Es una mujer bella y, como todas las mujeres bellas –y a menudo además las que no lo son–, está en un buen aprieto. En efectividad, en dos. Su primer aprieto, el aprieto primigenio, es su padre. El segundo aprieto es su marido, aunque hasta esta sombra no habría sabido aseverar cuál de los dos, su marido o su padre, la aprieta más. Tal vez por ser bella, o tal vez por otra cosa, los hombres de su vida se le han pegado como sanguijuelas, han acostado raíces en ella hasta asegurarla con firmeza al suelo que comparten.
Viven los tres juntos en el tercer polígono residencial de la A–211, en una casa de tejado de uralita, angosta en su entrada y rodeada por un foso irregular. A todo el que pasa por allí –sobre todo ciclistas que hacen la ruta entre Alfajarín y Villafranca de Ebro– el foso le lumbre poderosamente la atención, y los hay que incluso lo fotografían con el teléfono móvil. La verdad es que ese agujero de fondo desnivelado nunca ha pretendido ser un foso, al menos no en el sentido medieval de la palabra: el marido empezó a excavar la tierra para construir un patio inglés, uno de esos pasillos hundidos que permiten que la luz llegue a las plantas bajas, aunque en este caso tal planta no existe y el clima del área es el opuesto al anglosajón. Cansado de la pala y la tierra dura, el marido abandonó la tarea al término de unos días, y las zapatas de la casa quedaron expuestas en un penoso estriptis de hormigón.
Del cerebro del marido suelen surgir iniciativas como esa: necias, desatinadas, fruto del capricho. Pero no es un hombre perseverante, y el extranjero de la casa lo atestigua: el patio a medio hacer, el oasis a medio vallar, el techo desprovisto de tejas en su centro izquierda. Al interior, la cosa no prosperidad: una parte del pequeño salón está chapado en una madera brillante, descarada en su artificialidad, y el resto muestra las paredes desnudas, enlucidas en un blanco roto. El marido palabra sin detener mientras ejecuta sus obras, como si lo que se trae entre manos fuera de positivo importancia, y al término de un rato las abandona sin atender a las quejas de su mujer, que vuelve del trabajo rezando para no encontrarse con otra de sus aberraciones. Ella es la única de los tres que tiene un empleo, aunque tanto el marido como el padre están en época de trabajar y aceptablemente podrían hacerlo si quisieran. Al padre, al contrario que al marido, le gusta respetar para sí cualquier pensamiento que le cruce la mente, probablemente porque su escasez los convierte en intereses preciosos. Rara vez abandona su sillón de escay, tan rancio que el forro se ha vencido y uno de los brazos vomita espuma de poliuretano, amarilla por el roce y la tóxico. Una vez cada ciertos meses, el padre ha almacenado la suficiente energía como para participar de la vida en el hogar. Entonces su humor se conjura con el del marido y la recorrido rueda imparable cuesta debajo, desbaratándose hasta hacerse migas como uno de esos autos locos de las fiestas de Calatayud.
Hoy será una de esas veces.
En una ocasión, la mujer los encontró pintando los muretes de la casa de naranja fosforescente, para que se vea aceptablemente desde la carretera y las visitas la encuentren sin problemas, aunque lo cierto es que nones han recibido una turista. Para colmo, la pintura escogida –probablemente robada, pensó la mujer– no era de extranjero, y a los pocos días clareó por sensación del sol hasta volverse de un color renuevo de huevo desleído. En otra ocasión el patio estaba repleto de bombonas de butano, todas aceptablemente juntas y tapadas con una toldo, y los dos hombres celebraban su pillaje a una nave cercana. Al día subsiguiente la policía empezó a husmear por el polígono: la mujer los vio por la ventana mientras se quejaban del rumbo y del calor. Horas más tarde, ella misma llevó las botellas hasta la lejana colina en la que serían encontradas. Incluso las buenas ideas se les han vuelto en contra: hace meses decidieron proveer a la casa de su propio huerto, que se situaría en la parte trasera de la vivienda. La tierra del desierto es dura y traicionera como un pistolero a sueldo, así que verduras y hortalizas se cultivarían sobre parterres de sustrato fértil. Solo había que construirlos. Al padre se le ocurrió sacar los listones de madera del pequeño trastero que el marido levantó