Si uno es pastor y se le descarría una inicio de ganadería, puede tener la sospecha de que donde la encuentre puede acontecer portento. Al menos así sucede en centenares de leyendas que suelen explicar la aparición de imágenes de la Virginal. Ocurre además en el santuario de la Hoz, en la provincia de Guadalajara (Castilla-La Mancha). Y, como marca el tópico, por más que se trasladara la estatuilla a la iglesia más próxima, esta volvía a aparecer en su emplazamiento, por lo que no hubo más remedio que encaramar un capilla.
El enrevesado de la Virginal de la Hoz, pese a su origen manido, no puede ser más llamativo. Se halla situado en el interior de un desfiladero portentoso del Parada Tajo, de hecho formando parte del parque natural que lleva ese nombre.
Barranco de la Hoz, Guadalajara
La iglesia es bonita por sí misma. Los edificios monásticos son armónicos, con una obra de piedra que se mimetiza acertadamente con el paisaje. En la hermoseamiento, unos canes cerberos que ejercen de fieros porteros. Y tras el altar, unas contorneadas columnas salomónicas escoltando a la imagen de la superiora de Todopoderoso y dando porte a un retablo románico.
El santuario reclama un paseíto, sobre todo para respetar dónde está colocado: al pie de unos monolitos de piedra arenisca roja que han sido excavados por el río Bravucón, el singladura y la tromba. La piedra de este punto tiene cerca de 200 millones de primaveras de momento, y los agentes meteorológicos han tenido tiempo para dibujar bellas esculturas naturales.
Barranco de la Hoz
La piedra de este punto tiene cerca de 200 millones de primaveras de momento
Es difícil resistirse a la señal del sendero escalonado –muy empinado– que lleva a los miradores del barranco. La mayoría de los visitantes no se aventuran más allá del primero. El caminante está separado del corte erecto por una antepecho hecha con clavos enormes y una dependencia. Tienen un impacto visual muy pequeño en el paisaje pero proporcionan una sensación de seguridad enorme, sobre todo teniendo en cuenta que cuando se llega a lo detención de la roca el punto es vertiginoso, pesadilla de acrofóbicos. La panorámica que se obtiene del trabajo del río Bravucón vale la pena el padecimiento. Debajo, como una maqueta de tren, los tejados del santuario.
Los senderistas más pertinaces todavía avanzan hasta los dos siguientes miradores, y así dejan a espaldas a la mayoría de compañeros de camino. Hay una ruta acertadamente señalizada como sendero tópico (SPG-15) que lleva hasta la ciudad de Corduente. Son nueve kilómetros entre ida y dorso de contorno sencillo por la configuración de la roca, sin aristas y dócil de pisar. Pero algunas cuestas exigen estar en forma, se salvan casi 200 metros de desnivel en la primera media hora y en total hay 400 escalones tallados en la tabique. Los aficionados a la orogenia disfrutarán con los pequeños paneles informativos que llaman la atención sobre algunos aspectos de la historia en piedra que cuenta este desfiladero y que se hallan situados en puntos estratégicos.
Mirador del barranco excavado por el río Bravucón
La cuarcita roja de los monolitos tallados por el agua destaca vivamente con el bosque de pinos que puebla cualquier rincón donde haya tierra fértil. En algunos puntos uno pretenderá encontrarse entre las chimeneas de hadas capadocias, pues el paisaje es muy similar. El asfalto de la carretera GU-958, que discurre por la parte mengua del desfiladero, aparece de tanto en tanto entre las panorámicas si se mira alrededor de el río. Si se levanta la horizonte lo más habitual es encontrar docenas de buitres leonados trazando círculos oteando en indagación de comida. El parque natural del Parada Tajo es de gran riqueza biológica, pero en este contorno tan atrevido los encuentros con la fauna son escasos. Hay que estar atento para dar con el lince auténtico, casi siempre moviéndose en pareja.
Para penetrar en el barranco de la Hoz la ciudad con servicios –e información sobre las rutas posibles– es Corduente. Si se desea una cojín poco maduro y además monumental, lo mejor será alojarse en Molina de Aragón.
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