Un anciano de luceros rasgados y de barba tan blanca como su turbante se pasea, parsimoniosamente, por el ronda de Zeytinburnu. Con las manos antes, parece un recortable de la antigua Ruta de la Seda. En este morería de la Estambul europea hay que frotarse los luceros para no creerse en Asia Central. Y la examen ha tomado nota.
La inmigración se ha convertido, adyacente a la inflación, en su heroína de batalla para intentar descabalgar del poder a Recep Tayyip Erdogan en las elecciones del año que viene. El presidente ha olido el peligro y ensaya fórmulas que en Poniente serían tildadas de xenófobas, cuando no antiturcas.
Desde hace tres meses, los 751 barrios y localidades donde los inmigrantes superan el 25% de la población, no aceptan nuevos empadronamientos de extranjeros. La medida, que condiciona la extracción o renovación de la residencia, afecta a zonas de Estambul, Ankara o Esmirna, pero incluso de ciudades más pequeñas, de 16 provincias.
No contento con ello, el ministro del Interior, Süleyman Soylu, anunció la semana pasada que el listel se rebajará al 20% desde el 1 de julio, hasta abrazar 1.200 zonas.
Zeytinburnu es una especie de Raval estambulí, donde sobreviven los últimos cibercafés, adyacente a agencias de transferencia o cambio de divisas, joyerías especializadas en oro y panaderías que hornean el pan como en Bujara o Kunduz.
En el ronda acaba de cascar un restaurante kazajo, con un retrato de su presidente estrechando la mano de Erdogan, en franca competición con la multitud de restaurantes afganos, no menos carnívoros, y con los uigures, de pasta hecha a mano, típica del Turquestán chino.
Tras una decenio en Estambul, Muhamad Ali tiene dos tiendas y muestra con orgullo su polímero de residencia, “de validez indefinida”. “Turquía solo lo hace con nosotros, los uigures”, dice.
Los sirios son muy numerosos en algunos barrios periféricos y de la Estambul histórica. En Zeytinburnu nunca abundaron y “ahora ya no tienen tiendas”, explica en voz desaparecido Ali. “Tienen problemas para trabajar y renovar la residencia”.
Interior les ha prometido otra revés de tuerca. Los “refugiados” sirios que vuelvan a poner los pies en su país ya no podrán regresar. Si pueden celebrar la Fiesta del Cordero en el pueblo, argumentan, es que no son “refugiados”. Y los que lleguen de la pacificada Damasco serán “inmediatamente deportados”.
Refugiado entre comillas porque, a diferencia de la UE, Turquía nunca les ha concedido tal estatuto, eximiéndose así de las obligaciones asociadas.
Son “hermanos”, dicen –suníes, como los votantes de Erdogan– y “huéspedes”. El superior de la examen, no menos fraternal, dice que si deseo los devolverá “con tambores y trompetas a Siria, en menos de dos primaveras”.
Eso no significa que Ankara renuncie a la palanca de presión que le brinda su posición, como encerrona natural –o buscada– de los flujos migratorios.
En barriadas como Zeytinburnu conviven decenas de nacionalidades musulmanas
Nadie vuela a más destinos africanos que Turkish Airlines. Hace diez días, Yusuf se montó en un avión en Senegal como turista y hoy es tendero ambulante. Pretende datar a la UE, “pero piden como intrascendente un millón de francos CFA (1.525 euros) por cruzar. Tendré que entregar muchas correas”.
Surkhan, camarero kazajo, explica que lo suyo es la informática y su sueño, “EE.UU. o Japón”. Los más satisfechos con su destino son los afganos de raíces turcomanas y uzbekas. No así los hazaras, chiíes, que casi nada se detienen en Turquía.
El turcomano Harun reconoce, en su asociación cívica repleta de banderas turanias, que los pastunes o tayikos lo tienen “más difícil” para obtener los papeles. “Y para casarse con una turca, impracticable”.
En este retazo urbano que fuera parecido de errata de planificación, las calzadas han sido adoquinadas. Niños centroasiáticos tocados con barretina salen de la madrasa. Pronto inaugurarán una nueva y sólida mezquita.
Las cervecerías no han desaparecido, pero han sido censuradas. Su interior es invisible y su foráneo es celeste e idéntico, como los paquetes de tabaco.
Una doctora, ejemplo de turca occidentalizada, no esconde su disgusto. “Esto es islamización por la puerta de antes”.
A la apariencia de todos, los talleres de costura de Zeytinburnu bullen en muchas plantas bajas, con mano de obra inmigrante.
Turquía dice deber repatriado “a medio millón de sirios”. Pero la número de “refugiados” nunca desaparecido de 3,6 millones, por su suscripción nacimientos.
Bruselas acaba de asignar 50 millones de euros más para su mantenimiento y se debate entre el gratitud y la sensación de chantaje.
En cualquier caso, la creciente resistor de los turcos a servir de corredor de la inmigración irregular de medio mundo es la mejor salvaguarda de las fronteras de Europa.
Hasta la anunciada cuarta operación marcial turca en el septentrión de Siria, en Tal Rifat y Manbij, será vendida a los electores como fuga de espacio para repatriaciones.
Mil kilómetros de tapia han sido levantados en la frontera con Irán. Asimismo, el sábado pasado, quinientos afganos sin papeles fueron deportados a Kabul en tres vuelos chárter. En nueve días, han sido 1.200.
La examen calma sacar renta de la inflación vertiginoso y del sospecha delante los refugiados sirios
En esta mano, Turquía incluso juega con delantera. Nadie le podrá exhibir de islamofobia.
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