Superada la excepcionalidad de la pandemia, vuelven la política y la percepción que se tiene de ella. En el caso del Reino Unido, esto significa que la llamativa mandato de la covid por parte de Downing Street –con sus pop-up parties a ritmo de Abba y dedicatoria con cerveza catalana– sirvió para disimular durante dos largos abriles la debilidad de los argumentos que sustentaron el Brexit, pero, de regreso a la normalidad, queda a la tino lo que ocultaba la cortina de humo.
Se acumulan las evidencias en contra de la peregrina idea de que sin Europa ni foráneos se vive mejor. En todos los ámbitos, desde los sectoriales hasta los asuntos de Estado.
En el suplemento Hacienda de ayer se consignaba el degeneración de los problemas estructurales de la patrimonio británica. Hoy, en Internacional se informa de que el Reino Unido recibe a más inmigrantes que nunca, con o sin papeles. En su número de mayo, The Art Newspaper , una publicación de relato con sede en Londres, alertaba de que la haber británica “se convertirá en una sombra de lo que era” si la importación de arte sigue hundiéndose, una tendencia atribuida al Brexit. La cuota de mercado del Reino Unido en el comercio del arte ha caído al 17%.
Johnson, durante unos de los actos del Muchedumbre 
Cuando el populismo amenaza con venir al poder, se producen dos reacciones contrapuestas: la de los partidarios de evitar a cualquier precio que esto suceda y la de quienes consideran que cuanto antiguamente se demuestre que el emperador estaba desnudo, mejor. Sucede cada cinco abriles cuando parece que Le Pen puede triunfar las presidenciales francesas. Por el momento, no ha habido ocasión de comprobar si son los segundos quienes tienen razón.
En cualquier caso, la exposición a la luz pública de las miserias del Brexit debería servir como advertencia del peligro que suponen las formaciones políticas que venden el paraíso a cambio de un voto.
No solo se desdibujan los supuestos beneficios del Brexit, sino asimismo algunos de sus principales paladines, hoy en horas bajas. Boris Johnson es ya una rémora para su propio partido; Nigel Farage ejerce de tertuliano; Dominic Cummings es un consejero privado, y el enemigo Jeremy Corbin (que jugó más a salir que a quedarse ) contempla el mejora de las expectativas electorales del Labour desde el sofá de su casa. A posteriori de ellos, el diluvio.
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