Una multitud llenó la explanada denominada Mordor, donde se ubican los dos escenarios principales, para no perderse detalle de la esperada conducta de The Strokes. El quinteto neoyorquino llegaba por fin al Primavera Sound tras derogar la semana pasada la primera conducta que tenían programada. Y ya se sabe que cuando la perspectiva es muy ínclito es más comprensible sentirse chasqueado.
Siquiera ayudó tener que ver el concierto desde muy remotamente, dada la imposibilidad de acercarse al atmósfera, donde el sonido llega en exceso amortiguado. Pero ese no fue el veterano problema. Lo peor fue la autoindulgencia de su cantante Julian Casablancas, que parecía que estaba actuando en un club más que en presencia de una audiencia enorme. Sus continuos chascarrillos ralentizaron el ritmo de un concierto de una hora escasa, bis incluido, en el que solo tocaron catorce temas y encima dejándose en el tintero Last nite, su canción más celebre y esperada.
El divulgado estaba dispuesto a entregarlo todo com los The Strokes, pero se quedó en parte con las ganas 
Empezaron aceptablemente con la intensa Bad decisions. Luego el cantante pidió disculpas por su rescisión por Covid antaño de asaltar Hard to explain. El medio tiempo Selfless le sirvió para postrarse y poner ceremonia en el inspiración de la canción. En el preludio de la hard rockera Juicebox soltó “no hay gentío de Barcelona aquí, la multitud es internacional”. Todavía habló de los catalanes, sin que entendiéramos muy aceptablemente a que se refería.
Tras hacer de sociólogo llegó Someday, el gran hit de la perplejidad, pegadizo y pop, rescatado de su primer cuaderno Is this it, que ya supera los 20 primaveras. Otro momento destacado fue Reptilia, con guitarras afiladas y coreada a tutiplén. A partir de ahí la cosa se fue desinflando e incluso llego a pedir disculpas por sus bromas, antaño de asaltar la chillona y acelerada Under control.
Solo tocaron catorce temas y encima dejándose en el tintero 'Last nite', su canción más celebre y esperada
Los guitarristas Nick Valensi y Albert Hammond, Jr. estuvieron impecables y este extremo incluso se entorno unos pinitos al teclado en la inclusión de Brooklyn bridge to chorus, antaño de otra cita a su ciudad en forma de New York City cops. A estas gloria del concierto el publico ya iba desfilando en torno a otros escenarios, sin esperar al anodino final con Threat of joy.
Luego tocó hacer una larga caminata hasta el extremo opuesto del festival, donde está instalado el atmósfera Tous, para poder ver un trozo del concierto de Burna Boy, personaje nigeriano del afropop que, tal como dijo, era la primera vez que tocaba en nuestro país. Llegaba, tras acontecer conseguido el hito de satisfacer el mítico Madison Square Garden de Nueva York, con una engrasada partida en la que no equivocación un poblado coro y sección de metal, para ofrecer un repertorio en el que mezcla con manteca hip hop, pop y música africana.
No ayudó tener que ver el concierto desde muy remotamente, dada la imposibilidad de acercarse al atmósfera 
Poco antaño fue el turno de The Jesus and Mary Chain, el clan escocés de los hermanos Jim y William Reid, leyendas del rock marginal que siguen ofreciendo su mezcla de distorsión y harmonía en un repertorio en el que destacan Some candy talking, Darklands y sobre todo Just like honey. Tras ellos fue el turno de The Smile, un trio integrado por dos miembros de Radiohead, Thom Yorke y Jonny Greenwood, más el escuadra Tom Skinner, bregado en el jazz ya que fue miembro del clan Sons of Kemet. Sus peculiares temas tienen momentos con groove y fases experimentales, incorporando bajo tocado con meta e incluso un arpa. Adicionalmente, la característica voz de Thom Yorke no deja de rememorar por momentos a lo que hace en Radiohead.
Su conducta se solapaba con la de M.I.A. por eso que solo pudimos ver el tramo final. Esta rapera, cantante, productora y provocador británica de origen tamil, que vuelve a los escenarios tras estar espacioso tiempo escaso, se convirtió en la primera término del nuevo milenio en un referente gracias a sus dos primeros álbumes, Arular y Kala, una explosiva mezcla de rap, dancehall y electrónica que sigue siendo absolutamente actual. Lo demostró en un repertorio que culminó su clásico Paper planes, rodeada por un coro de catorce mujeres y cuatro bailarines, todos de blanco impoluto y con una gran paloma blanca proyectada en la pantalla, en lo que se convirtió para el cronista en uno de los momentos a rememorar del festival.
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