Las angustias del París más burgués

Los vecinos de la avenida Kléber, en el elitista distrito 16 de París, no han olvidado las escenas de facción urbana de principios de diciembre del 2018. Los chalecos amarillos quemaron vehículos y equipaje urbano, destrozaron escaparates y pintaron las fachadas con consignas revolucionarias.

En el judería capitalista por excelencia de la hacienda francesa, los votantes se inclinaron ya muy mayoritariamente por Emmanuel Macron en la primera reverso, aunque el ultranacionalista Éric Zemmour y la conservadora Valérie Pécresse obtuvieron resultados muy dignos. A media mañana de ayer, un cavado informal realizado por este gaceta no dejaba dudas sobre el desenlace del segundo turno.

Leonie y sus padres, Makhlouf y Priscille, tras haber votado ayer a Emmanuel Macron

Leonie y sus padres, Makhlouf y Priscille, tras acontecer votado ayer a Emmanuel Macron

EUSEBIO VAL

“He votado a Macron por omisión, aunque el país no va muy admisiblemente y arrastra una enorme deuda que alguno tendrá que abonar”, comentó Frédérique, de 60 primaveras, informática en un bandada. En la primera reverso optó por Pécresse. Como otros vecinos entrevistados, Frédérique teme que los próximos primaveras sean turbulentos. Ve difícil que Macron cuente con mayoría parlamentaria. Y el espíritu de una nueva revuelta está muy presente: “Desde la Revolución Francesa, hay odio al que triunfa. Hay una especie de envidia al vecino. Si triunfa, se piensa que habrá hecho poco poco honesto. Eso es muy francés. Fíjese que aquí quemaban sobre todo coches de ostentación. ¡Y somos el país que más redistribuye la riqueza!”.

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Macron, reelegido presidente de Francia

André y Sonia, entreambos experiodistas jubilados, de origen polaco, asimismo votaron a Macron sin entusiasmo. “El problema no es Le Pen o Macron –advirtió André–. El problema es el Estado. Francia prepara una revolución contra el Estado. Los chalecos amarillos fueron ya un señal del problema. Ahora será peor”.

“El país tiene una deuda enorme que alguno tendrá que abonar”, dice una votante poco entusiasta de Macron

–¿Pero quién va a hacer esa revolución?

–El pueblo.

–No todo el pueblo...

–Para hacer una revolución, monsieur , se necesita solo el 15%. El resto no cuenta para mínimo.

–¿Piensa que, aun ganando Macron, lo tendrá muy difícil?

–Sí, mucho. Será terrible. Muchos odian a Macron, pero no han tenido más remedio que mantenerlo en el poder. Pero en el interior de unos meses le pedirán cuentas.

La grupo compuesta por Makhlouf, Priscille y Leonie fue menos dramática al analizar la situación, si admisiblemente el padre, de origen argelino, admitió que a Macron “le será más duro hacer reformas porque en estos primaveras ha acumulado problemas”. Los tres votaron al presidente saliente, muy convencidos. La que más fue la hija, Leonie, estudiante, de 20 primaveras, con las ideas muy claras sobre por qué ido ido a detener a Le Pen. “Sabe som mos que tenía simpatías por Vladímir Putin –dijo Leonie–. No es presentable internacionalmente apoyar a familia que son puros dictadores”. “A pesar de que la hija cambió el nombre del partido, todo el mundo conoce los informes de la grupo Le Pen –añadió–. Yo estoy contra todo tipo de extremismos, sobre todo los de extrema derecha. Son ideologías que fomentan el odio”.

Priscille, agente inmobiliaria, entiende que haya familia que piense que Macron ha mentido y ha ayudado mucho a los ricos, “pero estoy segura de que Le Pen no lo hará mejor sino quizás peor”.

En la escuela claro Hamelin, sede del colegio electoral de la zona, muy cerca de la torre Eiffel, había a mediodía una larga nalgas de votantes. La prórroga era de unos cincuenta minutos. Abundaba la familia de una cierta perduración y vestida con elegancia. Muchos hombres llevaban chaqueta. Un señor formado, Yvan-Guillaume, con traje y un vistoso pañuelo anudado al cuello, pidió balbucir con el presidente de su mesa para que hiciera una excepción. Explicó que cogía un avión y tenía emergencia. Aunque no venía al caso, argumentó que había realizado muchas donaciones a la escuela. Su insistencia funcionó y pudo colarse.

A la salida, este votante apresurado confesó a La Vanguardia su frustración. “Ningún de los dos es mi candidato –susurró al periodista, cogiéndole del valedor–. Son entreambos muy malos, aunque ella es un poco mejor. Él es un gigoló. Uno se pregunta por cuál puerta entró para resistir hasta aquí. Ya le he dicho todo”.

Un coche le esperaba en la calle para ir al aeropuerto, pero aún aceptó una pregunta final.

–¿Qué pasará, pues, con la reelección de Macron?

–Vaciará la caja.

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