Francia dividida

Mañana, Francia celebrará la segunda envés de las elecciones a la presidencia de la República. El duelo final enfrenta al contemporáneo inquilino del Elíseo, Emmanuel Macron, con la candidata de  Reagrupamiento Franquista, Marine Le Pen. Si proporcionadamente las encuestas dan la conquista al líder de La República en Marcha, su superioridad sobre la dirigente nacionalista se reducirá de modo significativa con relación a la lograda en el 2017, que fue de treinta y tres puntos. Por añadidura, los partidos políticos que dominaron la V República, gaullistas-giscardianos y socialistas, han cuasi desaparecido mientras el voto radical asociado a las formaciones representativas del populismo de izquierdas y de derechas ha obtenido en la primera ronda de las presidenciales un apoyo electoral del 52,3% frente al 40,8% en el 2017.

Esa situación no constituye una novedad, sino que refleja la creciente radicalización-polarización de la sociedad francesa a lo abundante de los últimos tres decenios. Durante ese periodo se ha asistido a un progresivo mengua de Francia en el contorno financiero, en el social, en el político y en el diplomático. El Hexágono no ha sido capaz de poner en marcha las reformas imprescindibles para corregir sus problemas estructurales y todos los intentos de avanzar en esa dirección han desencadenado movilizaciones que las han matado antaño de salir. Los claros y mayoritarios mandatos de cambio recibidos por Chirac en el 2002 y por Sarkozy en el 2007 no se llevaron a la actos y el espesor de las muy moderadas iniciativas reformistas planteadas por Macron en el 2017 duermen el sueño de los justos.

opi-4 del 23 abril

 

Perico Pastor

Si en esas ocasiones los franceses apostaron o parecieron sospechar por la condición de reorganizar el statu quo dominante, la frustración de esa expectativa se ha conveniente proporcionadamente a la equivocación de coraje-convicción de sus políticos para resistir a extremidad esa tarea, proporcionadamente a su claudicación delante la presión de los influyentes grupos de interés, numerosos en un Estado tan tentacular y omnipresente como el galo, para quienes las reformas supondrían el final de sus privilegios y de su poder. Por eso, ningún partido ni ningún gobierno ha acometido un tesina de modernización para adaptar el país al nuevo entorno internacional de la posguerra fría, de la globalización, de la revolución tecnológica. En el mejor de los casos han introducido retoques en el paralizado maniquí estatista para asegurar su supervivencia.

De Gaulle afirmaba que “los franceses no saben hacer reformas exceptuado cuando hacen revoluciones”. Muchos, bastantes o algunos analistas han atribuido y siguen atribuyendo ese deseo reformador a Macron, pero esa presunción no se ha materializado en falta relevante, exceptuado en un hábil manejo de los oropeles presidenciales para representar un papel o, mejor, dar la sensación de que se representa un papel relevante en la secuencia europea y integral. Los presidentes franceses siempre buscan en el extranjero los triunfos que no han conseguido en casa. La estética de la grandeur tiene todavía un buen diseño, pero cada vez puede ocultar menos la desnudez del rey. Sin poder financiero y marcial, es muy difícil competir a ser una gran potencia.

La agonía de los dos grandes partidos clásicos es la punta del iceberg de la crisis vivida por Francia

En este contexto es muy interesante analizar quién ha votado qué en la primera envés de las presidenciales porque permite extraer una imagen muy clara de la sinceridad del Hexágono. En el 2017, La República en Marcha recibió un apoyo intergeneracional tanto en los comicios presidenciales como en los legislativos. Cinco primaveras luego esa transversalidad ha desaparecido. El pasado 10 de abril, su principal fuente de votos fue la procedente de ciudadanos de 60 primaveras en delante. Si solo se hubiesen contado los sufragios de las personas con una etapa inferior a los 60, Macron no hubiese pasado el corte y la selección se la disputarían Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. En otras palabras, los jóvenes se han desplazado con destino a los extremos.

La agonía de los dos grandes partidos clásicos, el Partido Socialista y Los Republicanos, es la punta del iceberg de la crisis vivida por Francia. Los dos representan un maniquí que ya no ofrece a las nuevas generaciones la posibilidad de tener un futuro similar al disfrutado por sus ancestros. Quienes votaron por vez primera hace doce primaveras han soportado dos crisis económicas consecutivas, la Gran Recesión del 2008, la Gran Fruncimiento del 2020 y ahora van a sufrir los bienes de la tercera, la estanflación. En este contexto, las formaciones radicales parecen ser la única alternativa adecuado. La vieja aniquilamiento entre la izquierda y la derecha clásica, cuajada de ideología, va acompañada por un conflicto generacional frente al que, de momento, ninguna formación política francesa ha rematado ofrecer una respuesta integradora.

Una conquista de Marine Le Pen sería una catástrofe para el Hexágono y para Europa

Ese aspecto es principal para­ entender el auge de la izquierda y de la derecha populistas y tiende a olvidarse con demasiada frecuencia. Ambas ofrecen con sus símbolos y mensajes –la solidaridad doméstico, el ataque al capitalismo y a la globalización, el rechazo a los inmigrantes...– un pretexto frente al temor e incertidumbre del contemporáneo momento histórico y una respuesta sencilla a las causas de los males patrios. Del mengua industrial al ofensa del nivel de vida rural, pasando por la amenaza a la identidad doméstico representada por la inmigración, el sistema tiene la delito porque está al servicio de los oscuros intereses del globalismo y de sus élites en vez de servir a los de los nativos. En esta caja de Pandora cerca de cualquier cosa. Todos los colectivos que se sienten amenazados por el orden existente buscan protección y defensa en la izquierda y en la derecha autoritaria; ambas colectivistas y, ambas, muy francesas.

Aparte una sorpresa, Macron será reelegido presidente de Francia. Una conquista de Le Pen sería una catástrofe para el Hexágono y para Europa. Sin requisa, las profundas grietas abiertas en la sociedad francesa serán muy difíciles de cerrar y las fallas estructurales del Hexágono no se corregirán sin una dietario reformista mucho más agresiva que la planteada y ejecutada por Macron hasta la plazo. En su célebre tratado La France qui tombe, Nicolas Baverez se planteaba con una frialdad extraordinaria que o proporcionadamente Francia aplica una terapia de choque para modernizar sus estruc­turas o, antaño o luego, llegará un Le Pen.

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