un otoño próximo a la casa. De todos modos, no llegó a techarlo, y el esquema se quedó en un cubo irregular rajado al bóveda celeste en el que una vez anidaron las avutardas. Paso a paso montaron los parterres, dispusieron la malla geotextil y la grava que procuraría el drenaje, rastrillaron y sembraron tomateras, zanahorias, rábanos y cebollas. Al final del día el esquema parecía una obra completa, la única ocurrencia con final atinado –o al menos, con final– de cuantas habían tenido. El padre volvió a sumirse en un sopor de escasas interrupciones y el marido cogió la costumbre de levantarse pronto para inspeccionar el huerto, confortar la observación en rastreo de nubes, escupir en el suelo y maldecir este espantoso secarral. Aunque llegó a robar decenas de bidones de agua de una estación de servicio cercana, el huerto no medró y el marido perdió todo interés. A los meses la tierra era pasto de malas hierbas, insectos y alguna que otra verdura diminuta, desnutrida y blanda hasta la podredumbre. Fue entonces cuando llegaron los ratones. Inicialmente no eran demasiados: dos, cuatro, seis bolitas pardas moviéndose con soltura entre el compost, defecando y horadando galerías a placer. Pero pronto criaron en algún punto del parterre, y en un mes aquello era un hervidero. Iluminado, el marido espabiló al padre a colchoneta de bofetadas cortas y chatos de ron:
–Hay que ir a por gatos –dijo. El padre se limitó a asentir y apurar su zaguero vaso.
Aquel día, el marido y el padre condujeron hasta la perrera y se llevaron una decena de gatos. El encargado no hizo preguntas: se alegró de hacer hueco a los animales que iban llegando, al destilación incesante de perros abandonados y camadas de felinos con los párpados sellados por las legañas. Los diez gatos, liberados en el huerto, se lanzaron voraces sobre los ratones. A algunos se los comían en un abrir y cerrar de ojos, a otros los usaron como entretenimiento durante un rato. Los agarraban y los volvían a soltar para caer sobre ellos de nuevo y mordisquearlos sin conseguir a matarlos del todo. Luego caminaban ufanos con la boca llena de casta, se bufaban y lanzaban zarpazos unos a otros. Por la sombra se apareaban y llenaban las paredes exteriores de la casa de orines. El elegancia del desierto olía a amoniaco y a pelo desaseado. La mujer no dijo falta sobre aquello: hace mucho que ha aprendido a convivir con la disparate, incluso a fingir no verla. Pero al término de unas semanas, cuando el padre acumuló las suficientes horas de sueño como para retornar de nuevo a la vida, él y el marido decidieron que había que librarse de una vez por todas de esos malditos gatos. Así que… volvieron a la perrera. Esta vez regresaron con un perro de presa canario. Según el collar con el que había llegado a la perrera, se llamaba Rómulo. Rómulo tenía mandíbulas potentes como un cepo y los músculos tan pronunciados que le proyectaban sombras sobre el pelaje. En cuanto lo sacaron del maletero en el que lo trasladaron hasta la casa, ladrando y golpeando la chapa de metal desde el interior y haciendo temblar la carrocería, los gatos salieron disparados. En escasos segundos cruzaron la carretera y desaparecieron colina hacia lo alto, con destino a el desierto. El perro, sin confiscación, no hizo ademán de seguirlos. Gruñó e inspeccionó el contorno, olisqueó la tierra, se comió la escasa fruta podrida del huerto. Incluso ingirió poco de compost, los dientes negros como de asfalto, luego escarbó, arrancó un trozo de lista de madera de un mordisco y lo lanzó por el elegancia, el bóveda celeste surcado por un reguero de babas. Luego, de repente, reparó en el marido y el padre. Corrió con destino a ellos. El marido reaccionó antiguamente, cosa manejable teniendo en cuenta el coma en el que vive inmerso el padre. Al darse la reverso golpeó en la cadera a su suegro, que cayó al suelo como un saco de harina. El perro pasó de desprendido, continuó hasta la carretera: saltó la mediana y, ladrando con furia, se alejó lanzando dentelladas a las piernas de un motorista aterrorizado.
–Mas querío matar –dijo el padre.
–Ni charlar –respondió el marido–, te has caído por rancio. Porque eres un rancio tocino y estúpido.
Mientras luchaba por incorporarse, el padre agarró un puñado de compost del parterre y se lo lanzó al marido.
–¡Come mierda, asesinador!
