El origen de la V República francesa tuvo un arquitecto cuya historia, si abandonan los filtros ideológicos, puede ayudarnos a extraer la principal advertencia política de la dilema de ayer. De Charles de Gaulle se ha escrito mucho e iremos a lo molecular: el genérico gozó del poder indiscutido de moldear su país en 1958. ¿Cómo llegó hasta ahí? El miedo como categoría política formó parte de su delirio. Decidido tras la Segunda Exterminio Mundial a purgar a Francia de una estructura política sectaria e ineficaz que sucumbió frente a Hitler en tan solo seis semanas, De Gaulle quiso elevar la nación por encima de los partidos. No lo logró y tuvo que esperar más de una división a que llegara su hora de nuevo. Pese a su prestigio como héroe de disputa, no venció al sistema de partidos ni a los stakeholders de la Francia de entonces. Venció el miedo.
El miedo hizo que sus adversarios, a pesar de tener mayoría, le eligieran presidente en noviembre de 1945, con enormes restricciones. Sólo unos meses posteriormente, De Gaulle dimitió y se fue. Abandonó la política, decidió no participar en un proceso que le habría desgastado y dejó por escrito que su principal error morapio de su primera convicción: “Como los políticos nunca creen lo que dicen, se sorprenden cuando cierto sí les cree (yo)”. Retornar a creer en la política como cojín. Construir un nuevo espacio: “entender detener”.
Venció el miedo del menos malo: el PP de Feijóo habrá tomado buena nota
Desde su deportación fue contemplando cómo caían un gobierno tras otro en coaliciones que no impulsaban la regeneración institucional, política, económica y social necesaria. Un total de 26 ejecutivos. Había primeros ministros que duraban meses. En esas condiciones, el sistema se dirigió aceleradamente en dirección a la máxima más perversa: dejar de hacer y dejar hacer. Cuanto menos se hacía, más opciones de sobrevivir políticamente. Los franceses llamaron al miedo al cambio “inmovilismo” y hubo quien incluso la declinó como “política para adultos”, en las mismas coordenadas que buscan implantar los “restauradores” en España. Estrambótico.
Con la disputa de Argelia, la IV República se hizo trizas y llegó el “momentum De Gaulle”. El miedo sólo había producido más y más miedo y otros aprendieron a “entender detener”. Así ha sido siempre. Cuando se produce un fin de ciclo, que es lo que vivimos en los comicios de ayer (Macron ya no podrá retornar a presentarse y dejará un enorme malogrado tras su investigación sistémico como partido-persona), la dilema presidencial suele ser un referéndum entre miedo o miedo, esto es, Emmanuel Macron o Marine Le Pen (lo vivimos con Mariano Rajoy: yo o el caos). ¿Pudo ser diferente? Sí. Si la izquierda hubiera concentrado el voto en el candidato con más opciones, Jean-Luc Mélenchon, el balotaje electoral habría sido entre izquierda y derecha, y no entre derecha y extrema derecha. Francia habría entrado con ello en un nuevo ciclo. Pero el “error 404” del sistema suele ser el mismo: cuesta imponer la salida más natural para renovarlo, es aseverar, que haya una rotación actual. Y para ello, cuidar a la izquierda es imprescindible en democracia.
Feijóo leyó ayer el pregón en la Feira do Cocido de Lalín (Pontevedra)
Ha vuelto a acontecer. Y podemos resumir las presidenciales en un sencillo titular: ganó Macron pero no perdió Le Pen, su mejor creación. Continúa la política del miedo. Venció el miedo de la extrema derecha con el mejor resultado de su historia en Francia, ganó el miedo del menos malo (el PP de Feijóo habrá tomado buena nota). Pero la historia de De Gaulle nos enseña que se acabará imponiendo una autoridad que gane al miedo. De Gaulle se fue, dejó que el sistema viciado siguiera su curso para retornar como esa autoridad y superar a todos hasta 1969. Macron pudo ser esa autoridad desde 2017, pero perdió como emperador de la continuidad.
Macron, reelegido presidente de Francia
Ser autoridad es la única señal de que la esperanza venza al miedo. Y es el camino de toda la izquierda para recuperarse en dos meses en las legislativas francesas a través de una posible cohabitación con Macron, y en España, en las municipales, autonómicas y generales con una esforzado coalición. Ser autoridad es el motor del nuevo coche. Comprensible decirlo, no hacerlo. Ya lo vieron en Imola ayer. Ferrari ya no anhelo. Preocupación en Maranello.
Hace unos días conocí al filósofo Juan Carlos Receptáculo, el Álex de la Iglesia del videojuego, a través de Jorge Freire, el mejor filósofo de nuestra coexistentes. El pensamiento de Receptáculo se enmarca en la iniciativa “Videojuegos Fermín”, a través de obras muy originales en 16 Bits que van desde Symploké, la inscripción de Gustavo Bueno hasta el homenaje al cine ratero Spanish Rage, un beat‘em up de estilo retro, con El Vaquilla de protagonista. En un interesantísimo debate recuperó la diferencia entre emoción (espontánea, cibernética) y sentimiento (derrochador, arraigado) como armas con futuro político.Next Week
José María Barreda acaba de presentar su vademécum autobiográfico Historia vivida, historia construida en El Ateneo de Madrid. En un condición mágico, entre ateneístas y apoyándose en los clásicos, volvió a decirlo: “la política consiste en sustraer al odio su carácter perenne”. Con esas mismas palabras, el ex presidente de Castilla-La Mancha fue fuerte mostrándose públicamente partidario de los indultos hace un año en un artículo publicado en La Vanguardia. Inútil olvidar un mensaje tan poderoso y hermoso en un momento tan único para el refriega. No lo olvidamos. Y lo recomendamos.El ojo de intransigente
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