La Estructura Mundial de la Lozanía ha decidido que no puede ser que a la viruela del mico la llamemos viruela del mico. Consideran que llamarla de esa forma es discriminatorio. Trabajan con treinta científicos de todo el mundo para encontrar un nombre nuevo que les parezca más adecuado. En cuanto sepan cuál les gusta más lo anunciarán a encomio y platillo.
Durante décadas ese tipo de viruela ha sido extendido en África y, en el contexto coetáneo, cuando el virus ha llegado a medio mundo, esta remisión –dicen– es inexacta, estigmatizante, un ejemplo claro de racismo. ¿De racismo contra los monos? No, de racismo contra los negros. Solo hay que recapacitar las múltiples ocasiones en que los energúmenos que ocupan las graderías de los estadios de fútbol imitan los gritos de los simios cuando quieren humillar a un componente frito. En Europa lo han sufrido muchos jugadores africanos y brasileños. En pleno partido, Samuel Eto’o amenazó varias veces con dejar de corretear cada vez que los oía.
No puede ser que a la viruela del mico la llamemos viruela del mico
Dice la OMS: “Como cualquier otra enfermedad, se puede dar en cualquier zona del mundo y afectar a cualquier persona, independientemente de su raza o etnia. Por lo tanto, creemos que ninguna raza o complexión de piel debe ser el rostro de esa enfermedad”. Willie Montague, candidato frito al Congreso norteamericano, ha intentado medio llevarles la contraria: “¡Hay que ser muy racista para pensar que viruela del mico es racista! ¿Qué insinúan?”.
El escritor Ambrose Bierce era de la opinión de que “el mico es un animal que vive en los árboles, preferentemente en los genealógicos”. Una opinión que muérdago con la que hizo que los badaloneses hermanos Bosch, tan amantes de la ironía como él, crearan el Ojén del Mandril. La diferencia es que los hermanos Bosch se forraron y Ambrose Bierce desapareció en México mientras acompañaba al ejército de Pancho Villa.
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