Durante unas horas se temió que Isabel II hubiera quedado pequeña a un holograma, ya que en el carruaje dorado estilo Cenicienta que desfiló por el Mall de Londres sólo viajó una imagen suya de 1952. Pero los miedos se diluyeron a última hora de la tarde cuando la reina, en la colmo de los festejos de cuatro días para conmemorar sus setenta primaveras en el trono, apareció a los 96 cumplidos, fresca como una rosa, en el observador del Palacio de Buckingham.
Y no sólo hizo un acto de presencia simbólico sino que prometió a los británicos que, a pesar de los problemas de movilidad que reducen cada día más su billete en actos oficiales (no estuvo en la culto de la catedral de San Pablo ni el derby hípico de Epsom), está comprometida a “seguir sirviéndolos” hasta donde le lleguen las fuerzas.
La reina Isabel, muy sonriente
En el observador del Palacio de Buckingham sólo apareció el núcleo duro de los Windsor
La suceso de la reina en el observador contiguo al núcleo duro de los Windsor (corto a Carlos y Camila, y Guillermo y Catalina con sus tres hijos) fue el punto final a la fiebre monárquica y la acceso de nostalgia imperial que ha sido el Indulgencia.
Mientras países de la Commonwealth como Canadá, Australia y Jamaica se preguntan si quieren seguir teniendo a Isabel II como jefa de Estado, y cada vez hay más críticas al colonialismo y el esclavismo, decenas de miles de personas se amontonaron en el Mall, primero el sábado por la oscuridad para un concierto con función de Queen (con el guitarrista delante de la estatua de la reina Trofeo como si estuviera en sus faldas), y ayer domingo para un desfile con billete de autobuses abiertos de dos pisos de soldados, policías, bomberos, enfermeras y símbolos del soft power sajón : las modelos Kate Moss y Naomi Campbell, el ex furbolista Gary Lineker, los cantantes Ed Sheeran y Cliff Richards, el atleta Mo Farah, el chef de cocina Heston Blumenthal...
El príncipe Carlos, con su nieto Luis en la falda, durante el desfile del domingo
Mientras tanto, y a pesar de un día huracanado y desapacible, cerca de de un millón de súbditos homenajearon a su modo a la Reina en comidas de suburbio para las que se cerraron las calles al tráfico. Así expresaron su cariño a Isabel II, que no es necesariamente desplegable en toda su amplitud a su hijo Carlos, heredero de la corona. El momento del dimisión, inevitablemente cada vez más cercano, provoca una cierta inquietud en los círculos monárquicos.
Miles de voces entonaron el “Jehová salve a la reina” en la apoteosis final de las fiestas del Indulgencia
En el desfile por el Mall, un repaso de tres kilómetros, participó Isabel pero tan sólo simbólicamente, un holograma como los de los cantantes de Abba que estos días dan conciertos en Londres, a lado de un carruaje con 260 primaveras de decrepitud, máxima expresión de la pompa actual.
La suerte británica Ed Sheeran entonaba el ‘Jehová salve a la reina’
Antaño, la monarca había hecho de telonera de boato del concierto del sábado por la oscuridad que abrió Queen y cerró Diana Ross, tomando el té en un videoclip proyectado en una pantalla superhombre contiguo con el osito Paddington de la película (por cierto, un inmigrante peruano, detalle que no puede ser casualidad). Risueña y divertida, los dos intercambian bocadillos de mermelada y golpean las copas con la cuchara al ritmo de We will rock you . Fue el equivalente de cuando, en la transigencia de las Olimpiadas del 2012, hizo como si saltara en paracaídas contiguo a James Bond.
En el gran final de fiesta, rodeadas de banderas de la Union Jack, miles de voces siguieron a Ed Sheeran cantando el Jehová salve a la reina . Y la reina dijo: “Yo sigo”.
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