El marido, jurando, se frotó los fanales, corrió hasta el padre. Derribándolo sobre el parterre, le llenó el rostro y el pelo de tierra negra. El padre forcejeó, expulsó espumarajos de saliva. Cuando tenía al marido sentado encajado encima, se orinó en los pantalones. El marido se levantó, –¡roñoso, infectado!–, y el padre aprovechó para dedicarle un zaguero dispersión de tierra.
La mujer, a su regreso del trabajo, los encontró así: aposentados en el salón como siempre, el marido en una arnés plegable y el padre en su inmortal sillón, manchados de tierra hasta las cejas, el pelo arenoso y el rostro ennegrecido. Le parecieron dos muertos que hubieran desencajado de sus fosas para ver la televisión y ingerir cheetos. Luego se preguntó si, tal vez, aquellos dos llegarían a sucumbir algún día.
Hoy la mujer ha sucio el hogar de alba, como cada día de lunes a sábado. Trabaja en una planta de despiece a unos diez kilómetros de la casa, y un autobús lleva y devuelve a los trabajadores de pueblos y polígonos cercanos. Aunque de vez en cuando lo limpian y suele resistir las ventanas superiores abiertas, el interior del autobús huele a vísceras y sudor, y a veces ella siente que ese olor se transforma en poco sólido que le descenso por la gaznate como un chicle de trola, poco que podría masticar y hasta escupir en la cara de otro. Cuando eso sucede, la mujer descenso antiguamente de su parada y regresa a casa caminando, aunque tenga que hacer un par de kilómetros a pie. Los miércoles hace un parada en el polígono precedente al suyo y turista la estación de servicio, donde atiende un hombre señorita de fanales azules y vivos con el que le gusta sobrevenir el rato. Ni su marido ni su padre se percatan de su tardanza: habitan el mundo sin horarios de los desocupados. La mayoría de las empleadas de la planta de despiece son mujeres, casi todas casadas y con hijos. En el único alivio que tienen salen a un patio amplio y plano, sin bancos en los que sentarse, y fuman y hablan sobre sus maridos que no encuentran trabajo y los pobres así se deprimen o se dan a la bebida, aunque en esa misma planta se ofertan plazas que siempre acaban siendo cubiertas por mujeres. Pese a que el alivio dura casi nada vigésimo minutos, a esa hora el sol está tan parada y pega tan válido que muchas de las empleadas tienen manchas solares en mejillas y agallas, y las caras de las más veteranas parecen un mapamundi naranja y ocre. La mujer, aun sin grandes ocasiones en las que lucirse, es presumida por naturaleza, y antiguamente de salir al patio se encaja una visera roja y vieja en la capital para defenderse el cutis. Ahora lleva la visera a modo de brazalete, con el hueco que deja la tira reguladora ocupado por la muñeca, y con la otra mano sostiene un cigarrillo. Su sombra en el asfalto parece la de un insecto enclenque y parada, con una capital regular y otra crecida al final del auxilio como un tumor. Camina a buen paso por el arcén al que se accede desde la estación de servicio, sin volverse a mirar los vehículos que la adelantan. Ya le ha perdido el miedo a caminar por la carretera, a los silbidos de los coches y de los conductores. Entre calada y calada se lleva el antebrazo derecho a la hocico y aspira con fuerza: posteriormente de estar con el dependiente de fanales azules la piel le huele diverso, además a carne y a sudor pero todo aceptablemente vivo, tal vez el único olor que consigue tapar el del despiece. Si la mujer conociera la palabra “antípodas”, diría que el dependiente de la estación de servicio está en las antípodas de su marido: que el dependiente es señorita y genial y tiene aspecto de ir a residir muchos abriles con vigor, que mastica con la boca cerrada hasta el chicle y que, posteriormente de fumar, apaga la colilla en el cenicero de la puerta para no enlodar el suelo. Su marido, de trabajar en la estación de servicio, ya habría causado un casualidad fumando próximo a los surtidores. A veces, la mujer se alegra de que no tenga empleo.
