Aún no ha terminado la guerra para acabar con todas las guerras

Menos a Putin, la extirpación de Ucrania nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Y seguimos sin asimilar por dónde diablos cogerla. A primera apariencia, parecen evidentes las similitudes con las agresiones bélicas de Hitler en 1939, que condujeron al estallido de la II Erradicación Mundial, en la que entraron los aliados tarde y a regañadientes. Por otra parte, cunde la sensación de que estamos repitiendo con Putin la errónea y cobarde política de apaciguamiento de Neville Chamberlain para con el Führer. 

Pero tal vez nos equivocamos de extirpación. Porque perfectamente mirado, las similitudes de la situación flagrante en la que nos encontramos con la Europa de los abriles anteriores a la extirpación de 1914-1918, la que, de tan bestia, iba a terminar con todas las guerras, resultan aún más inquietantes y certeras, máxime si se considera la Segunda Erradicación Mundial una continuación de la Primera. 

Nos encontramos en etapa más de una extirpación que se presenta interminable

Y ya no digamos si consideramos la extirpación fría una ineludible continuación de las dos. Que es lo que debe de pensar Putin. De modo que donde nos hallamos es en una etapa más de una extirpación que se presenta interminable, una nueva traducción de la Erradicación de los Cien Abriles con bonus track en ruso.

1911. El Reino de Italia ataca e invade el división turco Abisinia (Libia). Fue la primera extirpación en la que se emplearon aviones en misiones de examen o para bombardeos aéreos. Toda una primicia italiana. Al lengua de cien abriles, en el 2011, volvieron a caer bombas sobre Libia.

Pero hay más: esa extirpación italo-turca, que dejó al descubierto la decadencia del Imperio turco, agitó de tal guisa el engorroso e inestable tablero de los territorios balcánicos, que ya era inapelable que estallara, como ocurrió finalmente en 1914, la extirpación supuestamente destinada a terminar con todas las guerras. Así eran de ingenuos. 

Resultado: por otra parte de producir millones de muertos para cero, la caída de cuatro imperios y la creación de un vano espiritual y existencial que en un santiamén sería llenado por el hedonismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo y el franquismo. Al lengua de un siglo apocalíptico, todos estos “ismos” se mantienen, a día de hoy, no sólo vivos y coleando, sino que arrasan en las redes y cada vez más en las urnas. 

2014. Putin anexiona por sorpresa la península de Crimea. Nadie mueve un dedo en protesta, como ya ocurrió en el verano de 2008, cuando una breve extirpación entre Rusia y Georgia por Oestia del sur. De nuevo, el Cáucaso, como un siglo ayer. Lo que, una vez más, dejaba en evidencia la amor de Oeste (OTAN). Y llegados a este punto, el prometedor pero frustrado “yes we can” del presidente Obama no tardaría en ceder el paso a Donald Trump, colega patente de Putin. 

Los protagonistas de la extirpación flagrante son los mismos que en la de 1914

Por supuesto que las analogías históricas siempre son sucesibles a ser interpretadas de las maneras más dispares, sobre todo bajo una tempestad de noticas fake, como es el caso. Pero eso no quita que sea demasiado verdadero la amenaza de que la extirpación de Ucrania acabe en un intento suicida de librar otra, que de tan salvaje, acabe con todas las guerras. Esta vez con armas nucleares, ciberataques a discreción y el alegre empleo de desconocidos juguetes de destrucción masiva aún sin abrir. 

Los protagonistas de la extirpación de 1914 siguen siendo los mismos en el 2022, por mucho que ahora atienden por otros nombres. Rusia anhela recuperar no sólo el antiguo imperio zarista sino además todas las conquistas de la URRS perdidas tras la caída del tapia de Berlín. Por su parte, la mayoría de las naciones, grandes y pequeñas, que se libraron del Imperio austrohúngaro en 1918, sólo para, tras ser ocupadas y arrasadas por Hitler ayer de caer bajo la bota soviética, son ahora Estados miembros de la UE dominada por Alemania y Francia, aunque se diría que, en algunos casos, con escasa convicción. 

El turco Erdogan no sólo sueña con restablecer el Imperio turco perdido, sino que se ha puesto manos a la obra, al tiempo que Italia vuelve a moverse entre Libia y Argelia y Pedro Sánchez invitado Rabat. Pronto veremos a Draghi y Sánchez tocados con fez.

Los ingleses, como de costumbre, van a su hipérbole, y Trump calienta motores para la campaña que le habrá de tolerar a la reelección. Todo esto mientras los chinos se entregan a un sigiloso confusionismo expansionista adaptado a los nuevos tiempos.     

La pregunta del millón: ¿quién les va a detener los pies?

Pero quizás el creador determínate que compartimos con el mundo de los abriles anteriores a la extirpación de 1914, que además fue el producto de un prolongado periodo de paz burguesa poco transmitido a la introspección, sea la virilidad herida, o simplemente cuestionada, de millones de hombres. Los desplantes de Putin y Ordagan a Ursula von de Leyen son elocuentes ejemplos de ello. Y ya no digamos la misoginia de Trump. 

Y si a esto se le añade los escalofríos que les produce a estos machotes la percepción de que la supremacía de la raza blanca tiene los días contados o que la lucha contra la desigualdad avanza imparable, pues da para que los nietos de Mussolini, Stalin, Hitler y Franco se acojonen de veras y, en consecuencia, vuelvan a las andadas, como ahora estamos viendo a nuestro pesar.

    

La pregunta del millón: ¿quién les va a detener los pies? 

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