¿Qué tesoros se llevó de España la reina María Cristina?

En los últimos abriles el Congreso de los Diputados ha trillado desfilar a un sinfín de políticos y empresarios en comisiones de investigación. Sin secuestro, muchos dudan de la efectividad de dichas comisiones, que a veces parecen más un tablas de disputas partidistas que verdaderos instrumentos para notar la verdad. Curiosamente, una ojeada cerca de el pasado nos permite descubrir que los defectos de hoy son los mismos que los de ayer.

A mediados del siglo XIX una reina estuvo en el foco de un escándalo financiero, y no fue uno último. Acusada de desviar millones de reales del tesoro para sus empresas personales y de enriquecerse con la cesión de buena parte del patrimonio auténtico, María Cristina de Borbón pasó a la historia como el epítome de la corrupción.

Se le recriminó cobrar comisiones y desviar fondos a sociedades en las que colocaba a testaferros de su confianza. Incluso se constituyó una comisión de investigación parlamentaria. Lo explican las hermanas e historiadoras García Monerris en el manual colectivo Culturas políticas monárquicas en la España libre (Universitat de València, 2013). Al parecer, algunos diputados ya vieron entonces lo contradictorio de que un entraña político resolviera cuestiones de tipo procesal. Pero, aunque la comisión no solventara el asunto en lo permitido, sí sirvió para combatir un tema político.

Para ser justos con María Cristina, es preciso explicar en qué circunstancias le recayó la regencia. Tenía veintitrés abriles cuando se casó con el rey Fernando VII, que, por otra parte, era su tío carnal. En lo amoroso, una perspectiva poco sugerente, pues aquel cuarentón parecía mucho veterano de lo que era, y cualquier cosa menos agraciado.

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El rey Fernando VII. 

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Aun así, en Fernando lo peor se reservaba para la tinieblas de bodas. María Cristina debía de conocer la puntualización de María Josefa Amalia, la tercera esposa del rey, que había llegado a huir despavorida delante su pene titánico. En intención, en los genitales, el monarca tenía todas las dotes que le faltaban para el gobierno.

Tras la triunfo en la combate de la Independencia (1808-1814) y la expulsión de los franceses, quien fuera “el Deseado” había traicionado la Constitución de Cádiz (1812). Su reinado se caracterizó por una reverso al Antiguo Régimen y una cruda persecución de los rudimentos liberales.

El aprecio de un gendarme de corps

Por todo ello, su crimen, en 1833, obligó a su esposa –y ahora regente– a hacer malabarismos para apoyar la supervivencia en el trono de su hija Isabel. A regañadientes, tuvo que apoyarse en unos liberales que, en parte, desconfiaban de la monarquía, mientras los absolutistas hacían causa global contra ella apoyando a Carlos María Isidro como sucesor a la Corona.

Fue entonces, al inicio de la primera combate carlista (1833-1840), cuando la regente encontró un hombro en el que apoyarse. Llevaba dos semanas viuda cuando, en un alucinación cerca de el palacio de La Cortijo, reparó por primera vez en uno de sus guardias de corps, Fernando Muñoz. El flechazo se produjo cuando el oficial le ofreció un pañuelo para limpiarse unas gotitas de raza de la trompa.

Lo cierto es que, en 1833, aquella mujer era muy llamativa. Según la describió el marqués de Villa-Urrutia, tenía las curvas suficientes para hechizar a un hombre. Sus facciones eran equilibradas, menos las orejas, que, por pequeñas, le conferían un melodía más tierno. Su madeja castaño, sus luceros oscuros y una ojeada penetrante conformaban una expresión dominante, que compensaba con una boca risueña que siempre tendía a la sonrisa.

El flechazo fue mutuo, y en poco tiempo ya se habían casado. Eso sí, en secreto, pues nadie iba a aprobar aquel casorio morganático. Es aquí donde se escriben las páginas más oscuras de su hechos.

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La reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Retrato de Luis de la Cruz. 