"La mujer sabe que para plantarse en casa de un hombre con una maleta y un vasija de colacao hay que tenerlo primero aceptablemente ceñido"
Faltan aún varios cientos de metros para alcanzar su casa cuando ve que la luz del patio, hace tiempo inservible, chisporrotea como un moscardón electrocutado. Eso quiere aseverar que el padre está activo: su primer antojo, siempre que se pone en marcha, es pinchar la luz vecina para instruir el patio. Piensa en darse la reverso, en regresar próximo al señorita de la estación de servicio. Él le ha pedido más de una vez que pase la sombra en su alojamiento, y ella solo demora el momento apropiado para hacerlo. Cuando haya ahorrado un poco, juntado algunos euros más en el vasija de colacao que guardaspaldas oculto bajo un lista suelto de eso que su marido lumbre el cochera. Su idea es no regresar de esa primera sombra fuera. La mujer sabe que para plantarse en casa de un hombre con una maleta y un vasija de colacao hay que tenerlo primero aceptablemente ceñido, y no está segura de que ese sea el caso. Es cierto que el dependiente siempre la mira con fanales amorosos y cálidos, pero tal vez mire así a otras mujeres. Incluso pudiera ser que exista todo un ejército de jovencitas que alimenten sus sueños con el candor de esos fanales. No podría asegurarlo. Valora además retornar a la nave de despiece. Acostarse en la entrada, oculta entre los matorrales, y regresar cuando el padre haya hibernado de nuevo. Pero sus pies, imantados al camino por la fuerza de la costumbre, seguirán caminando hasta conseguir a la casa, ignorando el mal agüero de esa luz encendida. Acto seguido abrirá la puerta y la golpeará un olor plúmbeo, a pollo frito y pimple y ánimos exaltados.
La sala está vacía pero llena de humo, tanto que cualquiera diría que acaban de sofocar un incendio. Huele más a colillas que a tabaco, lo que quiere aseverar que llevan horas así: bebiendo un vaso tras otro, midiendo sus fuerzas, fumando como un par de presos en el patio. Desde la entrada de la sala echa un vistazo al mueble del minibar: calcula que faltan cuatro botellas, tal vez cinco, lo cual asegura turbulencia. Su observación acude rauda al perchero próximo a la estantería, donde su marido suele colgar la escopeta, pero allí solo hay un par de abrigos y una vieja bolsa de deporte. En el bolsa, su móvil de pantalla rota y conjunto renqueante ronronea. Sin duda es un mensaje del señorita de la estación de servicio: le gusta que le avise cuando llega a casa, cerciorarse de que todo marcha aceptablemente. Le preocupa, según dice, el trayecto que debe hacer a pie por la carretera, aunque empezó a escribirle el día en que ella le habló de su marido, y de su padre, y de lo que la demora de vez en cuando al retornar a casa. La mujer sonríe –aun sin interpretar el mensaje, su existencia es suficiente para acariciar su humor– e inspecciona el resto de la sala, silenciosa y cauta, en rastreo del desastre. Abre los armaritos, se asegura de la presencia de platos y vasos, confirma que el gas está cerrado. Tal vez, con suerte, su idea les haya llevado remotamente en esta ocasión: tal vez al desierto, a matar conejos a escopetazos, tal vez a disparar al depósito de agua de algún vecino odiado. La mujer suspira, se suelta el pelo para recogerlo de nuevo. Por fin, palabra.
–¿Hola?
Nadie alega.
Pregunta más parada.
–¿Hola?
Inmediatamente audición el ajetreo en el cochera, las risas sofocadas. Identifica sin duda los pasos del marido, rápidos y amplios, que se dirigen con destino a la puerta que conecta cochera y pasillo. Su capital asoma por el vano, redonda y luminosa como una bombilla a punto de explotar.
–Estamos jugando a poco –anuncia–. Ven.
La bombilla se esfuma sin esperar respuesta.
La mujer suspira, se quita los zapatos. Es la única de la planta que no lleva crocs, ni uno de esos zuecos exclusivos para el trabajo, así que cada día al conseguir a casa pasa un paño húmedo por los zapatos y les frota asfalto. Podría permitirse unos crocs, incluso unos ortopédicos, pero le parece un calzado demasiado triste, deshonroso, que le cuesta aceptar hasta en pies ajenos. Todo el pasta que consigue reservar va, por otra parte, a su conserva de colacao: ahí es donde se gesta el futuro, se dice, y no en las suelas plásticas de unos horribles crocs. Entra en el cochera despacio, sin formularse hipótesis. Sabe que adentro puede esperarle cualquier cosa.
El padre está sentado en una arnés de plástico, con un cigarrillo colgando entre los labios. El rostro abotargado, tirando a encarnado, revela que ha bebido más de lo que su cuerpo está dispuesto a sostener. Cabecea y la ceniza le cae sobre el regazo.
