La expresión "meterse en camisa de once varas" y el extraño ritual que lo originó

En El quemadero de la cruz: víctimas sacrificadas por el Tribunal de la Inquisición, una novelística de 1860 del escritor independiente Antonio Ribot y Fontseré (1813-1871), aparece una ingenioso mención a la expresión “meterse en camisa de merienda varas”. En el texto, el doctor le dice a Lola, una de sus pacientes: “Quiero opinar que no os metáis en camisa de merienda varas, aunque una camisa de merienda varas no me parece demasiada camisa para vos”. “No os comprendo”, asegura ella, a lo que el doctor zanja: “Me explicaré con más claridad. No os metáis en lo que no os importa, en lo que no os va ni os viene”.

El fragmento sirve para recapacitar el significado del modismo. Según la Verdadero Agrupación Española, alude a “inmiscuirse en lo que no le incumbe o no le importa”. Más preciso que este, el otro significado que le dan la mayoría de los lingüistas es “meterse una persona en asuntos o problemas que no conoce, que no le competen o que no reportan ningún beneficio”.

Pero ¿de dónde sale esta fórmula? Al deletrear el diálogo de Ribot y Fontseré, se adivina poco más que la talla de Lola. Más de uno habrá caído en la cuenta de que la palabra “vara” hacía remisión en otros tiempos a una mecanismo de medida. Se usaba en la Castilla medieval para cronometrar las piezas de confección de ropa, equivaliendo una vara a 83 cm actuales (aunque, dependiendo de la zona, hay distintas medidas). Luego, merienda varas son poco más de nueve metros, sin duda demasiado para una camisa.

De este modo, en la civilización popular castellana, “merienda varas” acabó de forma natural asimilado a aquello que es excesivamente sobresaliente. Al ganancia de la que aquí discutimos, florecieron en Castilla un sinfín de frases hechas en este sentido. En Cápsulas de jerga: Las palabras y sus historias (2014), el filólogo mexicano Arturo Ortega Morán cita un par de ellas. De quien era muy hablador se decía que tenía “pico de merienda varas”, o “jerga de merienda varas”.

Aunque interesantes, estas últimas son expresiones que ya nadie usa. No como “meterse en camisa de merienda varas”, que sigue estando en vigor. Aunque podríamos deducir su etimología, en este caso no será necesario, pues conocemos aceptablemente sus raíces. Para comprender su origen deberemos referirnos a un excéntrico ritual de asimilación que se celebraba en la España medieval.

Cuando una tribu tomaba en su seno a un hijo adoptivo, era costumbre que el padre lo hiciera sobrevenir por el interior de una camisa de grandes dimensiones –de ahí las merienda varas–, hecha para la ocasión. El irreflexivo o pupila entraba por una de las mangas y salía por el otro extremo, tras lo cual el cabecera de tribu le daba un beso en la frente. Un ritual antiquísimo que pretendía luchar el parto.

El ejemplo poético más conocido de esa costumbre aparece en un texto desconocido de 1344. El documento narra el momento en que Mudarra, el hijo adulterino de Gonzalo Gustioz, es acogido por Sancha Velázquez, su madrastra. Un acto de desprendimiento por su parte, pues el retoño había nacido del vientre de una mora mientras su marido estuvo en cautiverio de Almanzor. Más tarde, en lo que se conoce como la epígrafe de los siete infantes de Lara, el adolescente Mudarra hará conciencia con quien mató a sus siete hermanos y llevó a su padre al cautiverio, matando a Ruy Velázquez.

Leyendas al ganancia, como explicó el lexicógrafo José María Iribarren, del mencionado ritual adoptivo nació el significado de la expresión. Al fin y al final, adoptar a un hijo es siempre un batalla. Igualmente, en la mentalidad medieval, asimismo lo era para el que se dejaba adoptar, si es que lo hacía esperando matar con sus penurias económicas. Por una razón u otra, explican los lingüistas, la expresión se extendió a todo aquel que acomete empresas difíciles.

Existe otra explicación para la expresión, aunque menos popular entre los expertos. Algunos han propuesto que originariamente se tratara no de “camisas”, sino de “cañizas”, unas corralizas temporales que los pastores castellanos construían cuando pastoreaban su torada.

Lo que para las telas de costura es mucho, para las corralizas resultaría ser poco, pues con merienda varas no se puede hacer mucho redil. Puntada imaginarse a un pastor intentando meter un torada en poco más de cinco metros cuadrados...

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