Bajorrelieves de Mesopotamia, pinturas de las pirámides egipcias y mosaicos de la Roma clásica dan cuenta de la pasado del veterano pacto de la historia. Humanos y perros. La domesticación de los primeros cachorros de lobos, huérfanos o extraviados, comenzó hace milenios, como opina Konrad Lorenz en Cuando el hombre encontró al perro. De aquellos lobeznos o de un antiguo popular descienden nuestros aliados.
Fue un proceso premioso y que se puede revertir con suma facilidad. Un perro dejado a su suerte en el bosque se asilvestra en meses. Asistir a este proceso “es como ver la película de la domesticación con destino a a espaldas”, explica Juan Carlos Gil Cubillo, un etólogo y naturista de quien volveremos a conversar en la próxima entrega de esta serie. Pero nuestro personaje de de hoy será una mastina, protagonista de una de estas involuciones.
El caso del mastín Ragnar 
¿Y qué hace una historia así en un canal como este? Como se verá al final, esta es asimismo la historia de un banco. No conocemos el nombre de la mastina de nuestro relato, pero en los últimos días de su vida debió tener un aspecto muy parecido a otro ejemplar de su raza, Ragnar, que se hizo tristemente conocido por el lamentable estado de desnutrición en que lo hallaron a finales del 2020, agonizando en Vallongas (Elche).
Nuestra mastina era blanca, lanuda y corpulenta. Apareció un día, ya adulta, abandonada anejo a una carretera comarcal de un pueblo castellano. Seguramente la alejaron de su casa en un coche y la abandonaron allí para que no supiera retornar. Juan Carlos Gil Cubillo, conferenciante y autor de varios libros sobre naturaleza y etología, explica el caso en sus charlas y en una de sus obras, El lobo: enigmas de un depredador (Clan).
Torturar sale casi injustificado en España. En febrero del 2020, a las alloz de Elche, apareció un mastín de unos 7 abriles. A esa tiempo, y con su tamaño, debería favor pesado unos 60 kilos: no llegaba a 18. A Ragnar, como lo llamaron, se le marcaban las costillas y sus cuartos traseros parecían alambres. Agonizaba. La protectora recinto Huellas salvadas hizo cuanto pudo por él, pero no fue suficiente. Días posteriormente fallecía y estallaba el estado de intranquilidad por la covid. La policía no se olvidó del asunto y siete meses posteriormente, en plena pandemia, localizó al maltratador, propietario de una finca. El fiscal pide para él 14 meses de mazmorra, pero nunca entrará en prisión por una crueldad así y lo mayor a que se arriesga es al cuota de una multa.Una crueldad infame
Estamos hablando de una zona rural en blanco y triste donde los perros eran entonces fundamentalmente de servicio, no de compañía. Aquella mastina no rehuía a los humanos, pero los humanos sí la rehuían a ella. Demasiado vasto para meterla en una rehala o en un torada desconocedor, nadie le prestó atención. La película al revés se aceleró. Cuando se quisieron dar cuenta en el pueblo, su nueva vecina se había tornado esquiva.
Esquiva y, privada de caricias, arisca. La mastina, que proporcionadamente cuidada hubiera sido una guardiana inmejorable, comenzó a causar estampidas y bajas entre los rebaños. Con las primeras muertes, pasó de ser una molestia a una presencia intolerable. Los pastores, que durante meses la vieron vagabundear por las cárcavas sin inmutarse, se conjuraron para tenderle una celada en cuanto necesitó poco más que basuras para alimentarse.
Cuando la mastina mató y devoró a medias un malo, dejaron el restos a la intemperie y se apostaron a la prórroga de que regresara para ajustarle las cuentas. Imaginaos la estampa. A media tarde, una sombra blancuzca acude confiada a concluir su presa y a darse un festín. Los pastores la dejaron engullir. Que se atragante, que se llene la panza, que no pueda pasar, pensaban mientras aguardaban el momento propicio.