–Estamos jugando a poco –repite el marido, y posa las manos sobre los hombros del padre, que se despabila y asiente con repentina energía.
La mujer mira a su más o menos: el cochera se encuentra en un estado penoso, pero no más que de costumbre. De las estanterías asoman proyectos inacabados del marido, cadáveres de un entusiasmo a corto plazo: un trozo de caseta de perro, un destilador hecho polvo con el que a veces intenta destilar pimple, un cuadro de biciclo al que asegura le pondrá ruedas. En medio del cochera, cosa rara, está la arnés roja que normalmente tienen en el patio, en la que el marido limpia su escopeta y juega solitarios hasta enfurecerse consigo mismo. A veces, cuando ve al marido cargar con la escopeta y ese palo desprendido con el que limpia el cañón, desea que esa sea la ocasión en la que el arsenal le juegue una mala pasada. Luego se santigua, porque una cosa es planear huir con el señorita dependiente de la estación de servicio y otra desear la crimen de su marido, aunque su marido sea como es y no le ronde esperanza alguna de cambio.
–Siéntate –le dice el marido, y le señala la arnés roja como un dirigente a un empleado de futuro incierto.
Ella obedece, siente el tacto frío del plástico a través de los pantis.
–Hemos hecho una desafío –continúa el marido.
El padre asiente y de la boca le sale un sonido solemne, rudo, que la mujer sabe que es una risa pero que otros interpretarían como el mugido de un animal enfermo. El marido camina mientras palabra, dibuja círculos a su más o menos, mueve las manos hacia lo alto y debajo.
–Tienes en tus manos el honor de dos hombres –dice.
La mira a los fanales, esperando su reacción. La mujer no dice falta.
–Nadie menos que el honor de dos hombres –repite el marido, orgulloso de su propia frase–, así que tienes que meditar aceptablemente tu respuesta.
La mujer se arrebulla en la arnés, nerviosa. Normalmente es una mera espectadora de sus desbarajustes, un personaje secundario que vigila que el aventura no rebase la segmento de lo irreparable. No le interesa ese nuevo papel de protagonista que pretenden endosarle: de ningún modo quiere formar parte de los acontecimientos.
–Tal vez quieras una copa para ayudarte a pensar.
La mujer niega con la capital.
–No quiero falta –dice–, estoy cansada.
–Correctamente, aceptablemente –el marido estrecha los círculos en torno a ella y tras su cuerpo aparece siempre la observación del padre, obtusa pero atenta, subrayada por dos ojeras inflamadas como babosas negras y amarillas.
–Lo que queremos retener es –El marido da un sorbo a su vaso, se relame pasando la dialecto por dientes y encías– ¿a cuál de nosotros prefieres?
La mujer lo mira, sin conseguir a reaccionar. Luego mira al padre, desconcertada.
–¿Cómo? –¡A quién prefieres!– exclama el padre con voz rudo.
La mujer piensa unos segundos, valora sus opciones. En efectividad, se dice, solo hay una.
–Os quiero a los dos por igual –asegura.
El padre exhala de nuevo esa risa bronca que le sale de las profundidades del esófago como un reflujo estomacal. El marido da una palmada, que resuena en el cochera como un petardo.
–¡Sabíamos que dirías eso!
–Es que es la verdad.
–Esa verdad no nos sirve –sentencia el marido–. Necesitamos que seas más atrevida. Nosotros lo estamos siendo, ¿no es así? Al preguntártelo.
El padre asiente de nuevo, su capital cada vez más inmensa y pesada.
–Nadie de lo que digas tendrá consecuencias –sigue–, solo queremos saberlo. Nos hemos jugado pasta –añade, y señala con destino a un área entre las estanterías–, así que necesitamos una respuesta.
La mujer resopla, se levanta de la arnés.
–Esto es una tontería –dice.
El marido la sigue, la agarra por los hombros. No imprime demasiada presión con los dedos, pero no hace yerro. Resulta suficientemente intimidante.
–Solo te pedimos que te pongas ahí y lo pienses un rato.
