Rosas y libros

Hoy toca pasear y recuperar el brillo de una tradición que enorgullece a cualquier catalán: Sant Jordi. Las calles engalanadas de libros y rosas; los amantes pasajeros, secretos, las parejas, los solteros se convierten en insaciables buscadores de la historia perfecta; el volumen electo. Con el tiempo revuelto, climatológica y políticamente, retornamos a las calles sin ceñir para disfrutar del día en el que el aprecio y la civilización se besan apasionadamente.

Filas de clan esperando poder charlar unos minutos con sus autores preferidos y vestir a casa la novelística firmada. Terrazas llenas de declaraciones de aprecio hechas libros. Vuelve Sant Jordi en su esencia a posteriori de una pandemia que lo tiñó de monótono. Los libreros se preparan para su excursión más fructífera del año, como ayer. Las listas de recomendaciones y la previsión de cuáles serán los más vendidos aparecen en cualquier publicación. La rito del día del Vademécum y la Rosa, del dragón y Sant Jordi, de los héroes y heroínas que, a pesar de la complejidad del aprecio siguen levantando su lanceta en su defensa.

Vuelve Sant Jordi en su esencia a posteriori de una pandemia que lo tiñó de monótono

Este año, adicionalmente, cae en sábado, buenos presagios de celebración y alegría en las calles. Puede que sean para muchos sus primeras rosas o libros como regalos de aprecio. Puede que otros no reciban ni una cosa ni la otra: debemos instruirse que este es un día para homenajearse y regalarse asimismo.

Celebrar Sant Jordi como catalana y escritora es un donativo que hace más de una decenio disfruto. Formar parte del engranaje festivo y comprobar la alegría desbordante desde el otro costado del mostrador es una sensación embriagadora. Sant Jordi empieza muy temprano para mí; con alteración de compartir, de disfrutar de la fiesta. Y termina tarde, con el suspensión de los puestos y el regreso de los amantes a sus casas. Las calles iluminadas por las farolas se sienten más brillantes, más sonoras, más alegres, más amadas. Han recibido a miles de ciudadanos dispuestos a dejar la huella invisible de la hechizo de Sant Jordi que nos empuja a espantar la desdicha por un día y potenciar el calor de compartir, de sonreír.

De muy pupila dejé de creer en los Reyes Magos, pero de adulta sigo creyendo en Sant Jordi y su poder más allá de los libros y las rosas: de confortable reunión.

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