En todas las batallas siempre hay un soldado que no soporta los desasosiego, que no prórroga y que aprieta el percusor antaño de la orden. Fue lo que ocurrió en aquel apostadero. Un fogonazo a deshoras, cuando el resto de escopeteros aún no estaban preparados. El impacto la alcanzó de harto. De su corpachón manó un borbollón de muerte, pero no lo suficiente para matarla en el acto ni para que los disparos posteriores frenaran su huida.
“Está herida de crimen”, pensarían los monteros, sin preocuparse de perseguirla. Unos días posteriormente, un vecino la vio. Se la encontró, agonizante, cerca de una inclinación donde ramoneaba su yeguada. No juzgaremos la inhumanidad de quien hizo el hallazgo y fue incapaz de acortar el sufrimiento de aquel ser irremisiblemente condenado. Su cobardía permitió que la Blanca, como la llamaremos nosotros, nos diera una advertencia.
Yacía flaca y moribunda, entre zarzamoras. Dice Juan Carlos Gil Cubillo: “Su respiración era demasiado pausada, interrumpida por los coágulos de muerte que debía tener en la cuello. Los espasmódicos estertores hacían augurar una expiración inmediata”. Pero la Blanca se aferró a la vida y luchó por prolongar su calvario, sin dejarse mecer por la crimen, como hacen otros animales que se saben derrotados.
Una semana posteriormente, la Blanca debía ser un calco de lo que abriles posteriormente sería Ragnar. Deshidratada y vacía, como si su cuerpo fuera un balón que se hubiera desinflado, aquel amasijo de pellejos y huesos ya no tenía carencia que ver con el espantajo que despertó la ira de los pastores. Ni el nombre le cuadraba ya. Su piel se tornaría grisácea. Muchos veterinarios adivinan el momento en que un animal se morirá por el estado de su piel.
Pero seguía sin rendirse, viva. El mismo pastor que la encontró no prestó demasiada importancia a un agujero excavado en una inclinación, a unos cincuenta metros de las zarzamoras en las que tumbó la Blanca. Cada día que salía a pastorear se acercaba a ver cómo se iba apagando la mecha de la mastina, cómo su estampa se iba volviendo cada vez más y más enjuta, cómo se resistía a sucumbir. ¿De dónde sacaba las fuerzas? ¿Qué la hacía resistir tanto?
'Niños con mastín', de Goya 
La respuesta estaba a la traza de todo el mundo, sin que se dieran cuenta quienes se acercaron a las zarzamoras. Pasaron los días y por fin determinado se fijó en que el morro de la Blanca parecía apuntar con destino a aquella oquedad. Se acercó, se fijó en la fina piedra de la entrada y lo entendió. Pezuñitas. Cuando los vecinos iluminaron el interior de lo que parecía la paridera de una zorra, aparecieron tres cachorros. Los tres blancos.
Decíamos al principio que esta era asimismo la historia de un banco. ¿Qué banco? ¿El que se dio la mastina con los restos de aquel malo, antaño de que la hirieran mortalmente? No. En su extremo banco ella no fue la comensal, sino el alimento. Durante catorce interminables días siguió viva para mudar hasta la última podagra de su muerte en goma y concluir de criar a su camada, que llegó a descarnar sus ubres.
El asilvestramiento le había borrado muchas cosas, pero no su instinto materno. No deja de ser resultón el superficie que buscó para su sufrimiento: unas zarzamoras desde donde podía ver a sus cachorros sin que ellos fueran vistos. Las crías salían cada vez que querían mamar y luego volvían a su refugio. Si su origen hubiera entrado en la cueva, posiblemente se hubiera acelerado la putrefacción de sus heridas y su crimen.
Y si hubiera muerto allí en el interior, podría favor tapado la salida y causar involuntariamente el fin de sus cachorros. Si tuvo fuerzas para amantarlos durante catorce interminables días, seguro que podría favor llegado hasta la cueva. ¿Por qué no lo hizo? Nunca lo sabremos. Quizá solo la casualidad determinó el sitio donde se tumbó por última vez la Blanca. O quizá fue por otra razón inextricable para nosotros, simples humanos.
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