"Voy a poner aquí un temporalizador de arena –anuncia el marido"
La mujer se sienta de nuevo, descenso la traza. Aseverar que prefiere a uno de los dos no es una opción, igual que no lo es explicar que no podría nominar, y no porque su sexo sea ecuánime sino porque los dos le resultan monstruosos desde hace tiempo. Siquiera es una opción replicar que en sueños reza para que en una de sus riñas acaben jugando al tiro al plato el uno con el otro, que no entiende cómo Altísimo tiene otras prioridades: no debe ser tan omnipresente como lo venden porque, si asomara por allí la capital, la libraría de esa tortura de inmediato. Como no puede aseverar falta de eso, sencillamente guardaspaldas silencio. En algún momento se cansarán y cambiarán de ocupación, o el padre se caerá claro y la desafío perderá todo atractivo.
–Voy a poner aquí un temporalizador de arena –anuncia el marido, y talego de su faltriquera el temporalizador de un mecanismo de mesa que robó en alguna parte–, y vamos a darte unos minutos para pensar antiguamente de darle la reverso. Una vez le dé la reverso tendrás solo treinta segundos para contestar. ¿De acuerdo?
La mujer mira a su más o menos, cuenta botellas vacías, una, dos, tres, cuatro, una casa de campo empezada; da un respingo cuando sus fanales se topan con la escopeta del marido, tirada en el suelo como un paraguas rancio. El marido se acerca a ella y chasquea los dedos encajado delante de su cara.
–¿De acuerdo?
La mujer levanta la traza, observa el rostro del marido. Tal vez, si le mantiene la observación, pueda conectar con su parte racional, con una neurona lúcida todavía viva. Debe estar ahí, en algún área tras sus fanales, atemorizada, tratando de sobrevenir inadvertida como la pupila del reformatorio a la que todas pegan. No parece dispuesta a salir a la palestra.
–Tengo sed –dice la mujer.
El marido suspira, menea la capital.
–Podrás escanciarse en un rato –dice–, cuando contestes.
El padre gruñe, dando su consentimiento. Se lleva su vaso a la boca, pero el acuosidad cae por su sotabarba y le mancha la camiseta blanca que, de todos modos, ya está llena de lamparones y restos de tomate frito. Cuando la matriz estaba viva, el padre no bebía tanto. No por respeto, sino por miedo: la matriz tenía gran destreza con el rodillo, que nunca usó para fines culinarios pero sí para hacer entrar en razón a quien hiciera yerro. Ella debería suceder heredado esa capacidad de la matriz para la violencia, suele pensar. Pero la genética la traicionó. Ella solo sabe reservar y desear en silencio, ser una mentirosa como todas esas mujeres manipuladoras y víboras a las que a menudo menciona el padre, aunque ella nunca ha pasado a ninguna otra mujer por allí.
Tal vez deba decidirse por uno de ellos. Al fin y al término, ¿qué puede suceder? No van a matarla, nunca le han tocado un solo pelo de la capital, aunque han estado a punto de prenderle fuego o tirarla al pozo, accidentalmente, más de dos y tres veces. Una vez el marido disparó tan cerca de ella que la tierra levantada por el impacto de la bala le entró en la hocico y estornudó. Se preguntó si eso era lo zaguero que muchos harían en sus vidas: estornudar antiguamente de advertir la casta escapando por el agujero de bala como por un desagüe. A lo mejor si se decide por uno, si les da lo que quieren, la dejan en paz. Es posible que el padre ni siquiera pueda levantarse. La pizca y el pimple lo han convertido en un peluche gigantesco y ajado, como esos que encuentran los niños del polígono en el vertedero, con los que juegan un rato antiguamente de decapitarlos y pasear sus cabezas en picas de palos de escoba. Pero nadie va a decapitar al padre. A veces a ella le parece que es un ser mitológico, una criatura inmortal que habitará para siempre en ese estertor comenzado hace abriles. De todos modos, el padre es ahora mismo el mal último. Es una cuestión de energía. Y está claro que la iniciativa ha partido del marido, que es otra de las ideas que su cerebro supura cuando el aburrimiento se resiste a ser descorazonado por vías más ordinarias. Eso es. Dirá que prefiere al marido porque están casados y ese es el vínculo más noble que existe. Que no lo dice ella, sino los curas, y hasta el Papa. Probablemente hasta Altísimo.
–Ya me he decidido –dice la mujer, y el marido se acerca a ella y se arrodilla, irresoluto de sus palabras como nunca lo ha estado.
–Delante –la anima–, palabra.
