Nos adentramos en el inicio de experiencias tecnológicas de simulación que desbordan lo conocido hasta ahora. No solo porque pueden sustituir la experiencia sensible y cognitiva basada en la corporeidad física, sino porque tienen capacidad para especular sin interrupción temporal y configurar de forma permanente un mundo imaginario paralelo al existente. De este modo, la hipótesis de simulación que anticipó cinematográficamente Matrix se ha conocido plasmada en la ingenuidad. Podríamos portar mentalmente en el interior del perímetro impermeable de una ingenuidad paralela todo el tiempo que quisiéramos. Admisiblemente con implantes cerebrales, correctamente mediante diademas o dispositivos análogos.
La causa de esta disrupción está en los avances de la neurociencia, que ha creado interfaces cerebro-máquina que alteran y modifican las capacidades cognitivas y sensoriales del ser humano. Hasta el punto de producir lo que David J. Chalmers denomina reality+ . Una experiencia inmersiva que disloca totalmente la interacción natural del cuerpo con la mente. Primero, porque nos desplaza cognitivamente fuera de las dimensiones del mundo físico. Y segundo, porque la mente es realojada en el interior de una ingenuidad digital en la que interactuamos con otras mentes bajo los parámetros de una identidad que elegimos con la imaginación. Hablamos, luego, de una simulación digital que permite a nuestra personalidad psíquica portar, tras codificarla en datos, a una ingenuidad imaginario alojada en el interior de una nubarrón que es propiedad de la plataforma que produce el simulacro y que lo administra en términos empresariales.

Metaverso es un anuncio achicopalado de esta ingenuidad plus que comentamos. Sobre todo porque las capacidades técnicas que las grandes corporaciones podrán desarrollar en el futuro a través de este maniquí de negocio de simulación están mucho más avanzadas de lo que reconocen a través de sus actuales propuestas de comercialización. Estamos, luego, frente a poco que ha dejado de ser mera ficción especulativa para convertirse en una posibilidad existente de negocio. De este modo, se consumaría aquello que denunciaba Baudrillard cuando reconocía en los ochenta del siglo pasado que bajo el capitalismo consumista el simulacro de los objetos y de las identidades había dejado de ocultar la verdad, pues esta última lo que escondía era su propia inexistencia. Huérfanos de ella la conclusión era evidente: el simulacro había pasado a ser lo único efectivo. Ahora, bajo la revolución digital, la conclusión de Baudrillard sería todavía más radical: la verdad será metaverso.
Bajo la ingenuidad plus que comentamos, nos estaríamos asomando a un losa inmersivo que podría succionar la experiencia corpórea de lo humano y transformarnos en una simulación digital de nosotros mismos. Al brindarnos la técnica esta posibilidad, estaríamos desbrozando el camino con destino a un reseteo fáustico de nuestra identidad. Primero, porque la basaríamos en una hegemonía de lo cognitivo y, segundo, porque, al hacerlo, desecharíamos el cuerpo como una reliquia evolutiva de la que prescindir. Entre otras cosas porque su ofensa físico con la existencia y las enfermedades sigue lastrando nuestras expectativas de supervivencia como especie.
La hipótesis de la simulación posthumana cobra fuerza con las propuestas de aplicaciones inmersivas
De este modo, se estarían sentando las bases de un utopismo digital que plasmaría la hipótesis cartesiana de comportarse bajo el simulación sistemático de un carácter maligno que nos hace creer que existimos, cuando solo somos un sueño producido por él. Una hipótesis que sirve a filósofos posthumanistas como Nick Bostrom para demandar que los seres humanos nos transformemos en criaturas empíricamente computacionales. Con este viraje ontológico evitaríamos la amenaza de agonía que pesa sobre la especie conveniente a la confluencia de riesgos existenciales asociados a la crisis climática, las pandemias, el agotamiento de los bienes naturales o la hostilidades nuclear.
La hipótesis de la simulación posthumana cobra fuerza con propuestas como metaverso y otras aplicaciones inmersivas semejantes. La cuestión está en aprender si vamos, o no, a permitir que un brinco disruptivo de estas características se valide por el éxito de su comercialización en el mercado digital. ¿Aceptaremos como sociedad que un cambio de modelo en términos psíquicos, emocionales y cognitivos se produzca sin un debate político y sin control tolerante de vigencia?
Que Oeste no se pregunte qué hacer frente a el aventura de una humanidad simulada es inquietante
Que China perfeccione su sistema absolutista impulsando aplicaciones que modelen cognitivamente a su sociedad mediante los patrones confucianos de partido y liderazgo únicos está, por desgracia, en su ADN político y cultural. Pero que Oeste no se pregunte siquiera qué hacer frente a el aventura de una humanidad simulada es inquietante. No solo porque descubre la brutalidad cultural y el nihilismo sobre el que se asienten nuestras sociedades democráticas, sino porque demuestra que necesitamos un humanismo tecnológico que difunda una civilización de derechos digitales que nos protejan ayer de que sea demasiado tarde.
Ya hemos dejado que sucediera ayer y, por eso, somos víctimas de las consecuencias. Hilván recapacitar que dejar en monopolio a la iniciativa privada la gobierno de la transformación digital de nuestras sociedades nos ha llevado a convivir con situaciones de monopolio, con déficits sistémicos de desigualdad, de privacidad y emancipación crítica, así como con dinámicas de polarización y desinformación, que han favorecido la percepción en la opinión pública de que es suficiente cierta la parecer de Berners-Lee, el fundador de la web, de que el sistema está fallando. Entre otras cosas, por permitir una deducción tecnolibertaria que maximiza y automatiza nuestra identidad digital bajo claves consumistas y utilitarias, al tiempo que jibariza nuestras dimensiones personales y ciudadanas.
Delante hipótesis de simulación sofisticada que desbordan los marcos de protección de la intimidad, debemos demandar control tolerante, regulación y vigencia. Con ello no estoy diciendo que haya que impedir experiencias de ingenuidad plus por principio, pero siquiera permitirlas sin evaluar políticamente sus consecuencias. Conforme a un principio de responsabilidad democrática estamos obligados a atreverse si admitimos poco así, o no. Y, en su caso, en qué condiciones y con qué fines afrontaremos un alucinación con destino a un destino repleto de oportunidades, pero de incertidumbres y riesgos además. No solo como individuos o personas singulares, sino como parte de una especie expuesta a la posibilidad de estar sustituida por un simulacro computacional de sí misma.
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