Aburrimiento nacional

Se ve el árbol, pero no se observa el bosque.

Desde la distancia, allá de Estados Unidos y de sus estadios, el mundo del béisbol parece un región en tensión donde los millones corren como las burbujas en un Dom Perignon, Rosé Vintage Estuche Gold 2000, a 50.000 la mecanismo.

En las ligas mayores se plantean introducir cambios para recuperar la esencia del béisbol

Ha habido asombro, más en el foráneo que en Estados Unidos, porque Juan Soto, participante de 23 primaveras de la Nationals, los Nats de Washington, el equipo de la renta, ha rechazado una propuesta de unos 400 millones de dólares por trece primaveras. Su resolución acaba en verdad en el 2024. Pero su negativa ha hecho que los Nats lo hayan puesto en el mercado, cuya ventana de verano se cierra este 2 de agosto.

Hay muchas especulaciones sobre cuál puede ser su destino y si al final habrá algún equipo dispuesto a admitir un fichaje que supondrá un consumición muy elevado en tiempo de inflación y de recesión en el béisbol, sumido en una profunda crisis tanto de su idiosincrasia como de entretenimiento de espectadores.

El que se denominó el gran pasatiempo de los estadounidenses hace ya tiempo que entró en decadencia, a pesar de que todavía los propietarios sigan derrochando millones.

Entre los factores que influyen en el ocaso emerge el que las temporadas, con 162 partidos, día sí y día incluso, se hacen interminables y carecen de toda emoción. El afán de ganancia está acarreando un coste difícil de soportar. Los campos de ocio registran una subvención de manifiesto que año tras año va cayendo. Excepto algún estadio turístico, como el de los Yankees neoyorquinos, convertido en entretenimiento de visitantes y excusa para regresar a sus países y afirmar que han estado en el Bronx, las gradas aparecen prácticamente vacías en numerosas ocasiones, la estampa misma de la desolación.

Todavía cae en picado la audiencia en televisión. En los bares de Nueva York, indemne que jueguen sus equipos (Yankees y Mets) y no siempre, la atención a las pantallas es menguante.

Cada vez va a menos por un problema existencial. El sacramento ha llegado a mínimos históricos y el comisionado de las Ligas Mayores, Rob Manfred, incluso se plantea tomar medidas para conseguir que el béisbol se parezca en poco a lo que fue.

El ocio de campo se ha limitado. No se producen jugadas. Los avances en la preparación de los jugadores han convertido el “ocio de la pelota” en un binomio soso: los pitchers o lanzadores tiran con tal fuerza que el bateador no ve la hipérbole, o correctamente, si la toca, el resultado es un home run que permite anotar carreras sin disputa.

El capital no lo es todo.

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