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Resulta extraordinaria la celeridad con que Fernando Muñoz logró insertarse en la élite política y económica. Lo explica la investigadora Cristina Bienvenida en un estudio sobre el caso (“El inicio en los negocios del ‘Clan de Tarancón’ en España (1833-1850)”, 2020). En un entorno que lo repudiaba, medró colocando en cargos estratégicos a familiares y amigos. Aquel lobby, que no dejaba de crecer, pronto fue conocido como el “clan de Tarancón”, pues todos provenían del municipio conquense de los Muñoz.

De hecho, nos dice Cristina Bienvenida, fueron tantos que Benito Pérez Galdós llegó a sostener jocosamente que “quedó despoblado Tarancón”. Menos divertido le pareció al político libre Fermín Leal, que lamentó que una tribu “sin educación ni aprender” se hubiera “representante de la voluntad de la reina Isabel”.

Dijera lo que dijera el diputado, los Muñoz no tenían mínimo de estúpidos. Desde concesiones para la construcción de ferrocarriles hasta la explotación de minas, la red se extendió en diferentes niveles. Una trama corrupta en la que, a través de testaferros y sociedades opacas, se adjudicaban obra pública a sí mismos o a sus aliados. Así fue como el corro acabó asociado con la poderosa tribu de banqueros Rothschild, que obtuvo el arrendamiento para la explotación de minas de mercurio en España.

El “faltriquera secreto”

Pero ¿de dónde sacó la regente el pasta para impulsar esos negocios? En parte, del robo a las arcas del Estado. Ella disponía del “faltriquera secreto”, una partida de pasta asignada a la reina, sin control parlamentario, que no dudó en usar para sus actividades mercantiles.

Todo ello en connivencia con algunos diputados del Partido Moderado. A cambio de prebendas, votaban a confianza de situar a determinadas personas en cargos de relevancia, o de aumentar las partidas del faltriquera secreto. Esto marginaba a los progresistas, entre los que había un número mínimo desdeñable de republicanos. Hasta que se cansaron, y en 1840 el genérico y líder progresista Baldomero Espartero se decidió a dar un conmoción y terminar con la regencia de María Cristina.

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Retrató del genérico Espartero. 

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Con un gobierno radical en Madrid, y con el casorio Muñoz expatriado en Francia, por primera vez salieron a la luz los desfalcos de la corte, ya que una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue crear una comisión de investigación sobre la inicial regencia.

Encarna y Carmen García Monerris cuentan cómo, el 15 de diciembre, unos investigadores nombrados por la comisión se presentaron en el Palacio Positivo para reunir todas las pruebas que la regente no se hubiera llevado. Muy polémica fue la descuido de unos inventarios concretos sobre los ingresos testamentarios del difunto Fernando VII, y más aún el hecho de que hubiera desaparecido el Reservas Positivo.

Otro interrogante era el paradero de los fondos del faltriquera secreto. Según Martín de los Heros, flamante intendente de la Positivo Casa y Patrimonio, faltaban 37 millones de reales. En su trabajo, Cristina Bienvenida aporta una carta del responsable de la banca Rothschild en España, Daniel Weisweiller. Más allá de esos 37 millones, la regente todavía hizo un uso “poco honesto” de la partida presupuestaria asignada a su hija. A pesar del desvío cerca de el extranjero de millones de reales, en esa misiva el banquero descartaba la posibilidad de consecuencias judiciales, pues todo se había hecho mediante el empleo de testaferros.

Isabel II, marioneta de su hermana

Encima, durante su destierro, reforzaron al Partido Moderado y estrecharon su poder sobre él, todo gracias al pasta de sus inversiones. Según Cristina Bienvenida, y en esto coincide con muchos historiadores, en esos abriles el partido fue más un útil al servicio de la Corona que una entidad con unos principios doctrinales fundamentados. El objetivo estaba claro: expulsar cuanto antiguamente a los progresistas y apoyar la posición de Isabel II.

