Tic tac, tic tac, tic tac...

El 21 de abril del 2002 –el jueves pasado hizo vigésimo primaveras–, Francia se asomó al infructifero y sintió un desvanecimiento fenomenal. Ese día, el histórico dirigente del ultraderechista Frente Franquista (FN), Jean-Marie Le Pen, pasó a la segunda reverso en las elecciones presidenciales desbancando a todo un primer ministro, el socialista Lionel Jospin. No había pasado en absoluto. Nadie lo esperaba. Pero la reacción de los franceses fue fulminante: en la segunda reverso, su oponente, el conservador Jacques Chirac, fue electo presidente con el 82% de los votos y una décimo masiva e incontestable del 80%.

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Tanto monta, monta tanto: una pintada de protesta en contra de Le Pen y de Macron en Nantes 

THOMAS COEX / AFP

Dos décadas luego, todo es mucho más ambiguo. La extrema derecha ya no da miedo. Incluso hay alguna izquierda que tiene sueños inconfesables al respecto. Marine le Pen, hija del patriarca, al frente de un remozado Reagrupamiento Franquista (RN), ya pasó a la segunda reverso en el 2017 y lo volvió a hacer hace quince días sin que ello suscitara una gran emoción, tan por descontado se daba. La reacción que llevó a Chirac al Elíseo en el 2002 no se produjo con la misma fuerza en la alternativa del presidente Emmanuel Macron hace cinco primaveras (cuando se impuso a Le Pen por 66% a 34%). Y todo indica que hoy aquel empuje está desgastado. Si Macron es reelegido, será por un beneficio más inflexible. Si es que anhelo... Porque esta tarde, a partir de las 20h, Francia puede asomarse de nuevo al descolgadero. Pero esta vez sin red.

La incertidumbre de la primera reverso, el 10 de abril, confirmado el pase a la segunda ronda de Macron y Le Pen, y la matanza por poca diferencia del candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon (Mecanismo Popular), uno de los votantes de este final colgó en las redes un vídeo que en las siguientes horas iba a dar la reverso a toda Francia: cogió su plástico de votante y le prendió fuego. Era el director de cine Xavier Beauvois –premiado realizador de la película De dioses y hombres –, que daba a entender así su privación en la votación de hoy. “Hago como Poncio Pilatos, esto ya no me interesa”, confirmaría poco luego.

Candidato a primer ministro

Mélenchon dice que si anhelo las legislativas, quién haya en el Elíseo es "secundario"

Beauvois no está solo, ni mucho menos. El propio Mélenchon –quien dice aspirar a primer ministro con una trofeo en las legislativas de junio–, llamó en la misma incertidumbre electoral a no depositar ningún voto en cortesía de la ultraderecha. Pero siquiera pidió el voto para Macron. La privación era casi una invitación... que ha seguido alimentando al sostener que si su partido anhelo las elecciones legislativas y forma gobierno, quien haya en el Elíseo será “secundario”.

De hecho, en la consulta informal realizada entre los electores de la izquierda radical el pasado fin de semana –en la que participaron 215.000 personas– una gran mayoría se inclinó por el voto en blanco o la privación y sólo un tercio por sufragar a Macron como mal beocio. Un estudio demoscópico de Ipsos-Sopra Steria para France 24 TV sobre el posible trasvase de votos entre la primera y segunda reverso, apuntaba poco parecido, pero añadiendo que hasta un 30% de los votantes de Jean-Luc Mélenchon estarían tentados por sufragar a Marine Le Pen.

El papel de la privación

La ultraderecha confía en la desmovilización de la izquierda, “amamantada en el odio a Macron”

Louis Alliot, corregidor de Perpiñán y portavoz electoral de la líder del RN, lo expresó días detrás de forma límpida: “Hay que contar con la desmovilización del electorado de izquierda, que ha sido amamantado en el odio a Macron durante cinco primaveras”. Ningún presidente antiguamente en la V República, en meta, había concitado tanto enojo. Que unos cientos de estudiantes universitarios ocuparan la semana pasada la Sorbona –en un breve y penoso simulacro de la revuelta de Mayo del 68– al alarido de “¡Ni Macron ni Le Pen!” muestra el inteligencia de esta animadversión.

En los últimos primaveras ha arraigado un profundo malestar –que llega hasta el resentimiento– en una parte de Francia que se siente olvidada y maltratada. Se negociación de una fractura social, pero igualmente en gran medida territorial, como puso de manifiesto el violento movimiento de los chalecos amarillos . Hay zonas del país donde la desertificación industrial, el aumento del paro, el descenso del nivel de vida y la pérdida de servicios públicos ha provocado una cólera sorda (corregida y aumentada por las restricciones por la pandemia de covid) que los aires arrogantes y altivos de Macron no han hecho más que agravar. Y es esta Francia, la señal Francia del no –que según cálculos del politólogo Dominique Reynié reúne al 55% de los votantes–, la que puede traducir hoy su ira en un voto de protesta que desencadene un terremoto político. En Francia y en Europa entera.

This picture taken on April 17, 2022 in Paris shows torn campaign posters bearing French far-right party Rassemblement National's (RN) presidential candidate Marine Le Pen and a Union Populaire campaign poster. (Photo by JOEL SAGET / AFP)

Un cartel de Le Pen surge debajo de otro de Mélenchon

JOEL SAGET / AFP

Le Pen y Mélenchon no son lo mismo, en completo. Tienen diferencias abismales en asuntos como la inmigración, el islam o la seguridad. Pero guardan igualmente algunas similitudes llamativas. Su discurso euroescéptico y antiglobalización, por ejemplo. En esencia soberanista, entreambos ponen en cuestión la Unión Europea –que proponen arreglar y jibarizar– y abogan por una salida de Francia del mando integrado de la OTAN (Mélenchon va en esto más allá y defiende el dejación puro y simple a dispendioso plazo de la Alianza Atlántica). En esencia populista, entreambos plantean igualmente el herramienta del referéndum “de iniciativa ciudadana” como medio para que el pueblo decida directamente, eludiendo al poder legislador. Entreambos quieren, en fin, finalizar cada uno a su modo con el sistema político y el establishment actuales .

Los sondeos dan preferido a Macron frente a Le Pen. Pero las encuestas son un arsenal de doble filo: tanto pueden motivar como desmovilizar. Y no puede excluirse una sorpresa. El descontento, como se vio en el Brexit o el triunfo de Donald Trump en EE.UU., es una fuerza tan poderosa como impredecible. Mientras se decanta, el cronómetro avanza inexorablemente con destino a las 8 de la tarde. Tic tac, tic tac, tic tac...

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