Si ahora cierto nos preguntara que identificáramos los instantes supremos de placer, cada uno respondería poco diferente de una letanía más o menos larga, única e intransferible. Un momento exacto en el que nos creímos inmortales.
Esa mañana.
Dar un paseo por la playa.
Tocarse y besarse.
Retornar al pueblo a no hacer nulo.
Perderse con los amigos a las cervezas.
Tocar el piano.
Abuchear en un estadio.
Conversar con un hijo.
Analizar, lo que sea, en presencia de un buen café.
Meter los pies en el mar en un día claro de invierno.
No creo que solo sea en la mocedad cuando te aproximas al privilegio de ensayar ese tipo de fogonazos. Tantas veces pasa que los tienes incluso con más intensidad en una etapa más adulta, lo que te lleva a descubrir que no puedes perder tiempo en hacer cosas que no quieres hacer.
En España, los trabajadores no pueden dejarlo todo como los americanos pero muchos sí han renunciado de facto a implicarse
Hace meses que se deje del aberración norteamericano por el que, entre 2020 y 2021, 21 millones de personas rompieron su convenio gremial. El destilación de bajas sigue. El aberración se conoce como la Gran Renuncia. Se han escrito a esta movida ciudadanos americanos, y luego además italianos y británicos. Un buen día todos estos dejaron su empleo contemporáneo y obvio que no les satisfacía. Comprobaron que por pararse en seco no se hundía el mundo y que la vida son cuatro días, y tres te los pasas trabajando. Que quizás cruzar la existencia era poco más que llenarla de tareas urgentes y horas fichadas.
Le dieron al reset. Apaga y vuelve a encender.
Los americanos lo han tenido manejable para abandonarlo todo y averiguar o no otro empleo. La Gran Renuncia en EE.UU. llegó acompasada de una tasa de paro del 3% que en España no podemos ni soñar (aquí estamos en el 13%). Las circunstancias del mercado gremial gachupin y nuestra civilización del empleo no facilitan precisamente ese aberración aquí. No obstante, lo que sí ha emergido tras la pandemia tiene que ver con esa sensación tan universal de estar perdiéndose poco mientras ves ocaso en la oficina. Aquí no tendremos la Gran Renuncia, pero sí la Gran Desmotivación: hay muchas personas que han renunciado de facto aun sin dejar su puesto de trabajo porque no pueden o no se atreven a romper.
Un sorpresa de esta disposición es la desvinculación personal con el esquema de la empresa, pública o privada. Los empresarios deben reaccionar cuanto antiguamente si no quieren lamentarse más delante. El binomio bienestar/productividad ya no es una discusión nada más académica. Y ya no se deje solo de las condiciones laborales y salariales, que además. Fíjense en cómo se garrocha la semana de cuatro días. No sé si la alternativa va por ahí, pero está claro que se impone un cambio de chip.
¿Nos hemos cansado de habitar para trabajar? Esta es la gran pregunta pospandemia que cada persona contestará según su propia perspectiva de la vida y de su tiempo. Desde luego, cual sea la respuesta, quizá nos daremos cuenta de que en la razón de tanto esfuerzo un día tras otro esté poder retener esos instantes de placer a los que siempre querrás regresar.
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