Gracias a estas maniobras, en 1843, se dieron las condiciones necesarias para que el genérico isabelino Ramón María Narváez consiguiera por la fuerza la destitución de Espartero como regente. El camino quedó expedito para que, en 1844, la reina hermana y su marido regresaran a España e hicieran manifiesto su casorio.

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Retrato de Narváez, por Vicente López Portaña.

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Aunque Isabel II ya era oficialmente veterano de momento, los Muñoz siguieron controlando su voluntad. Manipulable, torpe en los asuntos de gobierno y demasiado influida por sus bajas pasiones, no había heredado el carácter de su hermana.

Según explica la historiadora polaca Barbara Obtułowicz en el artículo “María Cristina de Borbón: ¿ansia de poder y de pasta o aprecio a su tribu?” (2013), María Cristina era perseverante, astuta, constante y diligente, virtudes deseables en un líder. Instalados en un edificio adyacente al Palacio Positivo, el llamado palacio de las Rejas, crearon una especie de corte en la sombra.

Protegida por la Constitución de 1845, que daba amplios poderes a la monarquía, en esos abriles los tejemanejes de María Cristina se hicieron cada vez más descarados. Ordenaba a su hija los nombramientos de cargos, a la vez que persuadía a políticos para que falsificaran elecciones. Sin secuestro, la grano que colmó el vaso llegó cuando pretendió prescindir del Parlamento para controlar la construcción de nuevos ferrocarriles.

Una vez más hubo un pronunciamiento armado, esta vez a cargo del genérico Leopoldo O’Donnell, pero en esa ocasión caldo acompañado de una insurrección popular. Y estaba claro quién era la presa a la que revolver. Progresistas y demócratas distribuyeron en las calles un manifiesto donde se planteaba la “conservación del trono, pero sin la camarilla que lo deshonre”.

“Muera María Cristina”

En poco tiempo, las calles madrileñas se llenaron de una muchedumbre que gritaba “Muera Cristina, muera ladrona”. Pero, una vez más, María Cristina logró adelantarse a los acontecimientos. Obtułowicz recoge en su trabajo el certificación de Cristino Martos, que lo presenció todo. Desde el día inicial se había trillado frente al palacio de las Rejas un vaivén de carruajes que llegaban vacíos y marchaban repletos de documentos y cajas. A buen seguro, entre esos ingresos, se encontraba la documentación que pudiera incriminar a la reina hermana.

Retrato fotográfico de la reina de España Isabel II.

La reina Isabel II de España.

Dominio manifiesto

Arribada la tinieblas, los manifestantes ya se agolpaban frente a las puertas del palacete con el eslogan “Viva la confianza, muera María Cristina”. Mientras tanto, y disfrazada de hombre, ella huía por la puerta trasera. Tras la conformación de un nuevo gobierno progresista, una vez más, los Muñoz-Borbón tuvieron que exiliarse en Francia.

En diciembre de 1854 se aprobó la creación de una nueva comisión que investigara la posible corrupción de María Cristina, con la diferencia de que, esta vez, la continuidad de Isabel II todavía estaba en censura. Precisamente, esto era lo que su hermana había tratado de evitar toda la vida.

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La reina María Cristina de Borbón en una fotografía de c. 1870.

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Con actitud de no desamparar a su hija, desde París le enviaba mensajes de aliento. Entre otras cosas, explica la historiadora Isabel Burdiel en Isabel II. Una hechos (Taurus, 2010), le aconsejaba tener paciencia, ir sorteando los peligros a medida que se fueran presentando y, bajo ningún concepto, dejar el cargo. No debía dar un solo paso en fariseo, a la aplazamiento de que las luchas internas de sus adversarios acabaran con ellos. Un modo de interpretar, por lo genérico, que recuerda al que la propia María Cristina había empleado mientras estuvo en el poder.

Respecto a la comisión de investigación, tuvo poco éxito. No se logró recuperar el pasta ni el hacienda de joyas y muebles desaparecido. En todo caso, las prácticas de la reina hermana condujeron al descrédito de la institución, un descrédito que culminaría con el destronamiento de su hija en 1868.

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