Hoy, en el Saló de Cent del Junta de Barcelona, la escritora Imma Monsó hará el pregón de la Lección. Es un ritual institucional relativamente fresco que intenta sumarse a la júbilo, cada vez más intervenida, que provoca Sant Jordi. Conjeturo que las razones por las cuales ha aceptado el encargo formarán parte del pregón propiamente dicho, porque Monsó pertenece a la categoría de los talentos acostumbrados a, sin solemnidad, especular sobre el miedo a dolerse de las propuestas temerariamente aceptadas y la penuria de, no se sabe muy proporcionadamente porque, combatir la voluptuosa tentación del aislamiento.
De eso tratan (asimismo) sus libros: de la imposibilidad de asumirnos tal como somos en un mundo que, en la efectividad y en la ficción, espolea las imposturas. Un mundo que, aunque parezca mentira, sobrevive gracias a nuestra capacidad de habilitación al operación del azar, que es lo más contiguo a la ironía. Y para departir de todo eso Monsó suele apelar a personajes disfrazados de una visible excentricidad (siempre de proximidad) que invita los lectores a creer (error) que no son exactamente como nosotros y que obliga a los críticos a desesperarse y a utilizar la protocolo –la admisión de una derrota– de “escritora inclasificable”.
Lo que más agradece Imma Monsó, que hoy hará el Pregó de la Lección, es que no la mareen
Clasifiquémosla, pues. Lo que más agradece Monsó es que no lo mareen y si os regala una botella de caldo, fijaros proporcionadamente porque podría ser un Nuits-Saint-Georges escogido con intuitiva y humanística sensibilidad. La peculiaridad de Monsó es la perplejidad; contar, a través de aproximaciones espirales, una gran historia encadenando historias aparentemente pequeñas. Jalil Gibran decía que la perplejidad es el principio del conocimiento. Es una afirmación tan categórica que, como buena virtuosa de la perplejidad, Monsó ni desmentiría ni corroboraría, no vaya a ser que el conocimiento pierda el aliciente de la duda como método. En su caso la ojeada es un refugio contra la constatación que cuando se le ocurría departir –tras acaecer cruzado varios campos minados por formas de genuina timidez–, o proporcionadamente no la entendían o proporcionadamente creían que se lo inventaba todo porque era demasiado fantasiosa y los escritores inclasificables, ya se sabe.
Desde aquel premonitorio Nunca se sabe , sus lectores (y me consta que muchos la han descubierto a partir de los artículos que publica en La Vanguardia ) sabemos que cada vez que leemos a Imma Monsó desaparecen las cláusulas convencionales de fiabilidad y confidencialidad. Y que, a través de un humor encriptado aunque accesible, podemos disfrutar de sus libros con una franqueza insólita, sin las interferencias de los que, empezando por mí, han intentado, espero que sin éxito, clasificarla.
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