con los rusos. Newsweek tenía una tirada de medio millón de ejemplares e incrustó al diplomático y su tratado en el vórtice del debate franquista sobre la Conflicto Fría.

Kennan en 1947.

Kennan en 1947.

Dominio divulgado

El tratado recomendaba aceptar como un hecho necesario, al menos temporalmente, la existencia de la Unión Soviética y sus embestidas contra las instituciones occidentales. Y venía a proponer que no existía negociación en el mundo capaz de impedir que estas embestidas se produjeran o que los rusos las considerasen necesarias, porque se creían sus propias teorías de la conspiración, en las que Oeste llevaba siglos sin yacer pensando en ellos.

En segundo punto, seguía Kennan, había que objetar a cada intento ruso de expandir su poder con una fuerza capaz de contenerlo. Estaba formulando, hoy lo sabemos, la doctrina de la contención, que moldearía muchas de las decisiones estadounidenses en la Conflicto Fría. La contención, por cierto, tenía todavía una dimensión doméstica: los americanos, igual que los países europeos que recibieron las ayudas del plan Marshall, debían seguir preservando la vigor de sus instituciones democráticas y su paz social si no querían colapsar antiguamente que la URSS.

Kennan, que fue uno de los impulsores del plan Marshall, todavía era consciente de los peligros de contener sistemáticamente a los soviéticos. ¿Qué ocurriría si el conflicto con los soviéticos se militarizaba cada vez más y los “halcones” tomaban las riendas en Washington? ¿No existía entonces el aventura de que, como sucedió en cierto modo, interpretasen “el derecho a contener” casi como un cheque en blanco para perseguir por el mundo cualquier movimiento soviético que ellos considerasen un desafío basándose en teorías de la conspiración, aunque no supusiese ninguna amenaza para los intereses americanos?

¿Hasta qué punto no acabaría provocando la contención una reacción en Moscú y, posteriormente, un círculo vicioso en forma de carrera armamentística y nuevas confrontaciones y amenazas cruzadas cada vez más peligrosas entre las dos superpotencias?

Kennan (dcha.) en el Kremlin junto con N. M. Shvernik, presidente del Presidium de la URSS, en 1952.

Kennan (dcha.) en el Kremlin inmediato con N. M. Shvernik, presidente del Presidium de la URSS, en 1952.

Bettmann / Getty Images

El periodista y líder de opinión Walter Lippmann calificó la contención de “monstruosidad estratégica”, porque iba a exigir, según él, un despliegue marcial ficticio, que se produciría, encima, allí donde los soviéticos eligieran combatir, y no donde los intereses americanos se viesen comprometidos. Lippmann prefería dejar a Stalin, por ejemplo, el dominio de los países satélites y concentrar los bienes de Washington en ayudar a aliados naturales de Estados Unidos, como los países de Europa occidental.

Evidentemente, no había una opción ni sencilla ni definitiva para resolver con facilidad la competición estratégica que forzosamente tenía que surgir entre dos de las mayores potencias de la historia de la humanidad, que, como colofón, defendían ideologías incompatibles y visiones del mundo que suponían la maldad intrínseca de su rival y el mandato histórico de acelerar su derrumbamiento.

Pero, incluso en esas circunstancias, Kennan fue capaz de convencer a los líderes de su país de que era posible al menos oponerse al comunismo sin menester de provocar la Tercera Conflicto Mundial, de aceptar esa cruzada como una munición de tiempo que sin duda acabaría estallando ni de ver una amenaza existencial en cada comentario o movimiento expansionista del Kremlin.

En su éxito y en su fracaso, la moderación y el pragmatismo de este diplomático criollo decepcionó a los pacifistas y a los “halcones” que buscaban soluciones tajantes, urgentes y sencillas, incluida buena parte de la población chaqueta. Sin bloqueo, hoy lo sabemos, todavía ayudó a excluir el mundo. 

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