–Correctamente. Aunque os amo por igual a los dos, legado que queréis una respuesta, supongo que podría aseverar que prefiero a…
La mujer observa al marido, el rostro deformado por la tensión, las pupilas como dos perdigones mal tirados. Luego mira al padre: los fanales achicados, se ha aferrado a los brazos de la arnés como si fuera a amputar.
–¡Acento! –dice el padre, y agita las manos con las que agarra la arnés–, ¡palabra ya!
Cuando grita salen espumarajos blancos de su boca, visibles desde donde ella está. La arnés tiembla igual que en un terremoto. El marido se vuelve, irritado.
–¡Para, cojones! –exige–, ¡está a punto de decirlo!
Entonces se oye un clac, y el padre sale del trance. Levanta la mano derecha y el auxilio de la arnés se desdobla en dos: se ha partido por la presión de su agarre. Ahora la arnés es más inestable, y el padre sujeta todo su cuerpo sobre una centro, haciendo palanca con la pierna. Desde luego, tiene más fuerza de la que su aspecto da a entender.
–Venga, palabra –repite el marido, y pone las manos sobre las rodillas de la mujer.
Ella desiste, niega con la capital.
–No puedo nominar.
El marido da un adversidad en el suelo, la palma de su mano se llena de esquirlas y polvo.
Camina hasta el padre, inconsiderado.
–No vuelvas a destapar la boca –le ordena. Luego le sirve un vaso de ginebra, sin hielo, y se lo coloca en la mano. El padre da un sorbo entre gruñidos.
–Tienes que aseverar a quién prefieres –repite el marido.
–Quiero ir al baño –alega ella.
–¡No! –el alarido del marido restalla en el cochera con un eco metálico, los artilugios de las estanterías lo corean.
Ella cierra los fanales. Está cansada, muy cansada: las horas de trabajo, enredadas en los tobillos, comienzan a trepar por su cuerpo. Debería haberse ido con el señorita de la estación de servicio, que tiene un alojamiento en un pueblo cercano, una casa regular con su pequeño azotea, con su salón y su dormitorio doble, con esas cocinas americanas que dan un aspecto tan nuevo. Está orientado al este –le ha dicho él alguna vez– así que desayuna viendo salir el sol. La mujer se pregunta con destino a donde estará orientada su casa, si es que por allí sale además el sol, de esa forma naranja y roja de la que palabra el señorita de la estación de servicio, o si en su casa sencillamente el sol aparece, ya parada y severo, calentando el tejado de uralita y matando a los pájaros que anidan bajo sus esquinas. El marido le da una palmada en el hombro.
–Argumenta de una vez –exige–, tienes que replicar.
Luego cambia el tono, a un meloso tan industrial que hasta un nene lo desenmascararía.
–Audición, solo queremos retener a quién prefieres –dice–, solo porque nos hemos jugado pasta, ¿ves?, está ahí, en ese vasija sobre la estantería. En eso se friso todo esto. Solo tienes que dar un nombre, y luego podrás irte al baño o a donde quieras.
La mujer mira la estantería, se le corta la respiración. Ahí está su vasija de colacao. Su pequeño hacienda, su porvenir tiznado de restos de chocolate y azúcar en polvo. Trescientos euros conseguidos con tanto esfuerzo que nadie en su sano sensatez los habría escondido en esa casa, cerca de esos dos hombres. El marido la interroga con la observación.
–¿Quieres retener dónde hemos enemigo ese vasija?
La mujer guardaspaldas silencio, se mira los pies. Debería desmayarse, ¿por qué no se desmaya? Su padre palabra además a menudo de esas estúpidas mujerzuelas que se desmayan a la mínima provocación, pero ella nunca se ha desmayado, ni siquiera cuando la ocasión lo pide a gritos. Ni siquiera cuando su marido se mete en la cama con el aliento apestando a pimple y a manteca y con ganas de intimidad, ni siquiera cuando en la planta de despiece les llegan potros y ella tiene que separar la carreta delantera de la paletilla fina. Tal vez podría fingir un desmayo: así la dejarían en paz. O no. Tal vez sucediera encajado lo contrario.
Es entonces cuando lo escuchan. Al principio es un sonido alejado, pero aun así se eleva sobre el tráfico de la carretera. La mujer levanta la capital, el marido deja de dar vueltas a su más o menos. El padre, medio sordo, no acaba de comprender.
–¿Qué cosa pasa? –gruñe.
–Cállate –dice el marido.
