Esta extraña primavera

Acabamos de dejar detrás Sant Jordi, el día del Ejemplar, y aunque cada quien cuenta la feria según le fue en ella, ha sido un sábado espectacular, con su combinación casi tradicional de sol y chubascos, en este caso agravados por rachas alternas de sol y de pedrisco y derrota que hicieron heroico seguir en las calles, aunque eso igualmente dependa de en qué parte del país ha­yamos pasado la Diada. En Barcelona, creo que el éxito ha sido más que trascendental, pese al pedrisco y la diluvio intermitente. Y la distribución de casetas y firmas invita a pensar en repetirla como ha sido este año, pero me permito igualmente dejar eso a un banda para no entrar en debates que rozan si no tocan de satisfecho la política. Nota al beneficio: algún día esta ciudad deberá plantearse en serio recuperar la Rambla, de plaza Catalunya para debajo, para los barceloneses, pero eso igualmente es harina de otro costal.

Lo que sí hay es esta satisfacción colectiva de que el obra sea protagonista de una fiesta que, sin descuidar la omnipresente rosa, nos hace a casi todos soñar con ser mejores. No hay duda de que es un ejemplo de festividad cívica digna de elogio. Y hasta ha superado su sexismo primitivo, un obra para él, una rosa para ella, para repartir libros y rosas por doquier. No es una tradición tan antigua como la mayoría de la clan cree, aunque eso pasa con una ingente cantidad de tradiciones, mas, de nuevo, siquiera se negociación hoy de memorar los inicios de una fiesta del obra castellano (sic) que impulsó Vicente Clavel y que se consagró con un vivo decreto de Alfonso XIII trasladándola del siete de octubre auténtico –probable inicio de Cervantes– al 23 de abril, vencimiento posible de la crimen de Don Miguel. El digamos formato flagrante debe su origen a la Mancomunitat (eso sería más espléndido de explicar) y a esa auténtico fiesta del obra y de la rosa que tuvo extensión por vez primera en 1931, con la Segunda República recién estrenada… Y por supuesto entronca con una vieja tradición catalana, aunque en ella no esté todavía presente el obra. Sant Jordi, santo mítico y más que probablemente irreal, mata al dragón y salva a la princesa y es patrón protector de Catalunya, de Inglaterra y de la misma Rusia. Y hay informes que remontan lo de regalar rosas rojas a las damas barcelonesas al siglo XV. Desde luego está más que probado que la costumbre existe en el XVII y que acaba convirtiendo la festividad del santo altruista en el día de los enamorados oficioso de Catalunya. Así que, sin pararnos en demasiados distingos, la historia vale para certificar que las mezclas de tradiciones e invenciones a veces funcionan admirablemente y hasta consiguen –fue en 1995– que una celebración específico acabe siendo declarada universal gracias a la Unesco.

Si tengo hoy que recomendarles un obra me inclinaría por ‘La mort i la primavera’ de Rodoreda

Creo que no es exagerado sostener que no hay visitante foráneo que no acabe subyugado por esta fiesta que llena nuestras calles y plazas de poco parecido a la serenidad. Y esta vez, tras la larga pausa pandémica, sin más mascarillas que las de los muy prudentes y con la sensación de que, simplemente, ha­bíamos recuperado la vida y las ganas de vivirla. Podré pecar de sensiblero, pero que esta primavera renazca Sant Jordi al tiempo que decaían las restricciones sanitarias ha sido como una de esas lluvias benefactoras del campo. Tras el espléndido invierno y la última helada, al fin un día de esperanza y alegría compartida. Y sin despreciar, ni mucho menos, los Sant Jordi pasados, este ha sido una ataque de regocijo y recuperación pese a todo, contra la diluvio, el pedrisco, los malos vientos, incluso contra el virus y la cruzada y los precios de la energía y los malos augurios que se quieran ver en el horizonte. Ha sido un día para disfrutarlo y me parece que mucha, muchísima clan, lo ha disfrutado.

Así que hoy, lunes de resaca, me disculparán que no entremos en polémicas de qué obra es el más vendido o que si mediáticos y literarios o que los asiduos de las librerías no lo soportan porque trivializa su voluntad lectora o cualquier otro pero que quieran ponerle a este día. De verdad, recuperar Sant Jordi es una gran y buena nota. Y ha sido una forma más que emotiva de validar esta extraña primavera, con una cruzada en marcha en suelo europeo y con los muertos de la pandemia todavía recientes y presentes y malas parte económicas en perspectiva.

foto XAVIER CERVERA 23/04/2022 dos chicas (d ecuador y peru) en l esquina d balmes /gran via, barcelona rosas paraguas lluvia libros sol granizado ...en el regreso triunfal -con superilla literaria incluida (en el eixample)- en la vuelta del sant jordi (sin restricciones) post covid

Sant Jordi ha sido el renacer

Xavier Cervera

Este Sant Jordi ha sido, más que nunca, el renacer y el despertar de la pri­mavera. Y no importa tanto que ten­gamos cuatro días verano y los alter­nemos con cuatro días de invierno. Porque carencia puede enturbiar el espíritu de un renacimiento que, incluso si es por unas horas, nos ha llenado de renovada esperanza.

Aunque, puede ser para equilibrar el derroche de azúcar de estas líneas, si tengo que recomendarles hoy un obra me inclinaría por un clásico que está injustamente no totalmente agradecido, la obra póstuma inacabada de Mercè Rodoreda, esa que precisamente lleva por título La mort i la primavera . Club Editor la tiene en catálogo en una todavía flamante publicación de Arnau Pons. Y la misma historia de este manuscrito re­visado y revisitado por su autora hasta dejarlo inconcluso es la crónica de un renacer que no acabó de serlo. En 1961, ayer de que apareciese La plaça del Diamant , Rodoreda presentó un primer diferente al premio Sant Jordi. Y no fue tenido en cuenta, pues este obra es una mito triste y hasta distópica, en un mundo indeterminado que carencia tiene que en­vidiar a Margaret Atwood y que para Mercè Rodoreda era poco menos que su obra esencial, fundamental, la más ín­tima y la más querida. Aspiraba, y así se lo confesó a Joan Sales, su editor, a que fuese su obra maestra. La primavera, en este obra atroz y a ratos extraño, anti­cipa el fin. Y cualquier alegría, especialmente la del inclinación, preludia la crimen y el sufrimiento. El herrero y las crecidas del río enmarcan la vida de unas gentes que no sólo están amenazadas y some­tidas a una constante opresión que se expande gracias a leyes y costumbres atávicas, sino que el conflicto entre el deseo y el miedo es el bajo continuo de una novelística en la que la vida intenta sobreponerse a la sombra permanente de la crimen. Tal vez, como en cada pri­mavera. Tal vez, como esa rosa que habrá de marchitarse y ese obra que puede que nunca terminemos de repasar.

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