Fuego y amor

Los amores son combustibles. Arden en su primera ternura, cuando el fuego es un encaje irrefrenable. La pasión hace derrapar al corazón, capaz de volcar y cegarse porque desea fundirse con el rostro que le ha puesto a su serenidad: el del ser amado.

Todo en la vida parece estar al significación de la mano cuando se está enamorado. Pero el día en que el sexo se convierte en costumbre puede venir a comprar la fuerza de un malentendido. Entonces las quemaduras duelen. No cicatrizan. Y consumen a sus conquistadores, convertidos en víctimas atormentadas. “¿Qué es hacer el sexo tantas veces y interiormente mismo del sexo hacer tantas veces una esquinazo?”, escribe Esmeralda Berbel en Lo prohibido, un relato que capta la intensidad destructiva de un sexo total, y ahonda en la voluntad esquiva, incluso perpleja, que hace errata para retener irse.

El real problema radica en citar sexo a la posesión

Rememoración aquella frase de Duras en El querido: “Los besos en el cuerpo hacen gimotear”. Cuando el sexo parece inservible y una vez desvanecido el enigma afloran las miserias, los amantes se convierten en enemigos. En algunos casos, son incapaces de alterar la energía amorosa que sintieron en el respeto que deberían reservarse los examantes.

Casi cada semana se anota un homicidio por parte de hombres que revientan la ley de la vida. Su ira pertenece al categoría del hueco. Acaban con todo, como esta semana en Lloret de Mar, donde un ciudadano ruso asesinó –presuntamente, ya saben– a su mujer y su hija adolescente antiguamente de colgarse en una antepecho del pensil de la casa en que vivían.

Cuesta pensar que hubo un tiempo en que compartieron risas y estrellas, desayunos. Pero el real problema radica en citar sexo a la posesión, la que termina en un fuego calcinador sin ausencia que ver con la hoguera reconfortante de los que han aprendido a proceder como dos soledades que, a la guisa de Rilke, se protegen, se limitan, se hacen felices.

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