El padre se arrebulla en la arnés, cada vez más cercana al desparrame. Musita poco ininteligible mientras otros sonidos llenan el círculo, sonidos claros que anuncian la presentación de alguno: unas ruedas que frenan sobre la grava, una puerta de coche que se abre y que no llega a cerrarse. Luego unos pasos que se apremian, prueba de la impaciencia del visitante.
–¿Quién concha viene? –pregunta el marido. Mira al padre, que, aún ofendido, se encoge de hombros.
La mujer observa la puerta, con tanta energía concentrada en los fanales que le parece que en cualquier momento verá a través de ella.
Entonces, alguno lumbre. Primero con los nudillos. Luego, frente a la yerro de respuesta, con el puño.
–¿Hola?
Las pupilas de la mujer se dilatan, sus pies se frotan uno contra el otro. Es el señorita de la estación de servicio, no le junto a duda. Su voz es tan cristalina, tan limpia como sus fanales. El marido la agarra del auxilio.
–¿Quién es ese? –berrea zarandeándola–, ¿quién cojones es ese?
La mujer no dice falta pero sabe que en su cara, de alguna forma, puede leerse una respuesta aproximada. El marido se incorpora, furioso, camina hasta la escopeta y se hace con ella, la carga al hombro como un conejo muerto. Luego abre la puerta del cochera, con tanto ímpetu que rebota y se cierra de adversidad. El padre ríe, columpiándose en la arnés; una pata se rompe y se queda así, inclinado sobre el suelo, carcajeándose como un alienado pese a la caída. La mujer agudiza el pabellón, pero no es capaz de escuchar falta. Entonces la puerta del cochera se abre de nuevo, y esta vez es el señorita de la estación de servicio el que aparece. Tiene los fanales tan abiertos que su cara entera parece otra: la frente arrugada, el mentón retraído, los labios temblando como adentro de un frigorífico. Luego de la capital del señorita aparece la boca de la escopeta, luego el cañón, el guardamanos, y por fin los dedos del marido y luego sus brazos y su capital, la mandíbula apretada y el sudor deslizándose por las patillas
"El marido apoya la escopeta en la estantería, escupe en el suelo" 
La mujer comienza a sollozar, se tapa la cara con las manos. Le sorprende poder hacerlo: todo el tiempo ha tenido la sensación de estar atada a la arnés, pero no es así.
–Muy aceptablemente –dice el marido al señorita–, ponte ahí, en el suelo.
Le señala al dependiente de fanales azules un sitio próximo al padre y su arnés rota, que él ocupa sin dejar de temblar. El padre lo observa como observaría a un foráneo. Se inclina para inspeccionarlo mejor, lo olfatea. El señorita, entre pálido y cetrino, aparta el auxilio de las agallas del padre.
El marido apoya la escopeta en la estantería, escupe en el suelo. Masca poco, aunque la mujer no recuerda que lleve falta en la boca. Tal vez sea su propia dialecto.
Su cara se ha vuelto colorado, de un tono que no parece humano.
–Muy aceptablemente, muy aceptablemente –repite el marido.
Luego mira al señorita.
–La cartera.
La mujer agita los hombros, tratando de contener los sollozos. El señorita rebusca en sus bolsillos, las manos trémulas. Le pasa al marido una cartera verde y amarilla, que la mujer ha pasado algunas veces y que le parece muy bonita, con una tabla de surf bordada. La primera vez que vio aquella cartera pensó que su dueño, a más de 200 kilómetros de la costa más cercana, debía tener un espíritu ingenuo y soñador, y eso la conmovió.
El marido abre la cartera, rebusca en su interior. Talego un billete de cincuenta euros y otro de diez.
–Suficiente –dice, y camina hasta la estantería. Allí abre el vasija de colacao, introduce los nuevos billetes en su interior.
Luego se acerca a la botella y sirve otro vaso de ginebra, hasta el borde, además sin hielo. Avanza hasta el señorita de la estación de servicio, se agacha para ponerse a su cúspide. Le ofrece el vaso.
–Cógelo –ordena.
El señorita lo agarra, desconcertado.
–Bebe –dice el marido.
El señorita da un sorbo, parte del acuosidad se le escurre por el mentón.
–¿Así aceptablemente?
–Sss sí –susurra el señorita.
El marido asiente, complacido. Luego mira a la mujer.
–Correctamente –dice–. Volvamos a despuntar. ¿A quién prefieres?
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