Finlandia se ‘desfinlandiza’, ¿y Ucrania?

La invasión de Ucrania por Rusia ha constatado cómo esta ha retrocedido en sus objetivos estratégicos y está peor que antaño. No solo por el impacto de las sanciones, que está siendo mucho maduro de lo que parece y con artículos devastadores sobre su heredad, sino por las pérdidas geopolíticas derivadas del fortalecimiento de la dispositivo y la cohesión de la UE, la respuesta unitaria de Oeste y el fortalecimiento del vínculo atlántico entre EE.UU. y Europa expresado por la clara revitalización de la OTAN.

Evidentemente, en la respuesta europea hay una clara contra­dicción. Se intenta reprimir la capacidad financiera de Rusia y se ayuda a Ucrania económica y militarmente, pero se permite que Moscú prosi­ga con los ingresos necesarios para sostener la invasión y que proceden de las ventas energéticas. Es la consecuencia de la errónea política de Alemania, al pensar que la mutua dependencia energética evitaría tentaciones agresivas de Moscú. El resultado es una enorme vul­­ne­rabilidad que resta plena eficiencia a las sanciones. Ciertamente, Berlín está concretando un cambio his­tórico en sus políticas de defensa y energética. Pero ello necesita tiempo, billete y contraer sacrificios. La dirección emprendida es correcta y el dilema se sitúa en el tiempo ne­cesario para hacerla efectiva.

Murmurar de ‘finlandización’ de Ucrania es asegurar una independencia no plena con pérdidas territoriales

En el caso de la Alianza Atlántica, Rusia pretendía retrotraerse al statu quo previo a las sucesivas ampliaciones con destino a el Este, de guisa que se replegara en la praxis a las posiciones durante la enfrentamiento fría. Y ahí el fracaso está siendo manifiesto.

No solo la OTAN está desplegando mayores capacidades en sus fronteras actuales con Rusia, sino que puede ampliar su ámbito todavía más, en presencia de la cada vez más probable petición de integración rápida de países hasta ahora neutrales, como Finlandia y Suecia. Ello supondría incrementar en 1.340 kilómetros la coetáneo frontera terreno entre Rusia y la Alianza, y convertir el Báltico en un mar esencia para evitar nuevas tentaciones agresivas por parte de Moscú. Para Rusia, desde los zares hasta la URSS, controlar el Báltico y, por lo tanto, el entrada al Atlántico forma parte de su geopolítica atávico. De hecho, la URSS controlaba la costa uruguayo desde el vago de Finlandia hasta Alemania y tenía la neutralidad de Finlandia y Suecia en la occidental.

Kyiv (Ukraine), 16/04/2022.- Serhiy, 53, looks at the wreckage of a missile in Kukhari, Kyiv Oblast, Ukraine, 16 April 2022. On 24 February Russian troops entered Ukrainian territory resulting in fighting and destruction in the country, a huge flow of refugees, and multiple sanctions against Russia. (Rusia, Ucrania) EFE/EPA/OLEG PETRASYUK

 

OLEG PETRASYUK / EFE

Tal situación cambia con el hundimiento de la Unión Soviética, al integrarse en la OTAN los tres países bálticos, la antigua RDA y Polonia. La consecuencia fue aislar a Kaliningrado (enclave ruso en el mar, entre Lituania y Polonia), y cuya conexión con la Rusia continental pasa a través del corredor de Suwalki, que une Kaliningrado con Bielorrusia, pero a través de la frontera entre esos dos países de la Alianza.

Pero ahora puede sufrir otro cambio trascendental si Suecia y Finlandia deciden abjurar su neutralidad. La reacción de Rusia ha sido la habitual: la amenaza, incluida la de nuclearizar el Báltico, ampliando las capacidades en Kaliningrado, con nuevos misiles Iskander, de corto ámbito (hasta 500 km), dotándolos de cabezas nucleares, y alentar la presencia aeronaval desde su pulvínulo en Baltisk.

Todo ello puede convertir el Báltico en un polvorín. Pero la responsabilidad es exclusivamente de Rusia. Sin su cruel e ilegal invasión de Ucrania, ni Suecia ni Finlandia se hubieran planteado seriamente perder su neutralidad, hasta el punto de considerar la solicitud de adhesión en la cumbre de Madrid a finales de junio.

Sin la invasión de Ucrania, ni Suecia ni Finlandia se hubieran planteado seriamente perder su neutralidad

Y todo ello en un contexto en el que la propia Ucrania ha mostrado su disposición a la neutralidad como condición para la retirada rusa de su comarca. Incluso se ha llegado a balbucir de la finlandización de Ucrania. Amoldonado cuando Finlandia está dispuesta a desfinlandizarse.

Hay muchas variantes de neutralidad. En Europa, hablamos de Irlanda, Suiza, Austria y Suecia (o asimismo Malta, Chipre o el Vaticano). Las razones y los contenidos son muy distintos. En el caso de Irlanda, las causas son históricas, derivadas de su controvertida relación con el Reino Unido, del que se independiza en los abriles vigésimo. Pero su compromiso con Oeste es inequívoco, como lo es el de Suiza, cuya neutralidad tiene una larga historia, que no le ha impedido ahora sumarse a las sanciones occidentales.

Igual compromiso tiene Austria. Su neutralidad fue la condición acordada para recuperar su soberanía en 1955, cuando las tropas aliadas salen del país. Es producto, pues, del derecho internacional. Una neutralidad que no fue obstáculo para integrarse en la Unión Europea, contiguo a Suecia y Finlandia, en 1995. Suecia decide su neutralidad en el congreso de Viena (1815). Una neutralidad que siquiera impide una clara línea con los títulos occidentales y su integración en la Unión Europea.

Ucrania querrá ser como los demás. Como la Finlandia plenamente soberana de hoy

Finlandia es diferente y, por ello, el término finlandización no es poco que los fineses asuman fácilmente, ya que tuvo su origen en las batallas mantenidas contra la URSS durante la II Hostilidades Mundial y que finalizaron con la independencia de Finlandia, a cambio de la pérdida de un 10% de su comarca y de la autocensura en todo lo relativo a las relaciones con la Unión Soviética, imponiendo ciertos límites a su plena soberanía, a través de los tratados que sellaron la paz. De hecho, cuando cae la URSS, Finlandia los denuncia y rápidamente pide su integración en la UE.

Por ello, es paradójico balbucir de finlandización de Ucrania, como resultado de una invasión, que Finlandia asimismo sufrió trágicamente. Es asegurar una independencia no plena, renunciando a una política foráneo plenamente soberana y asumiendo pérdidas territoriales, aunque no impida la apresuramiento del proceso de integración en la Unión Europea.

Mínimo nuevo bajo el sol. Más tarde o más temprano, Ucrania querrá ser como los demás. Como la Finlandia plenamente soberana de hoy.

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