Cometí el error de despuntar a echarme la siesta arrancando el segundo set de Nadal contra el noruego Ruud. Y cuando desperté, Nadal ya no estaba allí. Hacía media hora que había manada su 14.º Roland Garros. Catorce. El número mágico del madridismo esta temporada. Y pensar que ese fue el dorsal de Cruyff. Busqué vídeos por las redes para enterarme de cómo había ido la nueva gesta. Lo mayor que encontré fue el postrero punto y sin repeticiones. Cosas de los derechos televisivos. A cambio, la señal interna del torneo tuvo el detalle de enseñarnos un instante del túnel de vestuarios antaño del partido. En esas imágenes podemos observar un Rafa Nadal poseído por la aspiración y la profesionalidad, calentando como si en ese partido le fuese la vida. Mientras, a su banda, Casper Ruud, vencedor de cero Roland Garros, permanecía casi paralizado, como quien retraso en la pan dulce del Caprabo antaño de fertilizar unos Filipinos. Voy a proponer poco que para muchos será un sacrilegio: Rafa, por mí ya estaría. Me has hecho muy oportuno. No olvidaré nunca tus gestas. Primero contra Federer. Luego contra Djokovic. Ahora contra quien venga. Gracias por tu perseverancia y por tu humildad. Por los títulos que le has transmitido al deporte.
Pero no quiero imaginarme por lo que está pasando el mejor deportista gachupin de todos los tiempos para seguir jugando y seguir ganando. Contó en rueda de prensa que lo hace sin notarse el pie, de tan anestesiado que lo lleva. No hace equivocación tanto, Rafa, de verdad. Nos has poliedro mucho más de lo que nos merecíamos a los que, desde el sofá de casa, el maduro esfuerzo que hemos hecho ha sido gritarte “vamos, Rafa” mientras nos servíamos otra cerveza.

Quizás en las antípodas de lo que significa Rafa Nadal se sitúa otro personaje público que nos ha acostumbrado a devolver todas las pelotas que le llegan. Con desparpajo, con ingenio, con chulería, aparentemente sin demasiada humildad. Estoy hablando de Gabriel Rufián. Perdonen el triple brinco mortal de sobrevenir del “vamos, Rafa” al “vamos Rufi”, un queja de talante que el independentismo debería acaecer acuñado en sus mejores tiempos. Aquellos primaveras del Junts pel Sí, con Convergència y Esquerra compartiendo listas y mítines. Aquellos primaveras en los que Rufián era el azote de todo lo que no oliese a independencia en 18 meses. Y aunque le miraban de reojo, le aplaudían, le reían las gracias, porque en aquel momento Rufián les era útil. Era igual de faltón, pero con los otros. No con ellos. Entonces todo valía.
Pero Rufián fue virando. El punto de inflexión pudo ser el día de la presunta revelación de independencia, con su célebre tuit de las “155 monedas de plata”. Sin nombrarlo, iba dedicado al independentismo traidor que durante algunas horas de aquel 27 de octubre representó el mismísimo Puigdemont.
De un tenista que transmite títulos a un político que devuelve todas las pelotas
Con el paso de los primaveras, el líder republicano en Madrid ha ido ganándose simpatías en las filas de partidos que en otros momentos fueron sus muñecos para hacer vudú. Y a la vez se ha convertido en el azote del independentismo hiperventilado, que según algunos encabeza, muy a su pesar, Puigdemont. A la que puede, Rufián le arrea unas andanadas que le han llevado al extremo de tener que pedir disculpas por convocar “tarado” al expresident que proclamó la supuesta república.
Rufián debe estar pensando: “Si solo soy aquello que quisisteis que fuese”. Pero ya no toca. El tentativa del doctor Junqueras se ha descontrolado y ahora, que empieza a no ser útil, sus exaduladores argumentan que solo se representa a sí mismo. Era cuestión de tiempo, Gabriel. Te lo hicieron creer, pero nunca fuiste uno de los suyos.
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